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    El fin de una era

    En la Europa de hace unos años, el socialismo dominaba la escena y marcaba la agenda política. En 1998 gobernaban en el continente Jospin (Francia), Schröder (Alemania), Blair (Gran Bretaña), González (España) y Prodi (Italia). El núcleo duro de la UE, al igual que los países escandinavos, estaba bajo férreo control socialista. La derecha se batía en retirada.

    Solo 19 años más tarde, la situación es la inversa. Los partidos socialistas europeos se han autodestruido: el español perdió seis millones de electores, el británico y el holandés son sombras de sí mismos, el alemán no puede con una Merkel “eterna”, el francés sacó en las recientes elecciones el 6% de los votos (el seis por ciento de los votos es un chiste). Mientras tanto, la derecha se ha afianzado y ha vuelto a tomar el rol dirigente.

    No estamos frente a una crisis de la política en general —como pretende hacernos creer el socialismo—, sino frente a un problema específico de la izquierda, que hace agua por todos lados.

    Otro aspecto de esa crisis es el surgimiento del populismo de izquierda (el Syriza griego, el Podemos español, el nuevo Labour inglés, La Francia insumisa o el PSOE fracturado que acaba de retomar Sánchez).

    En cuanto al comunismo europeo, es menester ser viejo para recordar los partidos de masas de Santiago Carrillo, Georges Marchais, Álvaro Cunhal o Enrico Berlinguer. Condicionaron en su época la vida política en la Europa latina, pero hoy no existen. En España, el 2% de la población (sic) simpatiza con el comunismo...

    Si escribimos un balance de las últimas décadas, podemos afirmar que el socialismo triunfó, en la medida que el grueso de su propuesta política de los años 50 en adelante se impuso en la mayoría de los países europeos. Desde ese punto de vista también triunfaron los liberales al establecer ciertos principios ideológicos que hoy son indiscutidos en casi todo el arco político continental y que forman la base común del estamento político civilizado, o los ecologistas al imponer una mirada verde en todo el espectro político.

    Pero una vez llegados a ese punto, a todos se les acabó la nafta ideológica y quedaron parados, repitiendo consignas vetustas y demostrando una espantosa incapacidad para aceptar la realidad, enfrentar los nuevos retos y formular nuevos programas e ideales.

    Lo vemos en toda Europa: hoy la izquierda apuesta por “ser de izquierda”, no por ganar las elecciones. Se hunden, sí, pero se hunden contentos y orgullosos de ser izquierdistas (¿qué es ser izquierdista hoy?).

    Pedro Sánchez llevó al partido a las dos peores elecciones de su historia, Jeremy Corbyn (que mantiene incambiadas sus ideas de los 60) fundió al Labour, Benôit Hamon jibarizó al Partido Socialista francés. Todos siguen empujando a sus organizaciones a la desaparición completa.

    La era de oro del socialismo europeo, con Brandt, Palme, Kreisky, Schmidt, Wilson y Miterrand, coincidió con la fase más álgida de la Guerra Fría. Frente al terror y a la amenaza que representaba la dictadura comunista soviética, la propuesta de un modelo socialista democrático y benefactor del libre mercado, amigo de la igualdad de género y pionero de la defensa de los derechos humanos, se volvió hegemónica.

    Un poco la geopolítica, otro poco la genética, contribuyeron a cambiar el escenario. El derrumbe del bloque soviético, el fin de la Guerra Fría, el dominio indiscutido de la OTAN y la desaparición física de una camada de líderes carismáticos terminaron por desarmar al frente socialista, incapaz hoy de formular las respuestas que los nuevos tiempos exigen.

    Borrado del mapa el comunismo y diluido el socialismo, queda en pie un manojo de líderes populacheros, más que populares (Corbyn, Pedro Sánchez, Hamon, Mélenchon, Renzi), que se nutren de “la rabia” de una parte del electorado y proponen un programa “radical”, basado en burbujas chavistas y consignas mohosas.

    La izquierda tradicional, tal como la conocemos desde los tiempos de Marx, es un cadáver político e ideológico, podrido y maloliente. Habrá que ver en el futuro inmediato si el espacio que una vez ocupó será heredado por una alternativa fiable y civilizada o si en su estrepitosa caída arrastrará al sistema democrático, el cual necesariamente se alimenta del juego dialéctico entre diferentes propuestas partidarias coherentes y confiables.