El gesto más político de todos

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Nº 2082 - 30 de Julio al 5 de Agosto de 2020

escribe Fernando Santullo

El miércoles de la semana pasada recibí un mensaje de mi hija desde Barcelona: “Papá, viste que falleció Juan Marsé el sábado 18”. Sí, había leído la noticia en Twitter, contesté. “Acá no se dijo nada, es rarísimo. Barcelona siempre les hace homenajes a todos, no entiendo por qué esta vez no se dijo nada”, siguió mi hija. Bueno, el tema es que Juan Marsé era un tipo especialmente incómodo para la camarilla que gobierna esa parte del mapa, le contesté. Difícil que le hagan homenaje a quien nunca les bailó el caldo y que, sin ser especialmente proclive a firmar manifiestos y listas de adhesión a tal o cual llamado, cada vez que escribió una novela retrató con crudeza e ironía la realidad que ese proyecto político se empeña en desconocer. Y es que cuando una obra tiene el poder de sintetizar lo humano, cuando su mirada es capaz de capturar todos los matices vivenciales del instante de sus personajes, cuando la densidad emocional de lo que describe permite entender el flujo de la vida en otro tiempo, la crítica se construye sola, por su poder evocativo, por su capacidad de conectar con el sentido de las acciones que se narran.

Juan Marsé nació en Barcelona en 1933 con el nombre de Juan Faneca Roca. Su madre murió en el parto y fue adoptado por el matrimonio Marsé, de cual tomaría su apellido. Pasó sus primeros años a caballo entre Barcelona y Tarragona, donde vivían sus abuelos. Asistió al Colegio del Divino Maestro, donde descubrió ser un mal estudiante, razón por la cual —según dice su página web oficial— “pasa casi todo el tiempo jugando en la calle y descubriendo los escenarios que más tarde conformarían su particular universo literario”. A los 13 años abandona los estudios y trabaja como aprendiz en un taller de joyería. Más tarde colaboraría con la revista Arcinema y comienza su carrera literaria gracias al impulso de la escritora Paulina Crusat, quien presentó sus primeros relatos a las revistas literarias Ínsula (dirigida por José Luis Cano) y El Ciervo en 1958. Sobre Crusat el propio Marsé recordaría que era “un personaje ninguneado en Cataluña, quien por suerte se comienza a reconocer en su exacto valor… Fue ella quien me dijo que leyera a los grandes autores de la novela realista del siglo XIX, Tolstoi, Flaubert, Balzac, Stendhal, y luego me descubrió a Albert Camus”.

En 1959 Marsé se instala en París, donde vive hasta 1962 y trabaja como profesor de español, traductor y mozo de laboratorio en el Instituto Pasteur. En 1961 publica su primera novela: Encerrados con un solo juguete. En el año en que vuelve a Barcelona publica su segunda novela, Esta cara de la luna, obra de la que reniega y que no forma parte de su catálogo oficial. En 1965 gana el premio Biblioteca Breve de Seix Barral con la que será su novela más conocida, Últimas tardes con Teresa, que sale en 1966 y narra la relación entre Teresa, una joven universitaria de la burguesía barcelonesa, con Manuel, el Pijoaparte, un pobre ladrón de motos que se hace pasar por obrero revolucionario para llamar la atención de la muchacha. Más allá de su anécdota, la novela desarrolla un maravilloso fresco emocional sobre la Barcelona de posguerra, esa a la que llegaban inmigrantes de otras partes de España para ocupar los peores puestos de trabajo que la industria catalana ofrecía, para luego vivir agolpados en barracas precarias ubicadas en los poco accesibles cerros que rodean la ciudad condal. A través de su personaje desclasado y su vínculo con la rebeldía snob de Teresa, Marsé resume una dualidad que persiste hasta nuestros días en la ciudad: el contraste entre las lujosas casas de los indianos, construidas gracias al capital producido con el trabajo esclavo en América, frente a la vida miserable y polvorienta de los pobres recién llegados a la ciudad. Rico en matices de carácter y en su lenguaje, el libro mira la ciudad desde una perspectiva que era muy poco frecuente durante el franquismo: la mirada de los de abajo. Seguramente sea la novela más abiertamente política que no usa una sola expresión política para ganarse el favor del lector. De hecho, hace poco y nada para que el lector se identifique ideológicamente con la perspectiva del escritor o de sus personajes. Tampoco lo necesita, ya que su poder, ese que ha trascendido generaciones y que hace que sea hoy parte del programa de estudio en los liceos públicos de Cataluña (en contradicción con el ninguneo habitual del gobierno regional respecto a Marsé), reside en la capacidad de identificarse con esos seres vivos y reales que bailan un baile que ninguno de ellos entiende del todo ni decide del todo bailar. Un baile en donde las reglas sociales están preestablecidas y nada puede cambiar de verdad.

Esta dualidad entre la Barcelona soñada por el statu quo y la Barcelona real, esa que muerde feroz en las páginas del libro, sería un elemento recurrente en muchas de sus obras. Así ocurre en la espléndida La oscura historia de la prima Montse, de 1970, en la que el lector se reencuentra con el Pijoaparte. Y el personaje vuelve a aparecer en otra de sus novelas más conocidas, Si te dicen que caí, también ambientada en la Barcelona de la posguerra. Esta novela, editada en México en 1973, ganaría el I Premio Internacional de Novela México. En 1978 obtendría el prestigioso Premio Planeta con La muchacha de las bragas de oro y, tras publicar la también exitosa Un día volveré en 1982, se llevaría el Premio Ciudad de Barcelona con Ronda del Guinardó en 1984. “Sigo pensando que el intelecto no le hace ningún bien a la novela, y que el arte del novelista consiste, sobre todo, en hacernos olvidar que emplea palabras”, dijo alguna vez Marsé y su obra no lo desmiente. Una obra que se extendió hasta 2016 con la novela Esa puta tan distinguida y que lo hizo acreedor del Premio Cervantes en 2008.

En una entrevista de 2014, al ser consultado sobre los recientes casos de corrupción que habían estallado alrededor de la figura de Jordi Pujol, líder indiscutido de la política catalana desde la recuperación democrática, Marsé comentaba: “Lo que más me indignó fue el comportamiento de los ilustres miembros del Parlament escuchando como borregos al corrupto Pujol, incapaces de reaccionar cuando fueron humillados por la furia y la iracundia vengativa del ex honorable defraudador”. Esa declaración cruda y abiertamente crítica muestra dos cosas al mismo tiempo. Por un lado, es un ejemplo exacto de la distancia que existe entre el discurso político oficial y las personas reales que dan carne a la política, esa distancia que Marsé retrató de manera tan ácida como quirúrgica en sus novelas. Por otro, la explicación, la enésima, de por qué Marsé nunca fue ni será festejado por la élite existente en su lugar de nacimiento.

Es irónico que, pese al sistemático desprecio de los dueños de la cultura catalana oficial, la relevancia de Marsé nunca dejó de aumentar. Como tampoco lo hizo su sátira hacia esa élite de payeses adinerados con ínfulas culturales. El ejemplo extremo de esa mirada burlona está encarnado en la excelente El amante bilingüe, que a través de una farsa romántica satiriza el absurdo de las políticas lingüísticas que el nacionalismo catalán comenzaba a imponer en 1990, año en que salió la novela. Y es justo esa novela la que mejor explica los ataques que la figura de Marsé siguió recibiendo de parte del sector más asilvestrado del nacionalismo catalán, incluso después de su muerte. “Ha muerto un escritor español que vivía en nuestra casa y que tenía la jeta de retratar su realidad y hacerla pasar por la realidad del país. Además, era tan caradura que atacó siempre la lengua catalana, despreciándola a todas horas. Que Dios lo perdone. Yo no.” Esa brutal frase la escribió (en catalán, claro) el escritor Jaume Nolla i Marti menos de 24 horas después de la muerte de Marsé, quien en 2014 apuntaba: “El escritor, cuanto más lejos del pesebre político, mejor”, una idea que seguramente Nolla no aplaudiría, dada su condición de sicario lingüístico de los caciques locales.

Son dos los libros que me permitieron entrar en el universo específico catalán, sobre todo el de Barcelona y sus cercanías, en donde viví, trabajé y estudié durante 17 años. El primero fue El cuaderno gris, de Josep Pla, quien en su maravillosa autobiografía logra que el lector sienta cada espiga que se mueve, cada paseo por el campo, cada soplo del viento, cada sombra proyectada en la tierra tal como los siente un payés (muy culto) del Empordà. Es la reflexión profunda de ese hombre que llama “país” al territorio que va desde su casa en la playa hasta la casa de su familia en el campo y que se refiere a Barcelona como el centro de la banalidad mundana y poco sensible de los citadinos.

El segundo libro fue Últimas tardes con Teresa, y de alguna forma se refiere a un universo casi contrapuesto al de Pla. Allí, cada gesto familiar, cada combate callejero, cada truco de supervivencia urbana y cada retruque que el Pijoaparte le escupe a la realidad aplastante que lo rodea, aporta la clave para mirar (y hasta intentar entender) Barcelona. Esa Barcelona clasista que se mira, fascinada con su reflejo en el esmaltado azul del Mediterráneo, mientras en la falda de sus cerros, las calles antaño de polvo y de cemento hoy, asfixian a los recién llegados de otras partes de España ayer y del resto del mundo hoy. La que proclama su amor por la diversidad de manera abstracta y luego vota durante décadas a un partido cuyo eslogan de campaña es “A Catalunya no hi cap tothom” (En Cataluña no caben todos). La Barcelona de la omertá entre las élites que cortan el bacalao, muy lejos del áspero Carmel de Marsé, que escribió la que probablemente es la mejor novela política sobre Barcelona y sobre Cataluña, sin siquiera proponérselo.

La obra de Juan Marsé, compañero de generación de Juan Goytisolo, Gil de Biedma, Vázquez Montalbán y Eduardo Mendoza, fallecido el 18 de julio pasado a los 87 años, es un resumen rico y exacto de ese no transar con el poder. De esa independencia de criterio, absoluta e intransigente, que aún podemos llamar arte y que en su mejor expresión resulta el gesto más político de todos.

Vida Cultural
2020-07-30T00:00:00