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    El hombre de la palabra destellante

    “Apalabrados. Poesía completa”, de Salvador Puig

    Nació como signado por una estrella poética, el 9 de enero de 1939 con el llamativo nombre de Bécquer Salvador Puig, y fue velado con todos los honores que su obra y su persona merecieron, el 3 de marzo de 2009 en el edificio de la Biblioteca Nacional, rodeado de literatos amigos y de lectores conmocionados.

    Formado en literatura gracias a la biblioteca de su padre y a las nutritivas charlas que compartió con él, este autor que recibió en vida varios premios literarios, ahora es centro de la publicación de su obra completa en el libro Apalabrados, una muy cuidada edición con prólogo de los poetas Eduardo Milán y Roberto Appratto y edición y cronología a cargo de Alicia Migdal.

    A los 18 años, Bécquer Puig (que como poeta usó su nombre “Salvador”) entró a trabajar como locutor en la radio El Espectador, al mismo tiempo que empezaba a ganar confianza para mostrar lo que escribía. Trabajó también en CX 30, que en ese entonces era Radio Nacional. Fue colega radial y enseguida se convirtió en amigo muy cercano del cantautor Alfredo Zitarrosa, con quien disfrutaba de las charlas en los boliches, de una sensibilidad afín y también del gusto por los tragos.

    Antes de casarse, Puig llegó a vivir con Zitarrosa en la pensión de la madre de este, el emblemático lugar ubicado en Yaguarón 1021, frente al Cementerio Central. Compartían, también, un timbre de voz similar, lo que en ocasiones los llevaba a hacer chanzas basándose en esta singular coincidencia.

    Con el tiempo, el joven Puig se consolidó como locutor de publicidad, siendo el dueño de la famosa voz del slogan: “Si es de Bayer, es bueno”, como relató en una entrevista para el programa “Los libros y el viento” en TV Ciudad, en el año 2006.

    Fue además periodista, y trabajó durante 22 años para la agencia de noticias Reuters y otros tantos años para ANSA. Tuvo dos hermanos: Alma y el también fallecido crítico de música clásica Barret Puig, tan recordado por los lectores de Búsqueda. Su padre debió dejar tempranamente la actuación (condición impuesta por su suegro antes de casarse) y, como él, trabajó en radio.

    La solidez de su obra poética parecía ir en concordancia con la fuerza, la determinación y la gravedad de su voz. Nada de lo humano quedó afuera de los poemas de Puig, quien poseía una capacidad de observación de la realidad privilegiada para apreciar la naturaleza, la vida en la ciudad, el tiempo, la hondura de la existencia humana y la dificultad en el encuentro con el otro. Y tenía magia para expresarlo a través del lenguaje poético, porque en su poesía destella una especie de lúcida veracidad.

    Él mismo reconocía que con el paso de los años quedó como su sello de fábrica la frase “Las palabras no entienden lo que pasa”, de su poema “Al Comandante Ernesto Che Guevara”, escrito antes de la muerte del polémico guerrillero argentino, que prenunció.

    En algunos de sus poemas, Puig juega con el espacio de la hoja en blanco utilizando un recurso gráfico que él definió como cierto “tartamudeo”, el cual consigue transformar el sentido de lo dicho, y de lo escrito, en una cosa diferente.

    La riqueza de su escritura se puede apreciar en una de sus primeras creaciones, “El río”, donde el poeta anota: “La aurora levantará sus pálidas rodillas,/ el espejo hecho luz recibirá los últimos retoques,/ se agitarán las formas reclamando su otredad/ momentánea,/ mi cuerpo fluirá en el vasto surtidor de la nada./ Mundo glorificado!/ sustituto de un Dios que no aparece”.

    Pero también es capaz de condensar un afecto de manera sintética, hermoso y contundente, como sucede en el poema titulado “Madre”, el cual se desgaja palabra por palabra, surtiendo el efecto de un puño en el estómago: “Ya no nos entendemos. Y quizá no volvamos a entendernos hasta que yo sea agua y seas tú niña”.

    En otros poemas, como “Distancias”, se adivina el humor, la media sonrisa colocada como un emplasto sobre la desazón de vivir. “Hay que hablar a los gritos/ porque el mundo está lejos./ Uno/ dispone apenas de unas manos/ con pequeñas falanges que/ se empeñan en acercarlo./ Pero no. También hay unos ojos/ que ven colores, gracias/ a un gen femenino que le cayó/ a un tipo como yo, viril y todo eso”.

    Eduardo Milán analiza los derroteros estilísticos y sensibles de la obra del escritor, y concluye lo siguiente: “Así Salvador Puig puede clausurar el ciclo de escritura de su poesía, su amplio espectro referencial que no le hizo asco a la mismísima belleza pero que fue con ella de una inusitada exigencia, con una línea de ‘Llegada’, poema de su último libro: ‘Vi todo con mis ojos”’.

    En sus obras, este hombre de personalidad cautivante, que era un buen amigo y un mejor conversador, aprovechó para expresar en vida lo que sentía por algunas personas de la cultura que lo rodeaban. Así, dedicó poemas, entre otros, a Jaurés Lamarque Pons, a Jorge Medina Vidal, a Manuel Espínola Gómez, a Alberto Methol Ferré, a Enrique Estrázulas, a Pepe Vázquez, a Circe Maia, a Tatiana Oroño, a Idea Vilariño, a Hermenegildo Sábat, a Iván Kmaid y a Marosa di Giorgio.

    En Internet, hoy existe un blog uruguayo que le rinde homenaje, incluyendo sus poemas y su información biográfica: salvadorpuig.blogspot.com. Puig publicó los libros “La luz entre nosotros”, de 1963, “Apalabrar” de 1980, “Lugar a dudas”, de 1984, “Si tuviera que apostar”, de 1992, “Por así decirlo”, del año 2000, “En un lugar o en otro”, de 2003 y “Escritorio”, de 2006. Descubrirlo o releerlo es encontrarse certeramente con la belleza y la maestría en una zona literaria tan dispar como la poética.