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Apenas iniciada la historia y tras unas breves imágenes, ya constatamos que no se trata de una película industrial. El individuo da vueltas desnudo por el departamento, mientras se escucha una voz en el contestador automático: “Hola, hola, ¿estás ahí?... ¿Vas a atender el teléfono o no?”. La escena se repite: el individuo sigue dando vueltas desnudo sin prestar atención a la llamada, se dirige al cuarto de baño y orina. Pero la voz del contestador insiste: “Hola, hola... ¿vas a contestar?”.
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La singularidad de esta propuesta no viene únicamente por el lado de que resulta muy poco probable en el cine hollywoodense que alguien se muestre desnudo por allí o se masturbe, y más aún si es un hombre. Si el desnudo es de una mujer, el auditorio lo recibe con naturalidad; en cambio, si el desnudo es masculino, suenan por lo bajo ciertas incomodidades.
Pero el estilo desusado de esta película, casi hipnótico, más bien reside en la elección de cada plano —de un deliberado cuidado plástico—, en la forma en que se irradia la luz en las habitaciones y, sobre todo, en la duración de las escenas. Cuando algo se extiende un poco más de lo habitual, estamos ante una provocación en el buen sentido, ante un creador que propone un cierto desajuste que termina siendo un cierto escollo para el espectador acostumbrado a las tomas vaporosas y efímeras.
El individuo que anda desnudo es Michael Fassbender (premio a la mejor interpretación en el Festival de Venecia), y en cierta forma se irá desnudando cada vez más a medida de que sus pliegues afectivos se vayan manifestando. En la siguiente escena, Fassbender se desplaza en el metro con ese rostro acostumbrado de los viajantes: entre aburrido, desganado y anodino. El hombre escruta otros rostros en la multitud: una señora triste, un anciano, un niño dormido y de pronto, ¡bingo!, una sensual mujer que primero mira hacia abajo, luego hacia los costados y finalmente de frente, hacia sus ojos. El cazador ha cazado una presa que le corresponde. Se establece el juego del galanteo: las miradas van, vienen, se encuentran.
Se han filmado muchas secuencias de la gente observando a la gente en el metro, pero esta es, una vez más, distinta, por la forma de elegir los planos, por el modo de resaltar el sonido, por la peculiar luz que cae sobre los pasajeros. Son imágenes con poder de reverberación, de las que se adhieren a la memoria del espectador.
Y así se va construyendo esta sugestiva e incómoda película que básicamente trata de un hombre solitario, adicto al sexo en todas sus manifestaciones, que en cierto momento recibe la visita de su hermana y en cuya vida algo diferente parece moverse.
Los datos siempre son mínimos: apenas sabemos algo acerca de este hombre y del lugar donde trabaja, pero sí sabemos que su computadora necesita cada tanto mantenimiento debido a la inundación de pornografía; de su jefe sabemos que está casado pero que le encanta la farra; y de su hermana vemos cicatrices en los brazos. La información nos llega de un modo tangencial por lo que se desprende de una mueca, de un gesto o lo que se desata en un boliche nocturno donde alguien interpreta en tiempo real una maravillosa versión de “New York, New York”, la ciudad que nunca duerme. En otra escena, una de las mejores de la película, esa misma ciudad que nunca duerme ahora sí se mece y cierra los ojos con la música de Bach a lo largo de cuadras y cuadras donde no hay nadie. Una vez más, la ecuación del buen cine se cumple: a menor información, mayor sugerencia.
El director y guionista de esta película rodada en la Gran Manzana pero totalmente inglesa se llama Steve McQueen y está muy lejos de aquel ícono norteamericano rubio, de ojos celestes y eterno porte juvenil. Este McQueen (Londres, 1969) es gordo y negro, hijo de inmigrantes caribeños. Y antes de saltar al mundo del cine ya era un destacado artista plástico que llegó a representar a Gran Bretaña en la Bienal de Venecia de 2009.
Además, antes de realizar su primer largometraje (“Hunger”, 2008, no estrenado por estas latitudes, también con Fassbender, sobre un preso del IRA que hace huelga de hambre), Steve Rodney McQueen tuvo una mala experiencia en Irak. Invitado en 2006 por el gobierno británico a realizar una pasantía artística positiva, McQueen no tuvo mejor idea que devolver la gentileza con un gran panel de fotos de soldados caídos en combate. La obra se llamó “Queen and Country”, e inmediatamente remite al furibundo postulado antibelicista de Joseph Losey “Por la patria” (King and Country, 1964). Cuando el ministro de Defensa británico le reprochó que podría haber pintado un paisaje en lugar de presentar soldados muertos, McQueen le respondió: “¿Es que usted se avergüenza de su propia gente?”. Pesado y certero, nuestro hombre de color.
Pero no recarguemos las tintas en los caballeros ingleses, siempre tan atildados y serviciales. La cadena estadounidense de salas cinematográficas Cinemark, la segunda más grande del mundo, se negó a exhibir Shame por su crudo contenido sexual. El erotismo, cuando está corporeizado en las estrellas de Hollywood, es bello y saludable (aunque también muy poco probable), pero cuando se transforma en lo que hace la mayoría de la humanidad en el cuarto de baño, es vergonzoso y más vale no difundirlo, aunque hable de nuestra más auténtica, profunda e ingobernable naturaleza.
“Shame - Sin reservas” (“Shame”). Reino Unido, 2011. Dirección: Steve McQueen. Guión: S. McQueen y Abi Morgan. Con Michael Fassbender, Carey Mulligan, James Badge Dale. Duración: 101 minutos. Únicamente en las salas Moviecenter Montevideo Shopping y Life Cinema Punta Carretas.