Nº 2260 - 18 al 24 de Enero de 2024
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo puedo imaginar lo que sintió Bill Gates cuando, en 1994, le dijeron que había ganado la puja por un manuscrito de Leonardo da Vinci que subastaba la casa Christie’s. Por casi US$ 31 millones acababa de hacerse con el Códice Leicester, dibujos y notas escritas por el florentino entre 1506 y 1510, una especie de agenda personal de aquel entonces. No sé lo que sintió, lo que es seguro es que el millonario no imaginó lo que acababa de desencadenar con su compra.
El otro jueves (Búsqueda Nº 2.258) contábamos parte de la historia del libro de Galileo, Sidereus nuncius, justo hasta que el robo del ejemplar original fue denunciado a la policía en 2018, catorce años después de haberse producido en la Biblioteca Nacional de España (BNE). Y mencionábamos que el caso no trascendió a la prensa hasta que, en marzo de 2021, el diario El País publicó una investigación bajo el título La Biblioteca Nacional ocultó durante cuatro años el robo de una obra original de Galileo. Nick Wilding, uno de los grandes expertos mundiales en falsificaciones de libros raros y manuscritos, fue quien avisó a las autoridades del cambiazo, y todavía fue más lejos: trasmitió sospechas fundadas respecto a la identidad del autor intelectual y hasta dijo en qué librería de París habría sido visto por última vez el libro. Así y todo, la BNE no hizo nada por avanzar en la investigación, aunque empujada por las declaraciones del profesor británico terminaría reconociendo, en 2021, que los ejemplares “perdidos” de Galileo serían entre cinco y nueve libros.
¿Quién es Wilding, este investigador de la Universidad de Georgia, Estados Unidos? Mezcla de académico y detective, ha invertido años de investigaciones, ha seguido la pista de ese y de otros libros por medio mundo y es quien empezó a destapar una insólita caja de Pandora, la trama de saqueos continuados de libros canónicos de los pioneros de la ciencia, que terminan en manos anónimas de privados. Porque Bill Gates, con su compra ultramillonaria, impuso la moda del coleccionismo de textos pioneros de la ciencia, libros que cobraron el prestigio de evangelios fundacionales. Y desde entonces, los precios no dejaron de subir, porque ya se sabe cómo funciona la oferta cuando hay una demanda que urge satisfacer.
Wilding investigó historias asombrosas en torno a robos de libros, como la que involucra al archivero del Vaticano, cardenal Jorge Mejía, que por razones incomprensibles regaló a Massimo de Caro (recuerden este nombre), entonces un ignoto concejal italiano, cuatro primeras ediciones de Galileo: Saggiatore, Compasso, Discorsi y Dialogo. El valor de los ejemplares entregados supera el millón de dólares, y de más está decirlo, fueron inmediatamente vendidos. ¿Por qué hizo eso?, le preguntó Nick Wilding al cardenal Mejía. “Si el señor de Caro se benefició de alguno de nuestros libros, fue por su cuenta, sin nuestro conocimiento ni permiso”, dice que le respondió. El británico, incansable en su labor de pesquisa, encuentra otro ejemplar de Sidereus nuncius perdido, ignorado y mal catalogado entre los anaqueles de la biblioteca del Vaticano. “Métase en sus asuntos”, cuenta que le dijeron cuando dio aviso del hallazgo. Recordamos que los caminos del Señor son inescrutables, aun los de los estantes de sus bibliotecas.
Como ya dijimos, en 2004 y seguramente por encargo del mismísimo Massimo de Caro, el uruguayo César Ovidio Gómez roba en Madrid la primera edición del libro de Galileo y los mapamundis de Ptolomeo. En 2005 empiezan a circular libros antiguos desconocidos, misteriosos ejemplares raros de los que los anticuarios no tenían noticias, entre ellos otro ejemplar de la misma edición de Galileo. Este libro es sometido a todas las pruebas imaginables por un comité de 14 instituciones internacionales, se estudia la tinta, el papel, el contenido, se realiza un análisis forense que termina dictaminando su autenticidad. Una colosal metedura de pata, como determinará Wilding. “Es poco común, aunque no imposible, que aparezcan maravillosos ejemplares nuevos de libros muy antiguos, la reputación y la fortuna de un comerciante se construyen en gran medida sobre su capacidad para cumplir los sueños bibliófilos de un cliente”, dice. Algunos de esos libros aparecidos milagrosamente son vendidos en cientos de miles de dólares, y se termina descubriendo que son buenas falsificaciones hechas por... ¡por Massimo de Caro!, el beneficiario de las donaciones del cardenal Mejía y socio del ladrón uruguayo.
Pero la historia de de Caro recién empieza, porque a pesar de su pedigrí y de carecer de títulos académicos, en 2011 se le da la dirección de la biblioteca Girolami de Nápoles, que contiene (contenía, sería mejor decir) uno de los tesoros del patrimonio cultural europeo. Fue, como era de esperar, soltar el zorro entre las gallinas: el mayor expolio de la historia de las bibliotecas. Desaparecieron ediciones centenarias de Aristóteles, Descartes, Galileo y Maquiavelo, volúmenes de Séneca o Virgilio, además de una edición única de la Enciclopedia de d´Alembert y Diderot, el original de La Divina Comedia, la edición parisina de 1610 de Jerusalén liberada de Torquato Tasso o la Teseida de Giovanni Boccaccio. Unos 1.500 títulos saqueados. Puesto contra las cuerdas por un video tomado por sus empleados, de Caro admite haber robado y falsificado, comparece ante la justicia y se lo condena a siete años de prisión domiciliaria.
¿Y a dónde van a parar los libros robados, estos y aquellos? Es ahí que entra otra vez nuestro detective, Nick Wilding, y apunta su mirada a un mundo de jóvenes que crean startups tecnológicas y las venden o colocan en el NASDAQ por valores siderales. Los nuevos millonarios informáticos parecen tener en sus altares, precisamente, a Galileo, a Copérnico, a Newton: libros de científicos que cambiaron el mundo. ¿Hay una ruta de libros robados que conduce a Silicon Valley? Imposible afirmarlo, ni descartarlo.
Lo que es seguro es que el raid delictivo del señor de Caro, el robo, el tráfico, las falsificaciones, dejó un tendal de destrucción invaluable, no solo por los textos desaparecidos en sí mismos sino por la crisis de confianza que provocó. Porque las falsificaciones, dice el profesor Wilding, hacen tanto daño como las fake news, pero en vez de afectar el presente afectan el pasado, contaminan la historia, hacen difícil cuando no imposible el trabajo del investigador. Así, la sombra de la duda que se cierne sobre un libro termina proyectándose sobre el autor y sus descubrimientos, y convierte en un terreno de arenas movedizas el trabajo del historiador.