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La generación de ingresos fiscales en un mundo automatizado
Si la inteligencia artificial destruye los mercados laborales, los gobiernos tendrán que compensar el déficit resultante en la recaudación proveniente del impuesto sobre la renta del trabajo
Un robot sirve platos a los clientes en el restaurante Katsuya del centro comercial CentralWorld de Bangkok, Tailandia.
Los modelos de inteligencia artificial (IA) pueden diagnosticar el cáncer, redactar contratos y vencer a los mejores programadores competitivos del mundo. Pero ¿pueden generar ingresos fiscales? La pregunta es cada vez más apremiante para los gobiernos a nivel mundial a medida que crece la preocupación por la automatización del empleo.
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En la actualidad, el impuesto sobre la renta de las personas físicas, el cual grava principalmente los salarios de los empleados, representa casi una cuarta parte de la recaudación fiscal total en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Las contribuciones a la seguridad social, pagadas tanto por los empleadores como por los empleados, representan una cantidad similar. Estados Unidos (EE.UU.), el cual carece de un impuesto nacional al consumo, depende aún más de los impuestos sobre el trabajo.
El impuesto sobre la renta personal y las cotizaciones a la seguridad social representan la mitad de los ingresos fiscales en los países de la OCDE.
Por lo tanto, si la IA realmente provoca la destrucción del mercado laboral, los gobiernos podrían enfrentarse a un repentino déficit en los ingresos que necesitan para ayudar a recobrar el equilibrio. Los líderes también podrían enfrentarse a mayores presiones para apoyar a los trabajadores durante la transición, ya sea a través de los sistemas de bienestar y apoyo al empleo existentes, de programas intensivos de reconversión profesional o incluso mediante la reducción de los impuestos sobre los salarios para inclinar la balanza a favor de los empleados.
El impuesto sobre la renta de las personas físicas podría quedar obsoleto en un plazo de cinco años, afirmó el mes pasado Tom Blomfield, fundador del banco digital Monzo. “No creo que vayamos a gravar el trabajo humano, sino la computación”, dijo él.
Ésa es la preocupación que alimenta los nuevos llamamientos para replantear el modelo tradicional de recaudar impuestos.
OpenAI publicó el mes pasado un artículo de opinión que presentó como el “punto de partida para un debate más amplio sobre cómo garantizar que la IA beneficie a todos”. En él se sugería que los Estados deberían considerar impuestos más altos sobre las ganancias de capital y sobre las corporativas, gravámenes dirigidos a los rendimientos impulsados por la IA, e incentivos para que las compañías retengan y reentrenen a sus trabajadores.
Estas ideas, cada vez más populares entre los defensores de la IA, también están ganando terreno entre los demócratas estadounidenses. El senador Bernie Sanders pidió el año pasado un “impuesto a los robots” por cada empleo sustituido por la automatización. Otros están a favor de los llamados “impuestos por token” sobre el uso de modelos de IA o inversión directa del Estado en compañías de IA.
Por supuesto, un replanteamiento radical podría resultar innecesario. En el escenario más utópico, la IA podría colocar a los gobiernos en una mejor posición fiscal, señaló Arun Advani, director del Centro de Análisis de Tributación (CenTax, abreviatura del nombre en inglés) de la Universidad de Warwick. Si la tecnología hace que los trabajadores sean más productivos en lugar de reemplazarlos, podría aumentar tanto los salarios como el consumo, ayudando a los Gobiernos a ofrecer servicios públicos a un menor costo.
La mayoría de los economistas ahora consideran probable que al menos algunos trabajadores salgan perdiendo, al menos a corto plazo. Pero las ganancias generadas por la IA podrían seguir siendo lo suficientemente cuantiosas como para que los Gobiernos reparen el daño usando las herramientas existentes.
Un nuevo modelo elaborado por investigadores de Windfall Trust —destinado a ilustrar cómo la pérdida de empleos relacionada con la IA podría erosionar las bases impositivas— sugiere que el impacto neto para una economía “promedio” de la OCDE podría ser casi neutro en un escenario de “bajo impacto”. Se parte de la hipótesis de que el 12% de los trabajadores quedan desplazados —tales como traductores, desarrolladores novatos y asistentes legales—, pero que las ganancias de productividad de la IA en gran medida son retenidas por las compañías y los consumidores nacionales.
“Fue un poco menos disruptivo de lo que podríamos haber anticipado”, dijo Deric Cheng, uno de los autores del artículo.
Los gobiernos que se enfrentan a este reto podrían recurrir a soluciones ya existentes. Si la IA abaratara muchos bienes y servicios, “se podría hacer mucho con un impuesto al consumo”, argumentó Advani, de Warwick. La objeción habitual — que los impuestos al consumo afectan a las personas con ingresos más bajos — podría ser menos preocupante si la IA afectara a los trabajadores administrativos mejor remunerados y erosionara las diferencias salariales. Además, los impuestos sobre las ventas son difíciles de eludir.
Los legisladores también podrían tomar medidas para igualar los impuestos sobre los ingresos del trabajo y las ganancias de capital, tal como han venido pidiendo desde hace tiempo los defensores de la lucha contra la desigualdad. Esto resulta más complicado: en la actualidad, las ganancias de capital suelen estar sujetas a una tributación más baja que los salarios, debido a la capacidad de las personas adineradas para mudarse al extranjero y a la preocupación por desincentivar el ahorro. Pero también podrían entrar en juego los impuestos sobre la propiedad inmobiliaria y sobre sucesiones.
Las verdaderas dificultades surgirán si la IA destruye empleos y genera grandes ganancias de monopolio que fluyen fuera del alcance del fisco hacia el extranjero, muy probablemente hacia los gigantes tecnológicos estadounidenses. El rechazo del presidente Donald Trump a un acuerdo negociado por la OCDE para establecer un impuesto mínimo global sobre los beneficios corporativos muestra cuán difícil sería entonces encontrar una respuesta internacional.
Así que aquí es donde podrían entrar en juego ideas más ingeniosas en materia de impuestos que estén dirigidas específicamente a la implementación o uso de la IA.
Robot-Amazon
Los llamamientos anteriores por los “impuestos a los robots” —planteados por Bill Gates ya en 2017— encontraron resistencia. Esto se debe a que no existe una forma clara de definir qué es un robot. Tampoco existe razón para penalizar un dispositivo que ahorra en mano de obra más que otro, especialmente si su objetivo es aumentar la productividad y generar riqueza.
Los denominados “impuestos por token” —aplicados a los tókenes generados por los modelos de IA en el punto de venta, los cuales los proveedores de IA ya utilizan como base para la facturación— constituyen una idea adicional, planteada, entre otros, por el director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei. Otras sugerencias incluyen nuevas versiones de los “impuestos a los robots”: imponer tasas impositivas más elevadas a las compañías que implementan IA o que obtienen ganancias muy elevadas de ella.
Estos impuestos podrían crear distorsiones; penalizar formas particulares de innovación; obstaculizar las ganancias de productividad; y, potencialmente, empujar a las compañías a trasladarse a jurisdicciones fiscales más favorables. Pero no deberían descartarse.
La esperanza es que los trabajadores puedan aprovechar la IA y que los beneficios derivados de ella se compartan ampliamente, con suficiente competencia para evitar que sean acaparados por una élite minoritaria. Pero, como señaló Advani, existe suficiente riesgo de que se produzca un “choque gigantesco” como para que los gobiernos deban prepararse, y que lo hagan con prontitud.