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    El laicismo del Estado uruguayo

    Sr. Director:

    Tenemos el honor de adherir en su totalidad a los conceptos vertidos por la Sra. Nancy Medina, en su reciente carta publicada en la edición del 24 de agosto, con relación a la visita de un obispo de la Iglesia católica a las escuelas públicas de Canelones.

    Deseamos complementar aquí los conceptos de la distinguida corresponsal con algunos otros elementos que pueden contribuir a un saludable debate sobre un tema que no termina de laudarse en nuestra sociedad, cuando parecía que había sido superado.

    Desde finales del siglo XX y en lo que va del siglo XXI la sociedad ha manifestado preocupación, desde los más diversos ámbitos, por el deterioro de los valores que dieran sustento a la llamada civilización judeo-cristiana. La crisis de la familia, motivada en parte por profundos cambios en su estructura, ha contribuido notablemente a esa situación. Y por ello el mundo se encuentra actualmente en una nueva encrucijada, con la necesidad de renovar o sustituir viejos paradigmas que han perdido su fuerza de convocatoria. Han caído muchas de las columnas sobre las que se construyó el progreso en los siglos XIX y XX y en el campo espiritual el hombre se encuentra en una suerte de desasosiego que lo hace fácil presa de nuevos dogmatismos que surgen para llenar ese vacío que se ha producido.  

    Estamos personalmente convencidos de que el camino para combatir esa crisis de valores es el del fortalecimiento espiritual y debemos redoblar esfuerzos para alejar al ser humano de la tentación materialista que lo bombardea a diario y le hace perder el rumbo. Aunque existe una tendencia a asociar la vida espiritual de los individuos exclusivamente con una profesión de fe religiosa y suele decirse que la decadencia de algunas religiones, particularmente de la católica, ha sido la principal causante de la crisis de espiritualidad que vive la sociedad. En nuestra modesta opinión, la espiritualidad consiste en la capacidad de los seres humanos, creyentes o no creyentes, desarrollada para la obtención de respuestas a las grandes interrogantes existenciales de todos los tiempos. Ese ejercicio requiere necesariamente de la elevación de nuestro estado de conciencia como el cimiento indispensable de la espiritualidad.  Pero requiere también un espacio de racionalidad que certifique que vamos por el buen camino y nos ratifique en el mismo.  

    Si esa búsqueda dentro de nosotros mismos se realiza con honestidad, sin preconceptos y sin tutorías, seguramente encontraremos respuestas que nos aporten paz espiritual y si lo acompañamos con una forma de vida que nos aleje del consumismo hedonista y desenfrenado vamos a descubrirle a nuestra vida una razón de ser de la que quizás nunca nos habíamos percatado. La conciencia, como la define el diccionario de la RAE, es la propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta, propiciando el conocimiento reflexivo de las cosas y también del bien y del mal.  Entendemos que para ello no es indispensable practicar una religión. Pero si elegimos hacerlo, solo alcanza con despojarnos de los dogmatismos para poder lograr esa auténtica paz interior. Y para que ello ocurra con pleno ejercicio de la libertad de conciencia, el Estado debe seguir siendo, en materia de religiones, laico y abstencionista. Este último concepto fundamental, que nos ha distinguido en la región y en el mundo, ha sido señalado reiteradamente por constitucionalistas de la talla de Héctor Gross Espiell, hoy fallecido, y Miguel Angel Semino.

    Entendemos también, al menos desde nuestra modesta perspectiva personal, que en este siglo XXI la protección del laicismo contra los dogmatismos, no debe restringirse a los religiosos, sino también contra aquellos cuyos mentores manejen como si fuera la verdad revelada por una entidad presuntamente superior o que no ofrezcan la libertad para la sana discusión contradictoria. Y las banderas de la laicidad y del laicismo deben proteger la libertad de conciencia en los temas asociados a la política partidaria, las actividades corporativas o sindicales, las ideologías, la filosofía, los valores estéticos y los conceptos de verdad en ciencia, cuando son defendidos con fanatismo dogmático.

    En contrapartida, sin caer en actitudes como las que llevan a clasificar la laicidad en positiva o negativa, debemos resguardar al laicismo del riesgo de convertirse en otro dogmatismo. Nos place citar al respecto al pensador italiano Claudio Magris, quien en su libro “La Historia no ha terminado: ética, política y laicidad” publicado en 2008, conceptualiza de manera espléndida lo que intentamos expresar advirtiendo que: “El laicismo, como opinión difusa y dominante, puede convertirse en indiferencia, en olvido del sentido de lo sacro y del respeto, en renuncia a la decisión personal y a la independencia de juicio. A un humanismo atento a los dilemas morales, profesado hoy y siempre por los verdaderos laicos, le sucede una persuasión colectiva que funciona como una micro ideología del poder y constituye la mentalidad de una clase indistinta, que se ha puesto al día, pasando del cine parroquial al striptease. (...) Uno de los baluartes de la tolerancia y del diálogo es la laicidad, rectamente entendida. El respeto laico por la razón no está garantizado a priori ni por la fe ni por su rechazo. (…) El espíritu laico está de hecho hoy amenazado por un deterioro de los hábitos intelectuales con el riesgo de vaciarlo y volverlo del revés, es decir convertirlo en intolerancia, falta de crítica, agresiva suficiencia. (…) La razón corre peligro de desnaturalizarse con una sociedad, anónima e impersonal, que nivela y anula la responsabilidad del juicio individual que es el eje de la laicidad”.

    Gastón Pioli