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    El modelo de cuidados

    Por Lector

    Sr. Director:

    En todo el mundo, las personas mayores han sido de las más afectadas por la pandemia de Covid-19 en cuanto a su mortalidad. En Uruguay, según datos del Ministerio de Salud de julio de 2022, el 53% de las personas fallecidas por Covid-19 tenían más de 74 años de edad, y el 24%, entre 65 y 74 años. A su vez, entre la población de personas mayores, la mortalidad ha tenido una relación directa con el lugar y tipo de residencia, ya que según datos de países que tienen un registro confiable del tema —como España, Alemania, Francia y Reino Unido—, de todas las personas fallecidas por Covid-19 durante la primera ola de la pandemia, casi la mitad residían en establecimientos de larga estadía para personas mayores (Elepem). La temprana constatación de esta situación, junto con el incipiente conocimiento sobre el comportamiento del virus que se tenía al inicio de la pandemia, llevaron a que se instalaran urgentemente medidas de distanciamiento físico entre todas las personas, pero principalmente a quienes tenían mayor riesgo de vida, como las personas mayores que vivían en un Elepem. En esos casos, las medidas de distanciamiento físico recomendadas rápidamente se transformaron en medidas de aislamiento social, ya que la estrategia planteada para la prevención del contagio en estos establecimientos fue intramuros, buscando lograr el máximo aislamiento con el exterior. En el caso de Uruguay, estas medidas fueron refrendadas y recomendadas por las instituciones y equipos a cargo de la gestión de ellas (MSP, Mides, GACH y SUGG), quienes desde marzo de 2020 a la fecha realizaron 12 recomendaciones y directivas específicas. Estas se han centrado en los aspectos biológicos del contagio, focalizados en cuatro áreas: prestaciones de salud, incluyendo la redistribución geográfica de los prestadores de salud y la priorización de la vacunación cuando estuvo disponible; restricciones del contacto humano, tales como visitas, salidas y actividades con personas externas al Elepem; medidas de higiene vinculadas a la limpieza, vestimenta y equipos de protección del personal, que también han facilitado el aislamiento; y en el caso de brote de Covid-19 en el Elepem, el aislamiento casi total de las personas mientras durara. Estas medidas de aislamiento tomadas en nuestro país fueron similares a las de varios países europeos y latinoamericanos. En un mundo en el que las acciones para frenar la pandemia se discutían principalmente entre médicos/as, epidemiólogos/as y virólogos/as, algunas voces desde la academia —principalmente desde las áreas humanísticas, psicológicas y sociales—, así como de la sociedad civil —como agrupaciones de personas mayores y de familiares— llamaron tempranamente la atención sobre la necesidad de ser cautos con la implementación homogénea de este tipo de medidas, evaluando sus efectos en otras áreas de la vida de las personas que también repercuten sobre la vida biológica, tales como la dignidad y la vida afectiva1. En su momento, estas advertencias buscaban incluir una visión más compleja del cuidado en los establecimientos. Si bien la mayor mortalidad por Covid-19 en personas mayores se puede asociar a una serie de vulnerabilidades orgánicas propias de la edad avanzada, el que esa mortandad se elevara muchísimo en quienes vivían en un Elepem señalaba que había aspectos nefastos vinculados directamente con el hábitat y el modelo de cuidados imperante, que no parecía estarse teniendo en cuenta en las medidas implementadas. En ese sentido, llamaba la atención que la forma en cómo se imponían los confinamientos en los Elepem —sin consultar a las propias personas mayores residentes ni a sus familiares— fuera rápidamente naturalizada y avalada por los diferentes actores del Elepem y por la sociedad toda, que no se cuestionaba el cómo estas acciones atentaban contra los derechos humanos de los residentes. Parecería que estas medidas se han tolerado sin generar mayores conflictos o interrogantes, porque se han montado desde un imaginario social de producción de significados y sentidos que erróneamente asocia la vejez con la enfermedad y la pasividad, lo cual permite justificar todo tipo de medias de tutelaje sobre este grupo social. Esto ha habilitado que el objetivo central de preservar la vida física de las personas mayores que residen en un Elepem se haya llevado adelante sin cuestionarse demasiado otros aspectos que hacen a la vida humana, tales como las nociones de dignidad, vida psíquica y vida afectiva. Se podrá alegar que sin la vida biológica no existiría ninguno de esos aspectos. También se podría argumentar que la vida biológica, desprovista de esos componentes, parece alejarse de la noción de vida humana provista de sentido para aproximarse más a la vida de un organismo que hay que atender higiénicamente. Sin duda, estos temas no tienen una respuesta fácil o única, ya que implican un profundo debate ético respecto al sentido y significado de la vida y la autonomía de las personas. Lamentablemente, este debate ético, técnico y político aún al día de hoy se mantiene ausente, por lo que sigue primando un imaginario social sobre las personas que viven en los Elepem que los asimila a organismos que deben ser asistidos y tutelados. Esta concepción es funcional a un modelo de cuidados a largo plazo que concibe a los Elepem como una institución médica con lógica hospitalaria y no como un centro de cuidados donde las personas desarrollan su vida cotidiana. ¿Qué enseñanzas podemos sacar de toda esta dolorosa situación de pandemia respecto a los Elepem? La bibliografía internacional señala que el mantener aislados a las residentes y los residentes, así como la prohibición de visitas, se ha relacionado con un incremento de tristeza, de ansiedad y de depresión. La suspensión de actividades grupales, especialmente del ejercicio y las actividades al aire libre, se ha asociado a un aumento del desarrollo de sarcopenia (pérdida de masa y fuerza muscular), fragilidad y discapacidades y, como consecuencia, una aceleración del declive cognitivo. El aislamiento está vinculado con un rápido deterioro físico y cognitivo, especialmente en personas que ya tenían algún grado de deterioro cognitivo al inicio del confinamiento. A su vez, aún ha sido poco estudiado el efecto negativo de estas medidas en la salud mental de las y los familiares y cuidadores. Tampoco ha sido suficientemente estudiado el efecto negativo de estos aspectos en la propia vida biológica de las residentes y los residentes. Si bien el objetivo de las medidas fue disminuir la muerte de las personas a través de evitar el contagio del Covid-19, se sabe que la afectación de la salud mental, así como los otros efectos antes mencionados, disminuyen la expectativa y la calidad de vida y por consiguiente también deberían ser tenidos en cuenta a la hora de pensar en la efectividad de las medidas y su duración en el tiempo. Al día de hoy tenemos cifras de la mortalidad por Covid-19 en el grupo de personas mayores, pero ¿cuántas personas murieron en el mismo período de tiempo por complicaciones vinculadas al aislamiento y a las medidas implementadas en los Elepem? Debe tenerse presente que las limitaciones que se impusieron en estos establecimientos se presentaron como única opción en varios lugares que no tenían las cualidades y calidades espaciales necesarias para permitir, en condiciones de bioseguridad, una vida que incluyera la movilidad, las visitas y las actividades sociales, recreativas o terapéuticas. Un hecho preocupante es que, a pesar de estos aprendizajes, al día de hoy, luego de levantada la situación de emergencia sanitaria por las autoridades uruguayas, y en una situación de alta cobertura de vacunación de residentes y trabajadores de Elepem, no aparece un plan de liberación de las medidas de restricción de salidas y visitas ante un caso positivo de Covid-19. Tampoco parece que estos aprendizajes se vayan a tener en cuenta para utilizar en las epidemias estacionales de gripe. Pareciera que las medidas de restricción y tutelaje que se dan en nombre de la protección de la vida física desprovista de sentido se pueden quedar para siempre, limitando las libertades, si no se realiza un plan de apertura correcto que permita volver a la utilización y el disfrute de un Elepem por parte de sus usuarios. Tal vez sea hora de comenzar firmemente a repensar y cambiar este modelo de cuidados a largo plazo, de forma que el Elepem deje de ser concebido como una extensión del hospital y sus residentes como organismos a los que hay que asistir para pasar a constituirse en un lugar de cuidados, domicilio colectivo de personas adultas a las que se debe garantizar el ejercicio pleno de sus derechos humanos. Este debate, afortunadamente, ya se ha comenzado a generar en otras partes del mundo. En nuestro país, algunos de estos aspectos se comienzan a visualizar y se han producido algunos avances reglamentarios en los últimos tiempos tales como la inclusión en la legislación de la figura de un profesional del área social en los Elepem que permita ampliar la perspectiva de intervención, la inclusión del consentimiento informado para el ingreso de residentes a los Elepem o la propuesta de crear una comisión de participación que incluya a las personas residentes. Sin embargo, más allá de que estén legisladas, estas medidas no están implementadas todavía en muchos Elepem y en muchos otros se implementan de forma meramente burocrática, por cumplir con la normativa, sin tener en cuenta la importancia que las dimensiones de promoción de la dignidad y del derecho a la participación implican en la vida de las personas residentes. Por tanto, es necesario profundizar este debate. Consideramos que ya es hora de que el actual modelo de cuidado a largo plazo orientado a las personas mayores sea profundamente revisado, dimensionado, no como un problema privado, sino como un problema colectivo que compete tanto a las políticas públicas como a la sociedad en general, en el que se busque un accionar coherente con la agenda de derechos humanos que respete la dignidad de las personas mayores y su participación en las decisiones que atañen a su vida. De esta forma, el Elepem debería constituirse en un centro de cuidados donde las personas desarrollan su vida para dejar de ser una extensión del centro hospitalario donde se abordan las enfermedades.

    Este artículo surge en el marco del proyecto El cuidado en los Elepem en tiempos de pandemia. Aportes para la reflexión desde la perspectiva de derechos humanos”, financiado por la Comisión Sectorial de Investigación Científica y llevado adelante por un equipo de profesionales e investigadores del Centro Interdisciplinario de Envejecimiento de la Udelar y del Movimiento de Familiares y Residentes de Elepem, con el objetivo de generar materiales de difusión para contribuir a la comprensión pública del tema. Fue elaborado por el equipo interdisciplinario integrado por (en orden alfabético):

    Arq. Lucía Bogliaccini, Arq. Paula Cruz, Lic. Psic. Alicia Di Bartolomeo, Dra. en Demografía Carolina Guidotti, Diplom. Psicog. Elizabeth Lariccia, Lic. en DCV Cyntia Olguín, Dr. en SMC Robert Pérez, Enf. Solange Santos y Dr. en Med. y Dipl. Psicog. Javier Trujillo

    A modo de ejemplo, puede consultarse: https://dependencia.info/noticia/3449/actualidad/declaracion-en_favor-de-un-necesario-cambio-en-el-modelo-de-cuidados-de-larga-duracion.html y https://ladiaria.com.uy/opinion/articulo/2020/4/aportes-para-el-trabajo-en-salud-mental-con-personas_mayores-desde-una-perspectiva-de-derechos-humanos.