Aunque las principales economías del mundo mostraron indicadores que hablan de una recuperación, en 2018 la volatilidad retornó a los mercados y comenzó a colarse entre las proyecciones de los principales organismos económicos. De hecho, algunos análisis empiezan a advertir sobre una recesión en Estados Unidos (EE.UU.), posiblemente hacia el 2020.
La economía mundial acaba de cerrar un año que estuvo marcado por las tensiones comerciales entre algunas de las grandes potencias, los efectos del desarme de políticas monetarias expansivas y las negociaciones para la salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE). En 2018, también se dio una desaceleración del crecimiento de China y hubo problemas en otros emergentes, como Turquía, además de Brasil y Argentina, con coletazos que llegaron hasta Uruguay.
Varios de esos factores de incertidumbre persistirán en el año que comienza. Con ese marco, el Fondo Monetario Internacional proyecta que la economía global crecerá 3,7% en 2019, lo mismo que en 2018.
Pero el estímulo fiscal llegó en el último tramo de la normalización gradual de la política monetaria. Los datos macroeconómicos siguen apoyando esa estrategia seguida adelante por la Reserva Federal (FED, por su sigla en inglés) de EE.UU.: el desempleo se mantiene por debajo de 4%, la inflación subyacente (que excluye precios de algunos bienes volátiles como la energía) alcanzó el objetivo de 2% anual y, en los últimos meses, los salarios comenzaron también a aumentar. Tras alcanzar un crecimiento de 4% durante julio-setiembre, algunos analistas estiman que el PBI cerrará en niveles cercanos a 3%.
Con los efectos de la reforma fiscal esfumándose, Trump esperaba que los resultados de las elecciones legislativas de medio término le permitieran mantener la mayoría republicana en el Congreso, y así lograr aprobar nuevos estímulos. Sin embargo, la victoria demócrata en Diputados trastocó esos planes y supuso un mayor debate parlamentario. De hecho, el cambio de año se produjo sin acuerdo en torno al presupuesto y con un cierre temporal de oficinas gubernamentales.
La economía estadounidense enfrentó obstáculos también a nivel externo. Tras la incertidumbre inicial, Trump firmó un nuevo acuerdo comercial con México y Canadá en sustitución del Nafta.
Las negociaciones no fueron tan sencillas con China. El afán del presidente estadounidense por bajar el déficit comercial con ese país llevó a la imposición de aranceles a las mercaderías de ese origen que entran al mercado de EE.UU., que, a la larga, contrajo las expectativas de crecimiento.
La primera escalada de impuestos llegó en febrero, cuando Trump anunció una suba de aranceles sobre la industria de telecomunicaciones y maquinaria industrial. En abril, China respondió con aumentos en las tarifas a la entrada de aluminio y algunos alimentos estadounidenses a su mercado. Las medidas de EE.UU. afectaron bienes por el equivalente a US$ 250.000 millones, mientras que el gobierno de Xi Jinping respondió con una escalada de tributos que afectan a otros US$ 110.000 millones.
A fin de noviembre, los mandatarios se encontraron durante la cumbre del G-20 en Buenos Aires y acordaron futuras reuniones bilaterales que, al menos hasta ahora, parecen haber puesto un freno a la guerra comercial.
China
El conflicto comercial llega para China en un momento de desaceleración del crecimiento. Según datos recientes, la mediana de expectativas de los analistas es que su economía se habría expandido 6,6% en 2018; para 2019 esperan que el PBI aumente 6,2%, el ritmo más moderado de los últimos 29 años.
Una reciente encuesta de la consultora Deloitte apunta a un pesimismo creciente entre los empresarios: 82% se mostraba más negativo en sus proyecciones sobre la economía china que a principios de año. Además, 56% declaraba que sus negocios ya habían sido afectados por la guerra comercial.
Pero el gobierno chino podría implementar nuevas medidas de expansión fiscal y monetaria. Se mantiene firme con respecto al cambio en su modelo, enfocado ahora en estimular la demanda interna, en cuyo marco en 2018 ya aprobó un importante recorte de impuestos, así como medidas para asegurar liquidez en préstamos empresariales.
Según mediciones oficiales e independientes, la influencia del exterior sobre el PBI chino ha disminuido en la última década, pero se mantiene en algunas áreas clave como las importaciones de tecnología y la actividad que aportan varias multinacionales instaladas en su territorio.
Europa y el Brexit
En Europa, la agenda siguió marcada por la negociación de un acuerdo para la salida del Reino Unido de la Unión, prevista en su primera etapa para fin de marzo de 2019.
Sobre fines del año que acaba de terminar, el gobierno de Theresa May llegó un acuerdo con la UE que implicaba una solución para la frontera entre Irlanda e Irlanda del Norte, pero apunta a que la unión aduanera del bloque europeo se mantendrá sin cambios hasta que se alcance otro entendimiento comercial. Ese fue un punto cuestionado por los legisladores británicos, quienes no han dado su aval. De hecho, May deberá enfrentar en enero una votación de desacato a su administración y es posible que el denominado “Brexit” termine sucediendo sin pacto alguno.
No fue el único ruido que soportó Europa. Italia también introdujo algo de volatilidad, luego de que la presentación de sus presupuestos le supusieran estar cerca de ser sancionada por la UE.
Mientras, el Banco Central Europeo (BCE) parece decidido a continuar retirando el paquete de estímulos monetarios que implementó tras la crisis de 2008. Ya en el año que recién culminó, puso fin a las compras millonarias de activos que implementó desde 2015. Por ahora mantiene las tasas de interés en niveles históricamente bajos, pero su presidente, Mario Draghi, anunció que comenzará subas graduales en la segunda mitad de 2019.
Las estimaciones de algunos organismos apuntan a un crecimiento económico de 1,9% este año, similar al que se habría registrado en 2018. En su última reunión del año, el BCE señaló que EE.UU. y China están “frenando” la actividad mundial y que habrá una “desaceleración”, aunque luego la economía se mantendrá “estable”.
Emergentes
La suba en las tasas internacionales de referencia tuvo un claro efecto en países de América Latina, sobre todo en aquellos con importantes desequilibrios macroeconómicos.
Con una inflación creciente y sin señales claras de un crecimiento económico en Argentina, la confianza comenzó a flaquear a mediados de año. La retirada de los principales fondos de inversión extranjeros y la consecuente suba del tipo de cambio (de casi 100% en 2018), forzó al gobierno a implementar medidas de urgencia. Así, llegó un préstamo del FMI por más de US$ 50.0000 millones y la implementación de una banda con topes a la oscilación cambiaria.
Ahora, los analistas esperan que el PBI de Argentina remonte para el segundo trimestre de un año en el que, además, habrá elecciones presidenciales que pondrán a prueba la aceptación del modelo económico de Mauricio Macri. Este año los analistas esperan que la inflación sea 47% y el gobierno proyecta que la actividad bajará 1%.
En Brasil, la inestabilidad fue más política que económica. Tras sonados casos de corrupción que afectaron al Partido de los Trabajadores, el candidato de derecha Jair Bolsonaro triunfó tras una campaña electoral en la que abogó por una mayor actuación militar, y criticó a homosexuales y mujeres.
La administración de Bolsonaro, que asumió el martes 1º, mantiene su cuota de incertidumbre con respecto al rumbo de algunas reformas fiscales y de la seguridad social, así como la marcha de la política comercial (y la impronta que dará al Mercosur).
Venezuela se mantiene como otro foco de convulsión en la región, con un éxodo creciente de inmigrantes que han llegado también a Uruguay. Las previsiones independientes de inflación para ese país alcanzan números astronómicos (muy por encima de la hiperinflación que la región conoció en la década de 1980), mientras el desabastecimiento afecta a servicios esenciales como la salud.