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    El niño rubio y triste

    Distopías urbanas

    Estos días miro mucho la multitud. Veo esa enorme cantidad de seres humanos que deambulan por las calles y que, gracias al bregar de la Humanidad, votan.

    Recuerdo cuando a los uruguayos les fue arrebatado el derecho al voto y la herida que generaba en la identidad uruguaya. Algo así como si un hombre araña hubiese trepado al Obelisco y a cada una de las musculosas estatuas les hubiese clavado una estaca entre sus voluminosos senos.

    Durante toda mi infancia oí a mi padre rumiar contra Franco y su eterna dictadura. Ahora, votaba cada elección en Catalunya rigurosamente por correo.

    Curiosamente, su hija, hoy, rompe el voto. Lo considero un acto de democracia. Cuando ningún candidato o propuesta me resulta creíble, debo ser honesta y decir: “conmigo no cuenten”.

    Si en los ómnibus, en la plataforma, hubiese un cuartito con una urnita y a los apretados pasajeros se les dijera: “Uruguayos y uruguayas, pueden votar ya”, tal vez todos hicieran como yo y convirtieran su voto en papel picado. Un carnaval colorido con destino “Toledo Chico” o “Playa Malvín” de gente furiosa.

    Pero cada cinco años la ley nos obliga. Y allá vamos, con todo el ritual.

    Me asombra la cantidad enorme de países donde votar no es compulsivo. Tendrán sus serias razones para no obligar a ejercer este derecho.

    Aquí, en cambio, nadie soporta oír la posibilidad de que el voto no sea obligatorio. Forma parte del mettier uruguayo. Tal vez sea un acierto.

    Cuando veo que salió el Brexit en Gran Bretaña, con índices altísimos de abstención, y luego, en los días sucesivos, un montón de gente en la calle protestando, la democracia del siglo XXI me resulta algo surrealista.

    Yo tengo para mí que ante el tremendo riesgo de que saliera Donald Trump presidente, no salir a votar fue una postura rotunda. Quizás quiere decir que el señor rubio y joposo, de cara irritada y dedos en círculo, no les resultaba a los pasivos abstinentes un peligro. Es más, hasta quizás les resultara excéntrico, pero simpático.

    El problema que le encuentro a la democracia actual, a quien llaman el mal menor, es que parte de un hachazo en dos a los pueblos.

    Se dice que la democracia es gobierno de la mayoría respetando las minorías. Pero aquí no hay mayorías ni minorías. Mitad y mitad. Cuando Maduro y Capriles terminaron con muy pocos votos de distancia (se discute quién quedó arriba y quién abajo), se vio claro que la democracia estaba en vulnerabilidad total.

    Cuando el Brexit sale en Gran Bretaña, mitad y mitad, todos temblamos. Sobre todo los que somos oscuros.

    Supongo que así como dejamos atrás las monarquías, la Humanidad depurará estos problemas endémicos de la democracia y la mejorará y hará más fiable.

    Pero hoy me siento como el hijo menor de Donald Trump que, al costado de su padre, de pie, aguantando en la madrugada sus discursos, nos mostró a todos su infinita tristeza, su desasosiego, sus ganas de huir despavorido.

    ¡Qué poco amor latía entre el nuevo presidente de Estados Unidos y su hijo frente a las cámaras!

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