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    El origen del apodo “Pepe”

    Sr. Director:

    Internet y la Cultura. Un tema sin duda para la polémica. Partidarios o detractores, a ninguno escapa la importancia del vertiginoso desarrollo que ha tenido esta herramienta en los últimos tiempos y su innegable influencia en la cultura de la humanidad. Largo sería detallar la prácticamente infinita gama de posibilidades que ofrece. El correo electrónico, la mensajería instantánea, el poder “charlar” en tiempo real con una persona situada en las antípodas, o acceder a las más importantes bibliotecas y museos del mundo, etc., es algo realmente grandioso.

    También tiene su lado oscuro: pornografía, pedofilia, terrorismo, etc. De Internet puedo recibir detalladas instrucciones para fabricar drogas, cultivar marihuana o montar, con materiales baratos y caseros, una poderosa bomba pasible de ser detonada a control remoto.

    Personalmente me considero un partidario de la Internet y hago un uso cotidiano y extensivo de la misma. Pienso que Internet es una herramienta y como tal no es ni buena ni mala, todo depende de quién y para qué la use.

    Citaré como ejemplo una pequeña experiencia personal que, aunque pueda parecer trivial, fue importante para mí. Hace unos días, gracias a Internet, me enteré del origen del apodo “Pepe” con que comúnmente se les conoce a los varones cuyo nombre de pila es “José”.

    Según el artículo leído, en los antiguos documentos eclesiásticos, toda vez que el autor nombraba a San José, agregaba, a continuación del nombre, la expresión “(Pater Putativus)” (padre putativo). Diccionario mediante —también por Internet— me entero que “putativo” no es ninguna expresión soez, sino que significa: “Que se tiene por padre, hermano o cualquier otro familiar, sin serlo” (© Espasa Calpe, S.A.). Y tal era la situación de San José, quien ejercía —sin serlo— la paternidad de Jesús.

    Con el tiempo, en su afán de abreviar, los escribas fueron sustituyendo el Pater Putativus simplemente por (P. P.) y tal sería el origen del conocido mote.

    Esto produjo en mí una sensación ambivalente: por un lado la satisfacción de haber incorporado un conocimiento más a mi bagaje cultural y por otro la tristeza de tener que desplazar un recuerdo atesorado en mi memoria desde mi niñez, hace ya casi siete décadas.

    Vivíamos, mis padres, hermanas y yo en la ciudad de Melo, donde también residían mis abuelos maternos y un tío, hermano de mi madre, de nombre José María a quien todos conocíamos como “Pepe”.

    No recuerdo —pero es probable— que le haya preguntado a mi abuelo por qué le decíamos “Pepe” si su nombre era José, pero sí recuerdo que me narró la historia que a continuación trataré de transcribir, lo más exactamente que mi memoria permita:

    Había una vez, hace mucho tiempo, un reino muy lejano, gobernado sabiamente por una joven pareja de soberanos muy queridos por su pueblo, quienes apreciaban y admiraban su sabiduría, su ponderación, su pulcritud en el vestir, su educación y prudencia al hablar, su delicadeza en el trato y su sentido de la justicia. Todos vivían felices y el reino prosperaba bajo la proba guía del rey y su gabinete de Ministros cuidadosamente elegidos por su dedicación, honestidad y competencia funcional. Un aciago día, la fatalidad se abatió sobre el reino. Con horror, sus habitantes se enteraron que en un desgraciado accidente sus amados soberanos habían perdido la vida, trocando bruscamente en dolor e incertidumbre la otrora felicidad. No habiendo dejado descendientes directos, por línea de sucesión fue coronado rey el príncipe José, hermano menor del fallecido rey. Con relación a su hermano, José era la antítesis más completa que pudiera imaginarse; adicto a la bebida y a la marihuana, astroso y desarrapado, inculto y grosero de palabra y modales, sus andanzas prostibularias eran ampliamente conocidas por la población, entre la cual, no obstante, contaba con muchos adeptos, quienes lo encontraban simpático y festejaban sus ocurrencias y dislates por encontrarlas graciosas y divertidas. Bajo el Rey José, la administración del reino cambió radicalmente tornándose improvisada, caótica e impredecible. El Rey se rodeó de un nutrido grupo de ministros y cortesanos obsecuentes, cuyo único mérito para el desempeño del cargo era su grado de amistad con el Rey y cuya mayor preocupación el llenarse los bolsillos lo más rápidamente posible, actividad a la que se aplicaban con singular empeño. El rey gustaba de hacer verdadera ostentación de su incultura y ordinariez y frecuentemente desdeñaba y ridiculizaba públicamente a intelectuales, técnicos y profesionales, refiriéndose a ellos en términos rayanos con la injuria. Lenta pero sostenidamente, la corrupción fue enseñoreándose del reino, las finanzas públicas fueron dilapidadas, la mala administración llevó a la ruina a las principales industrias y la presión tributaria trepó a niveles insoportables. En la misma medida en que se iban agotando los recursos acumulados durante la ahora añorada época de prosperidad, crecía más y más el descontento de la población. Una de las cosas que más le molestaba la gente, era contemplar y comparar la triste y zarrapastrosa figura de su monarca cuando, por ineludibles compromisos propios de su cargo, debía alternar con dignatarios extranjeros, tanto en casa como fuera del país. Más aún cuando en su transcurso cometía alguna barrabasada, alguna de las acostumbradas “metidas de pata” que ya no resultaban graciosas, sino tremendamente vergonzantes para el país como un todo porque, al final de cuentas, el rey era el país. La población se sentía agobiada por vergüenza ajena y fue así que al referirse al rey, en la intimidad, comenzaron a identificarlo como “el Payaso Papelonero”. Para sus súbditos, el rey José se convirtió entonces en el Payaso Papelonero, pero privadamente, en la intimidad, en voz baja, o susurrada al oído. Públicamente en cambio, la población comenzó a sentir algo de cortedad, no exenta también de temor a eventuales represalias por referirse a su rey en esos términos, por lo que el Payaso Papelonero derivó simplemente en P. P. Esto permitía, por ejemplo, que cuando dos amigos se encontraban en la calle, uno podía decirle al otro a viva voz: “¡Oye! ¿Te enteraste de la última del PP?” y todos sabían de quién estaban hablando. Así nació la costumbre de apodar cariñosamente “Pepe” a todos los José.

    Esta es la versión del origen del mote “Pepe” que me narró mi abuelo y que yo, con mis escasos siete u ocho años escuché atentamente y asimilé como una verdad revelada.

    Hoy obviamente me percato que no se trató más que de un simple cuento, con el que un entrañable abuelo pretendió satisfacer la curiosidad de su consentido nieto.

    La versión que leí en Internet me resulta mucho más plausible y agradezco a quien tuvo la idea de “subir” ese dato a la Web, por el aporte que significó para mi cultura personal. Lo incorporo gustoso a mi intelecto, pero, aunque peque de sentimental, de ninguna manera tengo intención de eliminar el otro; será pura ficción pero me gusta más.

    Cnel. (r) Omar M. Farías

    CI 846.419-1