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    El paraguas de Putin

    N° 1978 - 19 al 25 de Julio de 2018

    Llueve torrencialmente en el estadio moscovita Luzhniki. Los jugadores franceses ya se han consagrado campeones del mundo y pasan a recibir sus medallas. Todos están bajo agua: los franceses, los croatas, Infantino, Macron, la presidenta de Croacia, la propia copa, que derrama agua sobre su preciada superficie dorada y esférica, quizá el objeto de mayor valor simbólico del planeta. Todos bajo agua menos Putin, a quien sus guardaespaldas le han abierto de inmediato un paraguas. El zar debe estar siempre a resguardo. Su rostro pétreo, frío, calculador, un rostro que sus amigos están obligados a comprender y sus enemigos a descifrar. Pasaron muchas cosas en la final. Bajo el paraguas de Putin hubo seis goles, algunos de alta factura e imágenes imperecederas, como el de Pogba y el de Mbappé, dejando al arquero croata a la altura de una marioneta desarticulada. También es un golazo el empate transitorio de Perisic, una bomba que sortea varias piernas francesas y estalla contra las redes. Bajo el paraguas de Putin también hubo momentos de comedia, por ejemplo, el último gol de Croacia, el que pone el definitivo 2-4 ante un error grotesco del golero Lloris. Bajo el paraguas de Putin, el zaguero croata Vida, el que festejó en algún momento con un “¡Gloria a Ucrania!”, recibe su medalla de subcampeón. Vladimir sabe quién es, pero igual le coloca la medalla. Es que Vladimir lo sabe todo, es el hombre del paraguas, y los demás están mojados. Vladimir también sabe con precisión (edad, nombre, profesión, simpatía política, grupo sanguíneo, no en vano antes de ser presidente fue funcionario de la KGB) quiénes son esas Pussy Riot que se colaron en la cancha y se adjudicaron el “atentado” de interrumpir el juego (“¡¿Atentado eso?! No me hagan reír”, debe haber pensado Vladimir), un grupo de chicas punk que ya se había rebelado en otras oportunidades a favor de la libertad política y sexual (“¿Libertad política y sexual? Toda esa mierda afeminada empezó con Gorbachov”, piensa Putin; “yo le voy a dar grandeza a Rusia: gran-de-za”).

    En la casa de Putin y bajo su paraguas se llevó a cabo —así lo confirman la casi totalidad de los periodistas acreditados— uno de los mejores mundiales, un éxito rotundo por los modernos estadios, la emoción de los partidos, los hermosos goles, pero también por el orden en la ciudad y en la sociedad, por las noches blancas llenas de vodka y poesía, por la limpieza de las calles y plazas, por sus bellas mujeres, por los horarios —que se cumplen a rajatabla— del metro moscovita, por la buena onda y hospitalidad de la gran mayoría de los rusos. Bajo el paraguas de Putin existió una Madre Rusia maravillosa, entrañable, inolvidable, al menos para los turistas y los que por allí pasaron y pernoctaron un mes. Los que viven el día a día en aquellas tierras sabrán la compleja y dura verdad que hay detrás de los festejos y los fuegos artificiales. Nosotros, los futboleros, evocamos un calendario que marca ciegamente la historia de la humanidad cada cuatro años. Ahora piensen en el próximo Mundial, que siempre se negocia con suficiente antelación gracias a la cuidadosa FIFA y que se jugará en diciembre de 2022 en un pequeño y muy caluroso territorio de 11.571 km cuadrados al oeste de Asia, donde todos son felices por el solo hecho de pensar en la pelota rodando: el emirato absolutista de Qatar.