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    El perfil bajo de los dictadores uruguayos ahorró algunos dolores de cabeza que sufren países como España y Chile

    Los militares prefirieron impulsar la figura de Artigas, lo que implicó imponer relatos históricos sin fundamento, advierte Caetano

    En España, el dictador Francisco Franco (1892-1975) se autoproclamó caudillo por gracia de Dios. En Chile, el general Augusto Pinochet sobresalió por encima de todos los golpistas. La restauración democrática en Uruguay, sin embargo, no tuvo que lidiar con una figura central que representara al régimen, porque los propios generales se encargaron de neutralizar los esfuerzos por sobresalir del más notorio de ellos, Gregorio Álvarez.

    La dictadura uruguaya se caracterizó por esfuerzos para mantener un perfil sobrio y estoico, aunque no fue así en todos los casos.

    La repatriación de los restos del coronel Lorenzo Latorre y poner su nombre a la montevideana calle Convención en 1975, así como la construcción de un mausoleo en homenaje al general Leandro Gómez en Paysandú, son vistos como intentos de jerarquizar el papel de los militares, pero sin entrar en detalle de las posiciones de cada uno en las circunstancias que les tocó vivir.

    En España, donde primó el “echar al olvido” el período franquista, las nuevas generaciones tienen una postura diferente hacia el proceso de monarquía, república, dictadura y democracia. El presidente del gobierno, el socialista Pedro Sánchez, se propone sacar, más de 40 años después, los restos del general Franco de un lugar de privilegio en el Valle de los Caídos —un cementerio de fosas comunes construido cerca de Madrid, en El Escorial— aunque durante una gira por America Latina anunció que renunciará a convertir el lugar un sitio de memoria, porque está demasiado asociado al franquismo.

    Los uruguayos que llegaron al gobierno después de 1985 mediante elecciones se conformaron con cambiar algunos nombres y otorgar una nueva simbología a ciertos espacios públicos, porque la dictadura, en lugar de elevar nuevos caudillos, potenció al héroe José Artigas y eso, salvo el casi solitario historiador Guillermo Vázquez Franco, nadie estaba dispuesto a discutirlo, aun después del repliegue organizado de los militares.

    Al arqueólogo Carlos Marín Suárez y a otros académicos españoles que trabajan en Uruguay les resultó llamativo que tanto los militares de la dictadura como los que se opusieron reivindican la bandera nacional y el himno, algo muy diferente a lo que ocurre en su país, donde llevar la bandera de España representa una definición ideológica de derecha y simpatía con el franquismo.

    En el blog La columna uruguaya, dedicado a los que lucharon en la Guerra Civil española (1936-39) contra Franco, se incluyen fotos del Parque Segunda República ubicado en Santiago Vázquez. Paradójicamente, el lugar fue declarado Monumento Histórico en 1975, en pleno gobierno de facto, aunque luego fue partido al medio para emplazar la Ruta 1.

    En las últimas semanas se produjeron atentados a placas que recuerdan “sitios de memoria” de la lucha contra la dictadura instalados por el gobierno. En momentos en que el Parlamento discutía una reforma al sistema de retiros militares y que un fiscal pedía el procesamiento de militares retirados fue atacado con pintura el memorial de los desa­parecidos en el Cerro.

    Mausoleo, bandera gigante y paso de ganso.

    Además de obras importantes como las represas de Salto Grande y Palmar, las Rutas 1 y 5 y los accesos a Montevideo, la dictadura dejó de herencia dos grandes emplazamientos conmemorativos: el Mausoleo de Artigas y el Monumento a la Bandera.

    La llegada de Artigas a la Plaza Independencia había comenzado su rodaje mucho antes, en el lejano 1883, cuando se aprobó una ley y se llamó a un concurso que ganó Ángelo Zanelli, con un proyecto clásico que montó al prócer encima de un brioso corcel en lugar de una propuesta nativista que había colocado al héroe en un caballo criollo.

    Los militares en el poder desde 1973 profundizaron la construcción del mito e hicieron de Artigas el centro iconográfico tanto del Ejército como de la nación.

    Con ese propósito, el 19 de junio de 1977 inau­guraron una obra que comenzó dos años antes y que fue criticada, entre otras cosas, por la falta de textos, para evitar interpretaciones ideológicas disidentes, y el elevado costo.

    Al año siguiente, el arquitecto Alejandro Morón vio inaugurado su proyecto en Tres Cruces, que según sus colegas Cecilia Ponte y Laura Cesio, simboliza la nación como Artigas, pero con otro sentido que el de la Plaza Independencia.

    Para estas investigadoras, los 30 metros de alto del mástil y las construcciones que la acompañan, representan “manos generosas o alas de libertad”, pero también pueden ser vistas como un vivo recuerdo de “los monumentos fascistas” y “las alas del águila nazi”. Para Ponte y Cesio, el proyecto “es moderno por sus materiales y por la fuerza operativista, pero regresivo por el simbolismo ceremonial y por su monumentalismo representativo de una ideología autoritaria”.

    Poco después, el lugar pasó a ser sitio de homenaje a los caídos el 14 de abril de 1972, cuando los tupamaros mataron a cuatro supuestos integrantes de escuadrones de la muerte. Luego del retorno de la democracia, aunque se cambió el nombre, la concentración continuó, igual que la que se realiza cerca de la casa del excomandante en jefe del Ejército Florencio Gravina, donde el 18 de mayo del mismo año mataron a cuatro de los soldados que integraban su custodia.

    El historiador Aldo Marchesi publicó en 2001 un análisis de la política audiovisual de la dictadura bajo el título El Uruguay inventado.

    En relación con el mausoleo, Marchesi afirma: “Las intenciones fundacionales que los militares plantean están simbolizadas en esta inauguración”, algo que se vio reforzado al año siguiente cuando la Plaza de la Nacionalidad Oriental también fue inau­gurada con abundante presencia de escolares, liceales, militares, caballería gaucha y 20.000 banderas.

    A partir de la revisión de las imágenes producidas por la entonces poderosa Dirección Nacional de Relaciones Públicas (Dinarp), Marchesi concluye que en esta práctica dominada por la simbología militar “aparecen algunas escenas que hacen recordar la estética de los regímenes totalitarios europeos: el paso de ganso (...), la iluminación con reflectores antiaéreos genera fuertes contrastes entre lo oscuro y lo luminoso” que, según el propio locutor oficial, provocaban una “etérea irrealidad” al estilo nacionalsocialista.

    La idea de que a diferencia de España, Chile o Paraguay, la figura del dictador en Uruguay no fue relevante de forma expresa, queda en evidencia para Marchesi cuando en los informativos de la Dinarp se insiste en la idea de un “funcionamiento colectivo” y “pocas vences” se realizan tomas de autoridades en particular. Incluso cuando se menciona al jefe de Estado ni siquiera se lo nombra, sino apenas como “presidente de la República”.

    Además de las dos grandes plazas, el régimen que se mantuvo por las armas entre 1973 y 1985 fijó como “lugares de memoria” la (discutida) casa natal de Artigas en el Sauce y la meseta sobre el río Uruguay donde este iba a reflexionar, un paraje que la Dinarp impuso como “lugar de memoria” y peregrinación cada mes de setiembre.

    Junto a estos sitios estelares se produjo, según Marchesi, “una especie de estatuomanía de Artigas” que se desplegó por plazas, institutos educativos y oficinas públicas, alentadas por el régimen.

    Al inaugurar la Plaza del Ejército, en el barrio Brazo Oriental, el general Hugo Medina, uno de los fuertes del colectivo gobernante, sostuvo en su discurso que “la figura de Artigas condensa los dos aspectos centrales que están en cuestión en el presente: la nación y el ejército”.

    Prueba de que Artigas no solo está por encima de blancos y colorados, sino también de los frenteamplistas es el hecho que parte de las cenizas del general Liber Seregni, fundador del tercer gran partido, fueron esparcidas por su familia en la Meseta de Artigas.

    Aunque no es amigo de las celebraciones rituales y solo asiste a algunas de ellas, la relación del presidente Tabaré Vázquez con la figura del prócer también es estrecha.

    Sin embargo, una de las veces que tuvo que dar marcha atrás en sus proyectos fue cuando quiso, al final de su primer gobierno, trasladar la urna de Artigas desde el mausoleo al cercano edificio Independencia.

    Una de las razones esgrimidas por el presidente era de orden práctico: después de muchos años había que realizar trabajos de mantenimiento.

    El presente de la historia.

    Tanto la polémica visión de Artigas como fundador del Estado moderno como la propia celebración del 18 de mayo como fecha de creación del Ejército, son cuestionadas por algunos investigadores.

    El historiador y politólogo Gerardo Caetano dijo a Búsqueda que fue la dictadura la que impuso esa fecha sin fundamento, así como decretó el número de los Treinta y Tres Orientales que desem­barcaron en la playa de la Agraciada en la llamada Cruzada Libertadora de 1825, que en realidad no eran 33 ni todos orientales.

    Caetano se lamentó también de “silencios inad­misibles” ante las afirmaciones del arzobispo de Montevideo Daniel Sturla durante la última misa del 18 de mayo, cuando dijo que la Iglesia católica y el Ejército eran las dos instituciones fundadoras del país.

    También criticó un tuit del comandante en jefe del Ejército Hugo Manini del miércoles 22. Durante una visita al Regimiento de Caballería Nº 3 en Rivera, el comandante publicó una foto con la leyenda: “Cuando la Patria está en peligro no hay derechos para nadie sino deberes”.

    Manini, sin embargo, dijo a Búsqueda que la Batalla de Las Piedras es “el primer hecho de armas en el que se participa como Ejército” y que si bien el 21 de febrero de 1829 es la fecha “formal” de creación, “renunciar a lo anterior sería renunciar a Artigas”.

    Información Nacional
    2018-08-30T00:00:00

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