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La exposición puede comenzar por un pequeño cuadro, muy chico, de suave colorido. Hay figuras que apenas se reconocen, deslizados sus contornos en un grupo apretado de seres humanos en grises, celestes, marrones claros y muchos sombreros. Las figuras se adivinan, delineadas por la pintura sobre la tela, en pinceladas inquietas. El cuadrito se titula “Playa Ramírez” y es de 1911. O puede comenzar al revés, en el lado izquierdo de la gran sala que todavía está en pleno montaje. En un panel, descansan dos pequeñas acuarelas, dibujos coloreados con estampas uruguayas, un trencito en líneas escasas y suaves. O un pequeño dibujo con una dama que mira a los soldados, en vestimenta manchada por rojos y azules. Esas joyitas están firmadas simplemente por Rafa. Casi al final de su vida, los firma con el cariño de quien lo ofrece a un amigo.
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Son trabajos que Rafael Barradas (Rafael Pérez Giménez, 1890-1929) hizo en el barco que lo trajo de regreso a su país. Parecen recuerdos de un país que había dejado a los 22 años y que reencontrará brevemente para morir. Estas obras pertenecen al acervo del Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) que este viernes 15 de marzo inaugura una megaexposición sobre uno de los artistas más importantes que dio este país. Es justicia, hace 40 años que nadie le dedica un tiempo a él solo, en cantidad y calidad. Todavía se recuerda una histórica impulsada por Ángel Kalenberg en 1972 o en 2003 una exposición Torres-Barradas en el Centro Cultural de España. Hace demasiado tiempo que no se lo reconoce y habilita como uno de los tres más grandes, junto a Pedro Figari y Joaquín Torres García, con quien tuvo una relación de años en Barcelona.
El MNAV dedica casi todo su espacio a un artista uruguayo de impresionante valor. Son más de 250 obras de las 500 que posee el Museo, donadas en los años 60 por la familia. Algunas de ellas se han visto esporádicamente, pequeños rastros de un camino complejo y de un pintor que hace añicos la idea de cualquier clasificación.
La primera obra mencionada la pintó aquí antes de irse, aunque fechas y firmas en Barradas puedan despistar al más prolijo de sus críticos. Como despistan e impactan sus dibujos, caricaturas, trazos de colores que en rápidos ademanes utilizó para construir un retrato. Como impactan sus obras más conocidas al verlas en conjunto que atraviesan los ismos de la época y contribuyen a una construcción histórica sobre las vanguardias. Por supuesto, su tan mentado “vibracionismo” que tanto gustó a intelectuales y artistas españoles del comienzo de siglo y que dejó en claro el impacto que produjo la civilización europea en Barradas. El impacto de la ciudad latiendo al ritmo de las máquinas y la dinámica transformación de ideas, usos, costumbres, expresiones de todo tipo y color. Al influjo del cubismo y el futurismo y sus líneas que rompen la mirada lineal, Barradas pinta ese mundo en movimiento, con tonos fuertes, pinceladas planas sin claroscuros, sin profundidad. Todo es movimiento y las figuras se desvanecen en un ritmo alocado, vertiginoso, aunque plásticamente más denso y firme que otros ismos.
En esta exposición hay evidencias de ese período y de todos los que transitó el artista, de sus bocetos, de sus trabajos más informales y los más acabados. Agrupados en núcleos temáticos, Búsqueda pudo acceder dos días antes de su inauguración y recorrer en medio del agite propio de un desafío descomunal. Hace dos años que el equipo del MNAV trabaja en este proyecto, en especial María Eugenia Grau y Eduardo Muñiz, bajo la dirección de Enrique Aguerre. En definitiva, se trata de muchos Barradas.
“Al final, ¿quién es Barradas?”, pregunta en un momento Enrique Aguerre, director del Museo. Está parado frente a una serie de dibujos para niños, claramente ilustraciones de historias, en tonos de azul, con magos y personajes difíciles de clasificar. Es un mundo y una definición artística delicada y de finísima elaboración. Es un mundo infantil, aunque por momentos cargado, denso, perturbador. Estos dibujos están colocados un poco más abajo de lo habitual para que los niños puedan disfrutarlo a su altura. También es Barradas, como fruto de su talento son los retratos dedicados a la actriz Catalina Bárcena, para quien trabajó en escenografías y cartelería. Hay un retrato de 1920 en témpera sobre papel, diseñado en perfecta economía de recursos, con dos pinceladas pequeñas para el rostro, algunas líneas negras para marcar el cuerpo y vestido, unos toques en ocre amarillento para pelo y contorno. Es muy difícil describir la sencillez, gracia y calidad de ese trabajo.
Del 20 son también los retratos de Federico García Lorca junto al poeta Gabriel García Maroto. Rostros sin detalles, apenas dos cejas negras de Lorca y dos ojos celestes en el otro personaje, vestimenta de clown con camisa a rayas y corbatín y fondo de circo, donde predomina un azul eléctrico. A este estilo se le aplicó el término de “clownismo”, que Barradas practicó casi al mismo tiempo. Un estilo más cercano a su ineludible pasión por el dibujo y la caricatura, ejercidos desde el inicio en Montevideo. Es el Barradas que logra desdibujar los rostros, que vacía los ojos, que incluso no pone casi ningún rasgo. Con el maquillaje del clown, con el talco o la harina que despersonaliza al payaso, el artista logra profundizar en la fuerza interior de sus personajes, deja al cuerpo enorme o pesado, a la postura, al poder de las manos que dibuja enormes, la fuerza de su profundidad.
Por supuesto, también de la belleza que logra extraer a los campesinos de la serie de “Magníficos”, seres anónimos, gruesos, formidables representaciones de un mundo que conoció muy bien a través de Pilar, su esposa campesina que lo encontró tirado en un camino y le salvó la vida. A Pilar la retrató muchísimo. Están también los retratos de personajes de la farándula intelectual madrileña o catalana de la época, cuando los poetas como Lorca o los pintores como Dalí y cineastas como Buñuel, lo frecuentaban en tertulias.
Todo indica que la vida de Barradas fue inquieta, de enorme capacidad intuitiva, con la curiosidad y el poder de observación de un artista esencial, insatisfecho, que todo lo puede y todo lo prueba, abierto a lo nuevo. La muestra que inaugura el MNAV habla de esto, de sus viajes por tierra y mar, de su intento de caminar de Barcelona a Madrid, de sus penurias, de sus encuentros con personajes reconocibles, de sus núcleos de interés, de sus temas y desafíos.
Es una muestra abierta al público que no lo conoce, un paseo por vida, obra y pensamiento de un creador de primera línea, que vivió pobre, pintó mucho, ganó poco y murió tuberculoso a los 39 años. En su país, por suerte, aunque le costó reconocerlo. “¿Sabe usted lo que pensaba en Montevideo mientras los fotógrafos me enfocaban y los periodistas me hacían preguntas?”, dijo Lorca en una entrevista sobre su visita a Uruguay. “Pues en Barradas, el gran pintor uruguayo a quien uruguayos y españoles hemos dejado morir de hambre”. Si él lo dijo, por algo será.
“Barradas-Colección MNAV”. Desde el 15 de marzo hasta el 9 de junio. De martes a domingos de 14 a 19 hs. Parque Rodó.