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    El poder del Estado

    Columnista de Búsqueda

    N° 1753 - 20 al 26 de Febrero de 2014

    En la página 47 del libro “La gran degeneración”, el historiador Niall Ferguson glosa una página de Hernando de Soto en la que explica la causa o, mejor dicho, la causa y la chispa de la llamada Primavera Árabe. Según la lectura que propone la tesis del economista peruano es que ese movimiento que tuvo lugar en Túnez y Egipto es “primordialmente una rebelión de aspirantes a emprendedores, frustrados ante unos regímenes corruptos y orientados a la búsqueda de rentas que se alimentaban de sus esfuerzos para acumular capital”. Y pone un ejemplo claro de esto; refiere el caso del infortunado Tariq Mohamed Bouazizi, un tunecino de 26 años que tuvo la precaución de quemarse frente a las oficinas del gobernador de la pequeña ciudad en la que desdichadamente pretendía trabajar.

    La crónica es estremecedora: “Bouazizi se suicidó exactamente una hora después de que una policía, apoyada por dos guardias municipales, le confiscara dos cajas de peras, una caja de plátanos, tres cajas de manzanas y una balanza electrónica con un valor de 179 dólares. Aquella balanza era su único capital. No tenía ningún título de propiedad legal de su hogar familiar que pudiera servir como aval para su negocio. Su existencia económica dependía de los “honorarios” que pagaba a los funcionarios para que le dejaran gestionar su puesto de fruta sobre poco más de un 1,5 metros cuadrados de suelo público. El arbitrario acto de expropiación de estos le costó a Mohamed Bouazizi su sustento y su vida”.

    Para Ferguson se trata este de un imponderable ejemplo de lo que denomina el Estado extractivo, es decir, aquella formulación del poder público, que por oposición a lo inclusivo, consiste en considerar al contribuyente un súbdito de la maraña legal, un esclavo de instituciones intangibles y degeneradas; esta modalidad implica un estilo de comunicación autoritario y despectivo basado en una abyecta moral que se olvidó de los medios y de los fines para ocuparse solamente de la funcionalidad del aparato que la sustenta. Por ser así, para Fergurson el episodio constituye una suerte de emblema de aquello que encuentra cuando se dispone a abrir “las cuatro cajas negra que han permanecido selladas durante largo tiempo”, es decir aquellas creencias o instituciones o modalidades que se encuentran tan ambientadas en el torrente sanguíneo de las recientes formulaciones de la civilización occidental que cualquiera diría que son inherentes. Ferguson demostrará que no, que se trata de desviaciones enquistadas en el seno de la tradición y que en lugar de reconocerlas como propias hay que denunciarlas como causantes de los muchos males que explican la decadencia que padecemos.

    Por su orden esas vacas de la India son: la democracia, el capitalismo, el imperio de la ley y la sociedad civil. De acuerdo a nuestro autor, el envilecimiento y la desnaturalización de estos cuatro pilares de la identidad occidental es la causa directa de sus males actuales y será la razón de su inanidad política y económica al cabo de los próximos años, si algo no cambia. Ferguson ve la democracia progresivamente devorada por la demagogia y por la delegación abusiva por parte de los ciudadanos de derechos y deberes que les pertenecen y a los que no se puede renunciar sin pérdida de calidad en las relaciones y responsabilidades sociales; ve que el capitalismo ha degenerado en una suerte de capitalismo de Estado, donde el abuso de la regulación ha generado crisis como jamás conoció el sistema desde su ya larga existencia; ve que el imperio de las leyes, pilar sobre el que debiera asentarse el orden y la confianza de una sociedad, se ha convertido en una selva de legislaciones absurdas guiadas por intereses subalternos o de ocasión o decididamente ideológicos. Finalmente, ve Ferguson que la sociedad civil es una etiqueta que ya no contiene nada, que se trata apenas de una superficie, de mera hojarasca, del nimio recuerdo de algo que ya no existe, pues en la actualidad la sociedad ha dejado de involucrarse con su vecindario, con la escuela de su zona, con las causas que reclaman ayuda o comprensión; hoy todo se delega en el Estado, hoy se espera que el Estado responda como un buen padre, como un buen vecino, como un buen amigo, como un ciudadano serio a todas las necesidades que plantea la realidad; esto es: no hay sociedad civil, nos hay ciudadanos responsables. Lo que hay es contribuyentes resignados o indiferentes que aumentan el soez poder del Estado a cambio de que no se espere de ellos que procedan libremente como ciudadanos, como padres, como vecinos.