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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa fuerza infinita de la palabra. El partido final del Campeonato Uruguayo de Fútbol, entre Wanderers y Danubio, fue un episodio épico, de esos que nos reconcilian con un deporte noble y bellísimo, pero frecuentemente bastardeado por intereses espurios de toda índole.
Hubo, en el encuentro, destreza, vigor, emoción, inteligencia táctica, solidaridad colectiva, esfuerzo inclaudicable y hasta lo más infrecuente: excelencia en el arbitraje.
Tal fue la paridad entre ambos conjuntos de recios y leales gladiadores, que hubo de resolverse la brega, después de ciento veinte minutos de alternativas variables, mediante el lanzamiento de tiros penales.
Y aquí me detengo en ciertas palabras que, a mi juicio, incidieron en la definición, si es que no la determinaron.
Las cámaras de TV y los micrófonos, ya se sabe, son indiscretos.
Antes de la tanda de penales las cámaras se introdujeron en esos apiñados círculos que forman los jugadores y sus técnicos y transmitieron, en forma simultánea, las arengas en pos de la mejor ejecución de los disparos desde los once pasos, en el instante supremo.
En uno de esos círculos el mensaje era: “No piensen en que lo pueden errar”. Una y otra vez se repetían la consigna: “No piensen que pueden errar el penal”.
Ese imperativo negativo y frustráneo tuvo efectos nefastos: cuatro de seis penales errados, el 66,66%.
Pocas veces se advierte con tanta nitidez e inmediatez el poder de las palabras, del lenguaje, en la determinación de las conductas y las vicisitudes humanas.
La negativa consigna fue como decirle a un comensal que se apresta a degustar su comida, mientras se ciñe la servilleta, “no pienses que esa salsa puede estar envenenada”; algo así.
Los mensajes negativos producen efectos negativos.
Pego un salto, ahora, que quizá caiga en el vacío. Pero me parece que el lenguaje y/o su defección (no soy psicólogo, conductista, programador neurolinguístico, ni cosa que se parezca) cada vez determina más nuestras conductas, como emisores y receptores de mensajes de todo tipo.
Apunto dos fenómenos, solo a título de ejemplo, que trascienden infinitamente el tema del fútbol, sobre todo el segundo, pero creo que explican lo que quiero decir.
El primero: dos políticos relativamente jóvenes y no demasiado experientes (si es que la experiencia no es congénita o se adquiere por ósmosis) acaban de ganar inesperadamente y por amplio margen una elección, con el argumento de expresar sus propuestas “por la positiva”, sin negatividad, sin agresividad, sin ofuscación. Por supuesto me refiero a Lacalle Pou y Sendic, opuestos por el vértice en sus ideologías, pero amigos entre sí, como ambos afirman sin ningún resquemor.
Y segundo, y mucho más importante, el papa Francisco invitó a orar juntos a Shimon Peres y a Mahmud Abbas, por la paz. Hace unas cuantas semanas ya había logrado, con oraciones, evitar la ocupación de Siria.
¿Qué es una oración sino palabras que nos conducen a una realidad mejor?
Unas palabras sinceras, bien dichas y positivas, pueden lograr la paz mundial, nada menos.
Quizás hay un salto demasiado largo desde una cancha de fútbol a la trascendencia del espíritu humano, pero el lenguaje, las palabras, pueden dar ese salto vertiginoso.
Quizá debamos recordar que, al menos para los judeocristianos —y para los fieles de muchos otros credos—, Dios es La Palabra.
Álvaro Secondo Escandell
CI 1.174.509-9