N° 1747 - 09 al 15 de Enero de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSostenía Oswald Spengler que la transitoriedad es la forma de todo lo real, “desde las estrellas, cuyo destino es para nosotros incalculable, hasta el hormiguero fugaz de nuestro planeta”. Bajo su perspectiva, las formaciones colectivas, la vida individual, las cosas del mundo, los Estados, las culturas, todo estaría consagrado a desaparecer, a perderse en la quieta e inclemente Nada de la que nos habla Schopenhauer como realidad y destino último de todo lo que existe. La historia universal, bajo esta óptica sería implacable, insaciable: “La vida del individuo —animal, planta u hombre— es tan efímera como la de los pueblos y culturas. Toda creación está condenada a la disolución; todo pensamiento, toda invención, toda hazaña han de sumergirse en el olvido. Por doquiera vislumbramos cursos históricos de gran estilo que han desaparecido. Por doquiera encontramos delante de nuestros ojos ruinas de obras que fueron y de culturas que han perecido” (“L’Homme et la Technique”, NRF, Paris, 1969, págs. 50-51).
Confrontarse con esta verdad no es fácil y por eso no está muy difundida; la mayoría de las personas gustan de creer que todo permanece, que en alguna parte del tiempo hay una suerte de registro acumulado de todas las palabras, de todos los actos buenos o mezquinos, certeros o erráticos, un inventario de mañanas, de lluvias y de ocasos, de sonrisas, de ventanas rotas, de charcos, de ideas, de bicicletas, árboles y adioses, de playas con o sin palmeras, de calles iluminadas por la pálida luz de la luna, de promesas, de mujeres que están despiertas a cualquier hora, que a veces sueñan en los brazos de otros o veces sueñan con los brazos de otros, de perros que eternamente nos esperan, ansiosos y sonrientes, detrás de puertas a punto de ser abiertas; de besos, de miradas, de regresos infinitos, de alcauciles, de flores, de melodías que cuentan o disimulan verdades que nunca tuvieron nombre. Pero feliz o lamentablemente no es así; en rigor es una pura fantasía, una patraña que solo es útil para lidiar con el insomnio y poca cosa más.
Es que la idea del olvido produce un vértigo del que no todos pueden salir, una angustia que descoloca, que perturba y paraliza; todo al mismo tiempo. De ahí la importancia de esa industria intelectual que es la ideología y su fatal corolario, el optimismo. Bien dice Spengler respecto de la intolerancia hacia el absoluto gobierno del olvido: El hombre envuelve ese hecho en un rosado optimismo progresista, en el cual nadie realmente cree, y, ocultándolo en literatura, se arrastra tras de ideales para no ver nada.
Hay en el capítulo XV de la primera parte del “Quijote” una conversación que refleja la lucidez no resignada sino honorable acerca de la transitoriedad de todas las cosas. El que habla es Sancho, haciéndole una relación a su amo: “No me dieron a mi lugar a que mirase en tanto, porque apenas puse mano a mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con sus pinos, de manera que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de los pies, dando conmigo a donde ahora yago y adonde no me da pena alguna el pensar si fue afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor de los golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en las espaldas”.
Su amigo le responde con esta vasta enseñanza que debería servir de anclaje para cifrar los necesarios grados de humildad y de realismo imprescindibles para soportar la vida en sociedad; si las personas entendieran lo que dice Quijote sería menor el tiempo gastado en soberbia sin fundamento y por lo tanto mayores los puentes de comunicación con sus semejantes: “Con todo eso te hago saber, hermano Panza”, replicó don Quijote, “que no hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma”.
La sentencia parece terrible; pero como no vamos a estar para verificar su cumplimiento, podemos consolarnos pensando que tan solo es una conjetura; una creencia más, tan legítima como la que sostiene lo contrario. Aunque secretamente sepamos que el tiempo lo borra todo, que el olvido es el dueño de todo lo que existe, por alguna misteriosa razón nos estimula pensar que algo queda y que lo de Quijote es tan solo otro de sus excesos; un exabrupto del tamaño de un molino de viento.