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    El pueblo, la Virgen, el piano y las armas

    Con Rafael Ithier, líder del histórico y contagioso Gran Combo de Puerto Rico

    El abogado Luis Fortuño Burset nació en 1960, pero ya es gobernador de Puerto Rico. Miembro del Partido Republicano de los Estados Unidos, Fortuño es, asimismo, presidente del Partido Nuevo Progresista, un partido más conservador de lo que su nombre indica.

    Debe resultar un poco extraño ser puertorriqueño. Si uno nace en ese país, que no es una nación, tiene un escudo, una constitución y una bandera propias, y también tiene la nacionalidad estadounidense.

    Además, puede elegir a su gobernador. ¡Pero no puede elegir a su presidente! Y su presidente no canta salsa ni habla español. Aunque es negro, juega muy bien al básquetbol y, según un grupo de académicos suecos que sabe mucho de todo lo que pasa en el mundo, aboga profundamente por la paz. Su nombre es Barack Hussein Obama II.

    Oscar D’León, un cantante venezolano de 69 años con un talento natural gigante, capaz de interpretar con el mismo swing y el mismo gusto un merengue, un son o un bolero, ha grabado una canción llamada “Yo me siento como en casa”, donde lanza una sucesión de elogios entre los que se encuentra este: “Aquí se pasa bien/ Se baila mucho mejor/ La fiesta no tiene fin/ La gente es un vacilón”. D’León, quien en ese registro, un disco llamado “Tranquilamente...tranquilo”, resalta la “nobleza, el talento y la bondad” de los boricuas, concluye su tema con esta afirmación: “Aquí en Puerto Rico hay músicos, actores, directores, cantantes: por eso de afuera no hace falta nada”. Un poco simplona la letra, la verdad, pero muy buena la música.

    De todas maneras, da la impresión de que allí efectivamente se pasa bien. Ubicado entre el Caribe y el Océano Atlántico, el Estado Libre Asociado de Puerto Rico, en cuya capital, para hoy, jueves 25, habrá entre 25 y 30 grados centígrados según el sitio web intellicast.com, es, en opinión de la incomparable China Zorrilla, fascinante. “¿Querés hacer algo divertido? Venite a Puerto Rico. No sabés que es esto, si es Estados Unidos, si es independiente, todo el mundo habla español, ponés la televisión y no hay nada más que inglés, es como estar en Nueva York”, dijo la actriz en una entrevista publicada en “El Observador” el 27 de octubre de 2008. Y concluyó: “Es una cosa de gente sonriente, con un calor brutal y los lugares más divinos para comer afuera”.

    Menos romántico y, según corresponde señalar en estos tiempos de progresismo omnipresente, más políticamente correcto, el vocalista René Pérez, líder del carismático grupo de hip hop Calle 13, que cantará en el Velódromo Municipal el 15 de noviembre, ha declarado que no se siente representado por Obama y que “es muy importante que se considere a Puerto Rico como un país latinoamericano”.

    Pero volvamos a la música, porque el próximo jueves 1º de noviembre a las 21 horas actuará en el Teatro de Verano uno de los grupos más prestigiosos y populares en la historia de la salsa, un conjunto con 50 años de trayectoria que ha sido bautizado con justicia como “La Universidad de la Salsa”, que se ha hecho masivo gracias a piezas como “Azuquita Pa’l Café”, que es idolatrado por el panameño Rubén Blades y que es liderado, desde su misma fundación, por un pianista con un instinto y una disciplina extraordinarios: Rafael Ithier.

    Nacido en Río Piedras, San Juan, hace 86 años, Ithier, un autodidacta sin formación académica, se convirtió en el comandante en jefe del Gran Combo de Puerto Rico tras la desintegración del combo del legendario percusionista Rafael Cortijo. Líder humano y director musical de una banda en la que hay lugar para voces, timbales, bongós, saxofones, trompetas y contrabajos, Ithier no ha podido disfrutar del éxito que su grupo acaba de cosechar en Japón debido a “un problema de salud” que, en diálogo con Búsqueda, dijo que está solucionando gracias a “un tratamiento de radioterapia”, pero también gracias “a Dios y a la Virgen”.

    Pocos días antes del show que El Gran Combo ofrecerá en Montevideo y dos años después de que la banda ganadora del Grammy Latino editara el espectacular álbum “Sin salsa no hay paraíso”, este eterno admirador de Peruchín, de Luis Varona, de Noro Morales y de Luis Benjamín, habló con el semanario sobre su carrera y sobre la historia de un género que muchas veces en Uruguay se asocia prejuiciosamente con lo peor de la música tropical, pese a que de él han surgido talentos como Tito Puente, Celia Cruz, Ismael Rivera, Benny Moré, Héctor Lavoe, Elíades Ochoa, Eddie Palmieri, Pappo Lucca, Cheo Feliciano, Andy Montañez, Willy Colon, Irakere, Trío Matamoros, Omara Portuondo, Compay Segundo y Bebo Valdés.

    —¿Cómo el Gran Combo ha mantenido su frescura y su calidad a lo largo del tiempo?

    —Este es un conjunto que tiene muchos años. Yo lo llamo un matrimonio grande. Los matrimonios discuten todos los días y pelean. Pero no hay que pelear para matarse, sino para conocerse mejor, ¿lo ve? Entonces, si uno se casa con su esposa y su esposa le da un churrasco que a uno no le gusta, a lo mejor pelea porque lo que quiere son spaghettis. Y ese es el caso de El Gran Combo, pues tenemos tantos años juntos que ya nos conocemos hasta la respiración. Definitivamente discutimos muchas cosas diarias, porque estamos más entre nosotros que con nuestras familias. Entonces, somos muy celosos con el grupo. Y como el grupo es un nombre colectivo, si aquí hay alguna figura prominente es el nombre de El Gran Combo, pues en ese sentido todos somos iguales. Así que somos una corporación: yo soy el presidente, hay un tesorero, hay un secretario, otra gente que se encarga de pagar y otra gente que se encarga de la ropa o de la publicidad, para que todos le tengan cariño al proyecto. Así que nos reunimos, opinamos y, una vez que termina la pelea, empezamos a tocar. Y respetamos mucho a las personas, entendemos que todo lo bueno que hagamos nos beneficia y seguimos una disciplina muy férrea. Además, sabemos que somos un símbolo de Puerto Rico, por lo cual tenemos la responsabilidad adicional de representar bien a la isla.

    —¿Qué importancia ha tenido para usted la disciplina?

    —Bueno, es que yo estuve dos años en el Ejército de Estados Unidos. Y estuve contra mi voluntad, obligatoriamente, pero allí fue donde aprendí y asimilé una disciplina férrea. Además, después estudié un poco de comercio y de psicología, que tienen una ética que, sumada a aquella disciplina, es lo que aplico aquí en El Gran Combo. Y los muchachos la aceptan, porque no somos iguales: somos diferentes pero afines.

    —¿Cuál fue la experiencia más dura que vivió en aquellos dos años?

    —Yo tengo dos hermanas (hace una pausa). Mire: tengo una, porque la mayor falleció, y como nuestro padre murió siendo nosotros muy pequeños, nos criamos con nuestra madre, que no era fácil pero era mamá. Pero bueno, yendo al ejército, aprendí que existe una jerarquía que hay que respetar, es decir que yo no soy el dueño del mundo ni de la verdad sino que hay una persona que está más preparada y que me va a dar una orden que deberé respetar. Y aprendí que, cuando uno tiene que tomar una decisión, debe tener firmeza. Respecto a lo más duro que viví, no diría que hubo algo que especialmente me haya afectado. Pero debo decirle que mi madre, que ha muerto hace 25 años y a quien quiero más que nunca, fue quien me enseñó a ser humilde, a ser cariñoso y a respetar a los demás.

    —¿No tuvo ni una sola experiencia negativa en el ejército?

    —Sí, alguna cosa, sí. Uno veía la desigualdad que había cuando un teniente le pedía una cosa que sabía que era imposible, por ejemplo hacer un hoyo en un sitio lleno de piedras. Ahí sentí el poder de quien era superior a mí. Pero cuando tuve que decir, “mire, yo no voy a hacer nada más, porque hasta aquí he llegado físicamente”, lo dije. Así que ahí podían meterme preso o sancionarme porque tenían el poder para hacerlo, pero yo ejercía mis derechos. De todas maneras, si usted me pregunta por este tema, debo decirle que, desde el punto de vista moral, en buena medida la disciplina que me enseñó el ejército me hizo hombre.

    —¿Qué importancia tiene el tema de la relación entre Estados Unidos y Puerto Rico en su arte?

    —Yo soy puertorriqueño desde el primer pelo hasta la última uña, pero ni siquiera voto en mi país, lo cual es un horror porque es el único derecho que uno tiene para decir que me gusta más Pedro que Juan y que no me gusta aquel otro. Pero no me interesa la política. Y no hemos tocado en nuestro arte ninguna cuestión política en 50 años nunca, nunca, nunca.

    —¿Eso les ha dado más credibilidad?

    —Bueno, hemos recibido muchos discos de oro, muchos discos de plata y muchos reconocimientos, todos con humildad, aunque para mí sean simbólicos. Pero la dicha que nosotros tenemos es el cariño que la gente nos tiene más por personas que por músicos. Nuestro grupo es del pueblo aunque no podamos decir que seamos baratos, porque económicamente no lo somos y porque debemos cobrar por nuestro trabajo. Entonces, como nos gusta compartir nuestra música con la gente, cuando hemos tenido que hacerlo, hemos ido, y lo hemos hecho muchas veces, por ejemplo a cárceles, a hospitales o a hogares de niños pobres. Y lo hacemos dándole gracias a Dios.

    —A los 86 años, ¿usted se sigue emocionando? Se lo pregunto porque imagino que el reconocimiento del público de cualquier facción ha de ser pura rutina para ustedes.

    —No es que uno se emocione necesariamente. Pero cuando vamos a los asilos de niños y vemos a muchachitos con malaria, con cáncer o con leucemia, sabiendo, como sabemos, que son ángeles que no le han hecho daño a nadie pero que están allí cumpliendo su destino, bueno, si usted no se emociona, no tiene sensibilidad. Aunque también sabemos que le estamos llevando un poco de alegría a los muchachitos. Y eso es enormemente satisfactorio.

    —¿Qué significa DIos para usted?

    —Hay un ser superior. No me pregunte usted qué es exactamente, pero yo creo mucho en eso. A veces, volando en nuestras giras, pasamos por los grandes lagos de Estados Unidos, vemos los océanos y disfrutamos el desierto de Mojave. Ahí es cuando pienso: alguien hizo eso, ¿no? ¿O vino así porque vino? Ese ser superior es Dios.

    —¿Equivocarse ha sido un factor de superación importante en su carrera?

    —Importante no, fundamental. De lo bueno no se aprende nada.

    —Volvamos a la música. Usted ha dicho que a varios ritmos y géneros le dicen “salsa”. ¿Por qué?

    —Porque es un nombre, porque esta es la misma música que se toca con diferentes matices —no como se hacía 40 años atrás—, la misma a la que antes se denominaba “música tropical” o “música afrocubana”. Entonces, es salsa el son, el merengue, la guaracha, la conga, la plena, el bolero y la bomba: a todo eso ahora le dicen salsa. Así que es una palabrita simpática.

    —¿Eso le molesta?

    —Al contrario. Al señor Jerry Masucci, que comercializó la palabra en todo el mundo, que Dios lo tenga en la gloria.

    —Seamos pragmáticos. ¿Qué porcentaje ocupa la música en su vida actualmente?

    —Diría que el 75%. La música siempre ha sido parte de mi vida porque mi papá era bohemio, mi tío fue miembro del trío de Rafael Hernández y mis hermanos eran cantantes, así que, en casa, el que no cantó, bailó o gritó, bien, mal o regular. Y con el tiempo aprendí que de verdad la música no tiene fronteras. Si usted lo viera, comprobaría cómo en Japón, sin entender una palabra de lo que decimos, escuchan el ritmo y disfrutan de nuestra obra. Por eso un país sin música para mí es algo inimaginable.

    —¿Y cómo imagina la muerte?

    —Como un proceso normal. El que no quiera morir, tiene una alternativa: no nacer. Yo no soy católico, protestante ni luterano, pero me considero cristiano y sé que ese hombre existió y lo crucificaron. Y ese hombre cristianizó al mundo. ¿Resucitó? Tal vez sí, no lo sé, pero pongamos que sí, encantado de la vida. Así que la muerte es un proceso normal de la vida. Por eso no siento miedo a la muerte. ¿Quiero morir? Mentira: tengo un deseo enorme de vivir. Pero no siento angustia por algo que es muy natural. Si hay vida después de la muerte o no, no lo tengo claro, ¿lo ve? Pero sí creo que se habla mucho del infierno y de la gloria. Pero el infierno y la gloria están aquí. Y por eso nacimos para reír y para llorar, para disfrutar y para padecer. Los grandes millonarios tienen toda las grandes fortunas del mundo, pero hasta ellos están llenos de problemas, empezando porque tienen miedo de salir a la calle y porque viven pendientes de que no les quiten esas fortunas. Así que los inconvenientes hay que resolverlos. Pero problemas tiene todo el mundo: esa es la vida.

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