Evolución de la zafra
Gamarra señaló que este año el período de siembra fue más extendido que lo habitual, ya que se empezó a plantar en el mes de setiembre buscando dejar cultivos implantados antes de las lluvias de octubre, pero indicó que de esas áreas quedaron muy pocas, ya que las plantas no sobrevivieron al exceso de lluvias. Sin llegar a ser inundaciones, las chacras se saturaron de agua, a lo que se sumó un período de bajas temperaturas que impidieron el nacimiento de las plantas y la muerte de ese grano. En esos casos, los productores debieron replantar, asumiendo el costo adicional que ello supuso. Después de esa fecha se abrió otra ventana de siembra en el mes de octubre que fue muy reducida, mientras que el grueso de la siembra se completo a partir del 15 de noviembre, finalizando sobre la primera semana de diciembre, aunque con algunas diferencias dependiendo de la zona.
Comentó que el establecimiento del cultivo en la zona este, particularmente en Rocha y Treinta y Tres, pero también en el departamento de Tacuarembó, la fecha de siembra y la implantación del cultivo fue “casi normal”. En tanto, en la zona norte, las cosas no rodaron tan bien. El exceso de lluvias ocurrido durante los meses de octubre y noviembre en Artigas y Rivera, complicó mucho las cosas. Los cultivos que fueron sembrados en setiembre, o directamente se perdieron, o bien sufrieron daños que borran las expectativas de obtener rendimientos “decorosos”. En esta zona, recién sobre fines de enero los productores terminaron de organizar de nuevo los sistemas de riego, que sufrieron rotura de canales, bombas “arrancadas”, y taipas “deshechas”, entre otros daños. En Cerro Largo, Gamarra, que es productor en la zona, dijo que quedaron “a mitad de camino” entre las situaciones del norte y la del este. Indicó que la gran mayoría del área se plantó después del 15 de noviembre y hasta la primera semana de diciembre. Señaló que en esa zona los cultivos están “muy lindos” y que “vienen empujando muy bien”. Planteó que las perspectivas de rendimiento pasan a depender ahora del comportamiento del clima en los meses de febrero y marzo. Hasta ahora, en lo que va de febrero, tanto la luminosidad como la temperatura, dos condiciones fundamentales para el desarrollo del cultivo, han sido favorables, al igual que lo fueron en las dos campañas anteriores. El dirigente de la ACA señaló que si estas condiciones cambiaran, y las próximas semanas se comportaran dentro del promedio histórico en el país, con días más nublados y temperaturas más bajas en ese período, “la cosa se va a poner fea”, ya que los cultivos en un porcentaje “muy grande” de las chacras, aún no han comenzado a florecer.
Los números no cierran
Dijo que muchos productores deben enfrentar mayores costos y menor expectativa de rendimiento, y que incluso en algunos lugares directamente esas chacras se perdieron. Estos son en los casos más complejos, pero Gamarra afirmó que “los números no cierran ni andando bien”.
Aunque las altas temperaturas son favorables al desarrollo del cultivo, generan también mucho mayor consumo de agua, obligando a los productores a recurrir a un uso más intenso de la electricidad en las bombas y un trabajo adicional para poder “llenar” las chacras. Gamarra explicó que los canales y tuberías construidas para condiciones “normales” no dan abasto, y que por consiguiente se genera la necesidad de “bombear” el agua en las horas pico, donde los costos de la energía eléctrica se llegan hasta triplicar. Normalmente se intenta evitar esos horarios para reducir costos, pero en situaciones como la actual no se puede prescindir, porque es “necesario” hacerlo con la mayor frecuencia e intensidad. Comentó que además se suma un problema adicional referido a los picos de baja tensión en la red eléctrica que provocan la rotura de “cantidad” de equipos de bombeo.” Cuando se puede bombear, porque hay calor, sol, y está el agua, la gente muchas veces tiene el equipo recién quemado porque hubo un cambio de tensión, y eso ha pasado bastante en esta zafra”, señaló.
La situación de los productores es variada según la zona y el sistema de producción que utilice. En el caso particular de Gamarra, que riega por represa, plantó menos área de la que tenía prevista porque las lluvias se lo impidieron, pero ahora, con las represas llenas y los canales “a full”, debieron limpiarlos muchas veces e incluso mejorarlos para que el agua sea suficiente y el cultivo presente una buena “performance”.
Debido a todos estos problemas, el área total del cultivo del país descendió entre unas 10.000 y 15.000 hectáreas. Gamarra enfatizó en que esta reducción no se debió sólo a una decisión de sembrar menos, sino a que las condiciones en muchos casos así lo determinaron. Explicó que por ejemplo en su zona, la chacra de Represa Grande que planta 1.200 ha, dejó 400 ha sin sembrar porque “se le hizo tarde”, y que otra chacra vecina de 200 ha plantó la mitad 100, mientras que en su caso particular dejó 70 ha por el mismo motivo.
Otro factor que contribuyó a la disminución del área es el referido a las consideradas “áreas problema” desde el punto de vista de su rentabilidad. “Si los números no cierran, las áreas difíciles, las dejamos de lado, no hay duda”, subrayó el productor. Explicó que estas superficies normalmente son las más alejadas de los molinos y donde los fletes del producto atentan contra la rentabilidad del sistema, lo cual también supone un problema, debido a que las reducciones de área implican también un incremento de los costos fijos por ha.
Chacras que queda con un solo levante, o muy sucias, o lejos de los molinos, o que se tenga que arreglar un camino para poder sacar la cosecha, son las que “genuinamente” se han achicado, puntualizó.
Para Gamarra, reducir el área implicaría “achicar” la empresa, y dijo que eso “no es tan sencillo” hacerlo cuando hay que achicar maquinaria, personal y gastos. El productor busca antes soluciones de todo tipo para poder “seguir en carrera”, recurriendo a instrumentos financieros u otro tipo de alternativas.
No hay aventureros
“La gente común, el que mira de afuera pregunta: ¿Por qué se quejan? ¿Por qué no dejan de plantar?”, dijo el empresario, quién respondió a su vez con más preguntas: “¿Y qué pasa si dejo de plantar?, ¿Entrego la empresa?, ¿Entrego el campo?, ¿Y qué hago con la maquinaria?, “¿Y que hago con la gente?, ¿Y cómo me recompongo el año que viene?, ¿Cuál es mi plan B?” Aclaró que “el que puede acomoda los tientos”, pero que en el sector no hay ningún “aventurero”. Aseguró que quienes hoy están plantando arroz, hacen los números y hacen las cosas bien, ya que de lo contrario abandonarían la actividad. “Dejar de plantar es un suicidio”, subrayó.
Sin embargo alertó que de aquí en adelante, si no se produce un cambio positivo en los precios internacionales, el sector va a incurrir en un mayor endeudamiento y que quedarán cuentas sin pagar. “Si llega el 30 de junio y los números no cambiaron, tenemos que pedir para quedar debiendo. No vamos a poder pagar. Eso lo venimos diciendo hace mucho tiempo”, enfatizó Gamarra. Dijo que se alertó muchas veces de se iba a llegar a esa situación, y que ahora ya se está empezando a concretar.
Se refirió a los costos internos de cada empresa arrocera y dijo al respecto que se está trabajando “muy austeramente”, mientras que sobre los costos estructurales del país están “permanentemente” trabajando con las autoridades para intentar encontrar soluciones que hasta ahora no han llegado. Dijo que piensan insistir por esa línea, ya que no pueden comprender que en el país “a nadie le interese que esto siga funcionando”.
Consultado sobre la receptividad del gobierno a los planteos gremiales, Gamarra dijo que son escuchados y que incluso se hacen algunas propuestas interesantes, pero que “lamentablemente” no han llegado las soluciones necesarias.
Recordó por ejemplo, que hace tres años comenzaron conversaciones con UTE para definir un mecanismo que los habilite a contar con una tarifa plana por la energía eléctrica, al menos durante los fines de semana, donde el consumo de a sociedad en su conjunto es menor. Pero comentó que a pesar de haber conformado una comisión técnica para estudiar el tema, “nunca” pudieron llegar a ninguna fórmula concreta.
Más allá de no haber encontrado hasta ahora soluciones, Gamarra mantiene cierto optimismo: “Nos rehusamos a pensar que llegamos al fondo. Seguimos conversamos y esperamos que por algún lado alguna cosa va a tener que salir porque somos conscientes de que lo que los productores arroceros estamos haciendo, y de la manera que lo estamos haciendo, le sirve al gobierno, a la sociedad en su conjunto, a la producción agropecuaria integrada con el arroz, y nos sirve a nosotros”.