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    El sentido de la política

    Sr. Director:

    Hoy la palabra clave en política es cambio. Ningún político que se precie de tal pierde un minuto sin hablar de cambiar.

    No siempre fue así. El papa emérito, Benedicto XVI, en un libro titulado Western Culture reflexiona sobre el hecho de que durante siglos la gran tarea de la política era preservar la realidad contra amenazas, tanto externas como internas. La concepción cristiana, por su parte, concibe el rol fundamental del Estado centrado en la conservación de la paz, tanto interior como con los vecinos. Esto, señala Ratzinger, “puede parecer un poco pedestre, pero en realidad expresa un standard moral esencial: la paz solo es posible cuando los derechos esenciales del hombre y de la sociedad son respetados y garantizados” (p. 75).

    Desde otro ángulo, Edmund Burke sostenía que toda iniciativa de cambio debe encararse con respeto hacia la realidad y hacia la tradición, cosa que, a sus ojos, no hicieron los revolucionarios franceses del siglo XVIII. Visión que Herrera comparte en su libro La Revolución francesa y Sudamérica, lamentando el encandilamiento gálico que sufrieron los jóvenes revolucionarios americanos y las consecuencias que de él se siguieron.

    Entonces, ¿hay que ser conservador?

    No es esa la conclusión de los razonamientos reseñados. Tampoco hay que ser contestatario.

    La correcta política debe comenzar por desmitologizar, por ser realista e intelectualmente honesta.

    No razonar (mucho menos, gobernar) por reacción. Escapar a la soberbia refundacional.

    No vivir del enfrentamiento. No basar nuestra identidad en la contra del otro.

    No estar todo el tiempo gritando “lobo”.

    Siempre habrá cosas que no están del todo bien y a veces algunas que estarán mal, pero lo primero es analizar su relevancia y, en seguida, su realidad. Hay que distinguir lo que es esencial y lo que no y modular los reclamos de manera acorde. Hay que distinguir lo que es posible y no presionar por lo que no se puede hacer, generando pálidas y choques todo el tiempo.

    La política debe ser algo más que reclamo y acusación, porque ellos suelen gestar otros reclamos y otras acusaciones, en un tatetí interminable y estéril.

    Como estamos presenciando en la actualidad.

    Nada de todo esto debe tomarse como el panegírico a un conservadorismo ciego, a abroquelarse y negar todo cambio.

    Es simplemente un llamado, una invitación, a parar la oreja. La política del enfrentamiento, de la inquina, si todavía encima va encendida de soberbia fundacional, a la larga o a la corta, hace volar por los aires la convivencia democrática y sus instituciones.

    ¿No me creen?

    Pregúntenles a los chilenos.

    Ignacio De Posadas