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Hace días que cargan ovejas en el puerto. Cada tanto sucede. Mi barrio se llena de una pestilencia inmensa, olor a Rural multiplicado por mil. Porque miles son las pobres ovejitas metidas en las bodegas de los barcos que cruzan los mares y llegan a países religiosos donde los devotos matarifes hacen su trabajo minucioso.
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No me gustaría estar en el pellejo lanudo de esos animales. En Viena vi una manifestación ecologista contra esta práctica: una exposición en la plaza más importante de la ciudad con terribles fotos donde se veía al ganado aterrorizado y casi agonizante en lentos barcos que retardan el matadero.
Creo que un buen negocio para Uruguay es exportar ganado ovino a países de culto musulmán. Me pregunto si es esta la verdadera causa —y no el espíritu pluralista y democrático— lo que llevó a que un buen día en el Ministerio de Relaciones Exteriores alguien dijera que Irán es un país “amigo”. Y a que una parlamentaria progresista y feminista aceptara ir en una delegación a dicho país envuelta en el tan cuestionado velo.
Pero el 2015 llega con nuevos vientos. Inesperadamente, veo a Nin Novoa decir ante las cámaras que quedaba en suspenso la llegada de nuevos refugiados sirios musulmanes, no cristianos. (Los sirios cristianos serían otra historia, pero estos ya habrían huido de la guerra). El nuevo ministro aclara que Uruguay no tiene la infraestructura capaz de albergar una tan diferente cultura.
Oh, por fin... Una voz oficial se atreve a cuestionar lo que el multiculturalismo envuelto en telas de libertad hizo enmudecer a los defensores de los derechos humanos.
El olor y el sufrimiento de las ovejas que suben a barcos a tres cuadras de mi casa me traen el recuerdo de los innumerables muertos inocentes asesinados en los últimos años en países de África y Asia en nombre del Islam.
Y sin embargo, este fin de semana fui a ver con extremo placer una película iraní, en un ciclo que Cinemateca ha organizado en homenaje a los grandes cineastas de ese país que están perseguidos, censurados, presos o prohibidos.
La película era totalmente laica. No se mencionaba a Alá en ningún momento. Los conflictos que se apuntaban eran tan universales y humanos que podría rodarse ese mismo guión en Argentina o Uruguay cambiando tan solo los nombres de los personajes y algún detalle.
He conocido Irán a través de su cine, especialmente el realizado en la década de los 90, cuando se respiraba un poco de libertad. Y a través del cine de sus directores exiliados.
Pero ahora el malestar entre Irán y el mundo se cuela por las ventanas como el olor de las pobres ovejitas que realizarán el único y último viaje de su vida.
Los blancos corderos van a tierras que cada vez se tiñen más de sangre.
Cierro las ventanas de mi casa para que no entre ese olor y acaricio el mullido pelaje blanco de mi gata.
No puedo dejar de pensar en la película iraní.
No puedo dejar de pensar en los millones de seres humanos que sufren como los corderos en la bodega del barco.