N° 1872 - 23 al 29 de Junio de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn algún momento de principios de la década de los 70 Jorge Luis Borges, abatido por una depresión, creyó ver la inminencia de la despedida y decidió publicar sus obras completas. Para dicha de sus amigos y lectores, esas ominosas previsiones que poblaron con frecuencia la penumbra de sus tardes y de sus noches demoraron en cumplirse y la vida le jugó unas cuantas buenas pasadas antes de cobrarse su inevitable tributo. Entre la publicación de las Obras completas (1974) y el último aliento sobre la Tierra mediaron cerca de ocho libros; lo que vino a demostrar una de sus teorías, a saber: que emitir un juicio que se quiere definitivo o tener una fe es un acto de pereza, una imperdonable renuncia a seguir buscando.
A poco de morir, su viuda decidió publicar muchos textos y anotaciones que el autor prefirió no volver a reproducir o, en algunos casos, ni siquiera quiso que se dieran a conocer. Gracias a ese desconocimiento de su voluntad y de su decoro crítico, mucho recorte periodístico, muchos valiosos apuntes y muchas conferencias incidentales engrosaron la selección que en su momento hizo el autor y hoy nos permiten tener un cuadro completo de su producción y comparar textos y épocas y estilos o modalidades con mayores elementos de ilustración, y en ocasiones con mejores o reveladores argumentos. Este último servicio lo prestan con excelencia las cuatro charlas que dictó en una casa de familia del barrio San Telmo en 1965, que ahora recién conocemos y que tienen como tema común El tango (Editorial Sudamericana), asunto sobre el que Borges ya nos había dejado poemas, ensayos, cuentos, ocurrentes intervenciones periodísticas.
Sobre las tesis que sostiene respecto del tema me adelanto a informar que no hay nada nuevo; en las cuatro piezas Borges habla del origen prostibular, pero no arrabalero, de la música; habla de la confusa frontera entre el gaucho y el hombre de las orillas de la gran ciudad; habla del culto del coraje y del cuchillo; habla del triunfo en París, habla (mal, como corresponde) de ese subgénero desnaturalizado y kitsch que ha dado en llamarse tango-canción; habla (como al pasar) de Charles Romuald Gardes; no oculta su admiración por ciertos versos de Celedonio Flores y abunda sobre Evaristo Carriego y sobre ciertos oscuros personajes que conoció en su juventud que pertenecieron a la edad heroica de los salones de baile, de los duelos criollos, de los sórdidos cafetines de las orillas. Todo ese material, sus hipótesis, anécdotas y críticas, se puede encontrar disperso en la totalidad de su obra y por eso no parece como especialmente revelador este título.
Sin embargo, la sola existencia del libro sí que es toda una aventura que no deja de emocionar e invitar a la gratitud. No creo cometer un sacrilegio si afirmo que lo que más me interesó del volumen es el prólogo de su editor, que refiere la suerte venturosa que tuvo el libro antes de nacer; una contingencia fantástica que no desmiente la imaginación y las tramas del propio Borges. Juzgue el lector el sentido de mi admiración: “Las grabaciones que dan origen a este libro llegaron a manos del escritor Bernardo Atxaga en 2002, cuando José Manuel Goikoetxea le entregó unos casetes envueltos y le explicó que habían pertenecido a un gallego, que se había ido a la Argentina de niño y luego había trabajado como productor musical en Alemania (era Manuel Román Rivas, fallecido en 2008). Este se las había traído de Buenos Aires y se las regaló a Goikoetxea en agradecimiento por su amistad. Atxaga escuchó el material, lo digitalizó y confirmó su autenticidad. (…) En 2012 Axtaga publicó la historia de las cintas en la revista Erlea, de la Euskaltzaindia (Real Academia de la Lengua Vasca). Dos años después se las hizo llegar a su viejo amigo el escritor César Antonio Molina, director de la Casa del Lector en Madrid, que se las confiaba para darles la mayor publicidad posible. César Antonio Molina habló inmediatamente con su vieja amiga María Kodama, quien le dijo desconocer este asunto. César Antonio envió a Buenos Aires una copia de las grabaciones para que las escuchara. Varias semanas después, la viuda de Borges confirmó que eran auténticas”.
Vértigo y estupor me produce pensar que la palabra de Borges pudo haberse perdido si no hubiera mediado una indiscreción y también la posterior amistad de un gallego y de un vasco. Me lleva a pensar que la felicidad depende de tantos factores arbitrarios, misteriosos…