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    El valor de la democracia

    Sr. Director:

    Todos aceptamos que la democracia surgió en la Antigua Grecia, por el siglo V a. de C., se consolidó y vivió su esplendor en el llamado siglo de oro, bajo el gobierno de Pericles, aunque, por cierto, mucho antes, otras civilizaciones ya habían ensayado formas de organización parecidas. No contó nunca, la democracia, con el favor unánime —aunque sí muy mayoritario— de los ciudadanos bajo su égida. Personalidades de aquellos tiempos, tan relevantes como Sócrates, Platón y Aristóteles, por ejemplo, ya planteaban su desconfianza respecto a la organización democrática, tan morosa en sus decisiones y, a veces, tan pusilánime en sus convicciones, y no vacilaban en declarar su preferencia por la monarquía o la aristocracia. Sobrevolando sobre la historia universal sin ningún rigor científico, podríamos decir que aquel ensayo democrático de los griegos duró muy poco tiempo y fue suplantado, en Occidente, por monarquías e imperios que extenderían su poder por alrededor de mil años, hasta su decadencia, caída y atomización en feudos, bajo la autoridad rigurosa de severos señores con mucho poder comarcal. Con el Renacimiento, a mediados del segundo milenio, resurgirían los reinos, los imperios y en los últimos siglos —después de epidemias devastadoras, hambrunas, guerras coloniales y revoluciones de todo tipo— reaparecería la democracia, en su prestigiosa versión moderna, con su algo utópica (cuando no hipócrita) intención de devolverle la soberanía al pueblo. Pero esta versión moderna del milenario sistema democrático solo parece prosperar cuando convive con la organización republicana de las naciones y con el liberalismo económico. Si no existen los tres poderes republicanos funcionando con plena autonomía y si a la economía se la constriñe y expolia con dirigismos espurios, la democracia languidece y se vuelve, apenas, una cáscara vacía. Hay, últimamente, otras amenazas que jaquean muy severamente a la democracia. La principal es el dinero con el que se compra campañas de publicidad y marketing, espacios en medios masivos de difusión, propaganda por la web sitiales de influencia y poder, voluntades, votos... y hasta personas. Cuando el dinero compra y maneja todo, la democracia adquiere el nombre oscuro de plutocracia. Estamos viendo en nuestro país, en vísperas de las elecciones, cómo se bastardea a la democracia con dinero. Vemos a gente, peor, a dirigentes, saltar de un partido a otro, de un grupo a otro, de un sector a otro, sin ningún escrúpulo, solo por dinero, por poder, por un carguito... Vemos aparecer y desaparecer, sin solución de continuidad, coaliciones, partidos, grupos, grupúsculos, que responden a una ingeniería electoral abyecta cuyo único propósito es obtener su alícuota de poder y dinero. Yo les cuento a mis hijos y, por cierto, no lo pueden creer, que en mi viejo partido de orientación demócrata-cristiana, los grandes dirigentes de antaño, tipos de formidable estatura moral e intelectual, solían “pelearse” por el último lugar en la lista, el que solo confería honor. Y, por supuesto, todos ellos culminaban sus honrosas trayectorias políticas con menos dinero que en sus inicios. Me pregunto si el escepticismo hacia la democracia de Sócrates, Platón y Aristóteles no tiene vigencia hoy. Quiero creer que no es el sistema democrático (“El peor, con excepción de todos los demás” —según Churchill) el que fracasa, sino los tristes personajes que hoy ejercen la política. Recuerdo una elegíaca y genial (¿cuándo no?) frase de Borges: “Con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos”.

    Álvaro Secondo Escandell

    CI 1.174.509-9

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