Bajo el lema “Las ideas cambian el mundo”, el sábado 2 y el domingo 3 se llevará a cabo el Día del Patrimonio en homenaje a la figura del escritor, ensayista, periodista y político José Enrique Rodó (Montevideo, 1871-Palermo, Italia, 1917). Como todos los años, ese fin de semana los edificios históricos, los museos y varias instituciones abrirán sus puertas a los visitantes, y en varios sitios habrá espectáculos musicales y artísticos. En especial Rodó será recordado en la exposición temporal José Enrique Rodó. El lugar de las ideas, organizada por el Instituto de Letras del MEC en la Casa Rivera (Rincón 437). Todas las actividades pueden consultarse en la página de la Comisión de Patrimonio.
Desde 1995, cuando se celebró el primer Día del Patrimonio, la concepción de qué es lo patrimonial se ha ido ampliando hacia áreas que no abarcan solo la arqueología, arquitectura y arte, sino también las ideas, los paisajes culturales, la alimentación y las costumbres. En 2008, el lema fue “Uruguay país de pensamiento”, y por primera vez la figura central fue un pensador: Carlos Vaz Ferreira. En esa misma línea, este año se vuelve a las ideas como forjadoras de la identidad del país.
Sobre la vigencia de Rodó, por un lado, y sobre los paisajes culturales y su relación con el patrimonio, por otro, Búsqueda conversó con dos investigadores en la materia.
Un idealista
En 1978, cuando era un veinteañero, Gustavo San Román pudo embarcarse en un barco carguero rumbo a Londres. Se quería ir del Uruguay opresivo de la dictadura y de la falta de oportunidades. En Inglaterra estudió en la Universidad de Nottingham y después hizo un doctorado en Cambridge, y desde hace años es profesor de Literatura Uruguaya en la Universidad de St. Andrews, en Escocia. También desde hace años, se ha abocado al estudio de documentos, archivos y textos de Rodó. En estos días, está en Montevideo y participará en el Día del Patrimonio en mesas redondas donde intercambiará ideas que están contenidas en su libro José Enrique Rodó. Una biografía intelectual (Planeta, 2021), en el que publicó documentos hasta ahora inéditos.
San Román se siente molesto por la desaparición de Rodó de la enseñanza porque está convencido de que se aprende no solo con sus ideas, sino con su estilo de escritura, sus estructuras literarias, su vocabulario. “Él consideraba que la lengua unía a los países latinoamericanos, que el español era la base de todo lo que somos, de nuestra identidad. Pensaba que las bellas ideas había que transmitirlas en una bella escritura”. Una de las charlas que dará en estos días es con docentes de Secundaria para promover que sus libros regresen a las aulas.
Hombre del Modernismo y del 900, Rodó era una figura diferente a otros escritores e intelectuales de la época. Tímido y de perfil bajo, no tenía mucho en común con la figura del dandi, como la encarnaron Roberto de las Carreras o Julio Herrera y Reissig. “En el Modernismo había dos caras: lo apolíneo y lo dionisíaco. Rodó no se esconde de lo dionisíaco, lo estudia y lo relata, pero cuando elige va hacia el balance y el orden. Es apolíneo”, explica San Román.
A él le sorprende que con el tiempo se haya asociado a Rodó con el pensamiento de derecha. Estudió su influencia en Aneurin Bevan, político socialista galés que en 1948 creó el Servicio Nacional de Salud británico. “Cuando llegó la Revolución cubana, los intelectuales de izquierda interpretaron a Rodó a partir del contexto que estaban viviendo. No tomo partido por ese contexto, solo digo que Rodó quiso que fuéramos latinoamericanistas y que tuviéramos cuidado con el coloso del Norte”. Considera también que tenía un pensamiento bolivariano, por eso le gustó saber que el mural con su retrato en el Liceo Nº 1, que lleva su nombre, lo haya hecho un artista venezolano (ver foto).
Las críticas a Rodó fueron variadas y vinieron de figuras intelectuales como la de Carlos Quijano, Carlos Fuentes o del cubano Roberto Fernández Retamar, quien publicó en 1971 su libro Calibán, donde discrepó con la identidad latinoamericana que Rodó depositó en el personaje de Ariel. “Los mismos que lo criticaron cambiaron de idea al final, lo cual no me parece mal. Quijano se opuso porque Rodó no hablaba de economía, pero al final escribió una reseña en la que lo reconocía como pensador. Quijano fue un arielista, igual que Carlos Real de Azúa, que hizo una lectura muy fermental, o Rodríguez Monegal, Arturo Ardao o Robreto Ibáñez, que era un idólatra”.
San Román contó las veces que en Ariel se nombra la palabra “ideal”, y llegó a 65. Piensa que sus ideales quedaron como un sedimento en la idiosincrasia y el espíritu conciliador que aún mantienen los uruguayos. Y lo ejemplifica en el apretón de manos que se dieron recientemente José Mujica y Guido Manini Ríos en un campamento de colonos en Toledo Chico.
En los diarios que estudió San Román surge un Rodó con gran “don de gentes”, por eso para el investigador todos lo apreciaban. “Su muerte fue de las más sentidas de la literatura uruguaya. Era muy querido y así lo demostraron los discursos en el Parlamento, donde había estado durante tres períodos. Incluso José Batlle y Ordóñez en su nota en El Día, hizo las paces con él. Se habían peleado y lo había tratado muy mal. Hay muchísimo para aprender de Rodó”.
Está en los sentidos
Amalia Lejavitzer es una amante de lo clásico, y letras clásicas fue lo que estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde hizo la licenciatura, la maestría y el doctorado. Desde hace varios años, es investigadora en el Departamento de Humanidades y Comunicación de la Universidad Católica del Uruguay (UCU).
Cuando habla de sus estudios, aparecen nombres lejanos como el de Marcial y sus epigramas dedicados al mundo alimenticio y a los banquetes, y sobre todo el de Apicio, creador de De re coquinaria, el único recetario de cocina romana que se conserva. A traducir ese recetario del latín se dedicó en su doctorado, y en él descubrió un tesoro cultural, más que un listado de ingredientes. De allí encontró un puente con el valor patrimonial de la alimentación.
“La palabra patrimonio viene del latín, de pater, y significa ‘legado’. Es lo que heredaba el pater familia, por cierto el único que podía heredar. La alimentación es patrimonio, forma parte del patrimonio inmaterial intangible. Los estudiantes siempre preguntan cómo es intangible si se puede comer. La respuesta es que el patrimonio inmaterial lo que busca es resguardar no la manifestación concreta sino la manera de hacer, el modo de pensar, de creer”.
Cuando empezó a estudiar el mundo romano, Lejavitzer se dio cuenta de que la alimentación era lo que cohesionaba a esa enormidad de culturas, incluso mucho más que el latín. Descubrió que había una identidad mediterránea diferente a la de los bárbaros. “Los propios autores clásicos, como Plinio, dicen que los romanos consumen vino y aceite de oliva, en cambio los bárbaros toman cerveza y usan manteca. Claramente ahí está el factor de la identidad y autorreconocimiento. En ese sentido, me atrapó la alimentación como símbolo, como un elemento identitario y me hizo llegar al patrimonio”.
En 2005 fue la primera vez que el Día del Patrimonio se enmarcó en un concepto novedoso: el paisaje sonoro como patrimonio inmaterial. Fue Manuel Esmoris, entonces presidente de la Comisión de Patrimonio, quien se animó a innovar y ese año la figura homenajeada fue el relator de fútbol Carlos Solé.
Justamente sobre esta noción de lo patrimonial es el libro Paisajes sensoriales: un patrimonio cultural de los sentidos, que Lejavitzer, junto con el investigador Mario Ruz, de la UNAM, coordinó desde la UCU. En él participaron académicos uruguayos y mexicanos que estudian el patrimonio conservado en tradiciones, alimentos, festividades, creencia. “Me parece muy interesante que recién en 2003 surge la convención de salvaguarda del patrimonio inmaterial. Para la historia fue ayer. Si uno mira las listas de patrimonio mundial, el predominio de lo histórico y lo arqueológico es absoluto. Incluso frente a los paisajes naturales o parques naturales. Creo que se ha avanzado mucho, pero todavía hay mucho por hacer en el sentido de salvaguardar el patrimonio intangible”.
Entre los estudios del libro aparecen artículos sobre el paisaje sonoro a partir de la música de bandoneón del norte de Uruguay, el paisaje del viñedo, concretamente del tannat, que es lo que estudia Lejavitzer, la gastronomía mexicana y las construcciones de paisajes interiores como los del más allá de la cosmovisión maya.
Para Lejavitzer, en la riqueza del patrimonio inmaterial está su propia complejidad porque se actualiza en cada realización. El objetivo del libro fue mirar el paisaje desde la perspectiva de lo sensorial, un concepto también reciente, incluso para la Unesco, pero que tiene sus antecedentes en 1925 con Carl Sauer, quien en su libro La morfología del paisaje destacó los usos y los hechos de la cultura como parte identitaria de las comunidades.
“Para mí, el paisaje es sumamente provechoso como categoría de estudio porque permite superar esta aparente dicotomía entre patrimonio material e inmaterial. Hoy es una categoría a la que se está yendo para declarar un bien patrimonial. Por ejemplo, en el caso de los paisajes vinculados a la alimentación, hay una topografía que el hombre transforma y en esa transformación hay prácticas ancestrales, formas de conocimiento de la tierra y de lo vinculado a la producción, comercialización y preparación de los alimentos”, explica Lejavitzer.
Para la investigadora, el lema de este Día del Patrimonio es muy adecuado porque sitúa la dimensión del patrimonio intangible, pero también el valor de las ideas. “El patrimonio permite unir el pasado con el futuro. Los clásicos como Rodó son ese puente, y nos siguen hablando”.