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    Elecciones (I)

    Sr. Director:

    ¿Cambios? La sociedad uruguaya es resistente al cambio; o sea que todo aquello que implique renovar pasa por varios tamices antes de ser aceptado. Buscamos sentirnos muy seguros de lo que hacemos y mucho más a la hora de poner una lista dentro del sobre. La historia es conteste en demostrarlo y la prueba más contundente nos la brinda el actual gobierno, que debió permanecer más de tres décadas en la oposición y que el Uruguay atravesara una profunda crisis económica para alcanzar el poder. Si esta última no hubiese tenido lugar allá por 2002-2003, nadie puede decir lo que habría ocurrido. En aquellos momentos, se evidenció el agotamiento del modelo que había prevalecido por dos décadas y se hizo necesario un cambio de rumbo.

    Los uruguayos piensan demasiado cuando se trata de cambiar su voto y les resulta difícil aceptar otra opción porque la mayor parte de la ciudadanía, las más de las veces, no encuentra motivos para sufragar por “otra gente” que no sea la suya. Son contados los ciudadanos que dicen haber votado opciones diferentes desde 1985 hasta la fecha. Hoy día ocurre lo mismo. La mayor parte de la ciudadanía, que votó al Frente Amplio, no ha tenido tantos motivos “reales” para dar vuelta la página.

    Cuando Tabaré Vázquez ganó sin necesidad de ir a una segunda vuelta, el electorado tenía razones para votarlo. Las llamas de la crisis eran cada vez más altas y se vio a la izquierda como el único sector que no estaba involucrado en aquella coyuntura, surgiendo así la determinación común de darle una oportunidad. La crisis fue el punto neurálgico que marcó el cambio. Se olvidó, en forma generalizada, que era el propio líder, en aquel entonces izquierdista, el que decía que este país iba a entrar en default, lo que finalmente no ocurrió, y todo concluyó con el reconocimiento de Astori al gobierno de Batlle por haber salido de aquel averno con la dignidad con que se salió.

    La mayor parte de América Latina está pasando por similares procesos y los gobiernos pretendidamente socialistas todavía no han agotado sus líneas de crédito. El asistencialismo sin contraprestaciones, utilizado a ultranza luego de la crisis, conlleva un plan electoral innegable que muchas veces se da de bruces contra el concepto de dignidad humana.

    Aclaremos, por las dudas: el pueblo no tiene la culpa de eso. La verdadera pobreza está en la visión de los gobernantes que apelan a esas estrategias para mantener un statu quo que ya se está tambaleando. Por tanto, si ellos mismos no cambian de mentalidad, porque no pueden o porque no les conviene, y no transmiten ese cambio al pueblo, se va a seguir creyendo que todo esto que vemos alrededor está bien y que no es necesario modificar nada de lo que está.

    ¿Puede, entonces, inferirse de esto que al actual gobierno le sirve una situación como la que se ha descrito? Hay muchos uruguayos que quieren un cambio; pero hay otros que entienden que, en la actual situación, no es necesario cambiar y ni siquiera lo intentan. Saben estos que con lo que reciben les da para subsistir, y el gobierno sabe que, manteniendo este estado de cosas, mantiene sus chances de ganar. El problema es que esa mentalidad se dilate en el tiempo y pase de generación en generación.

    Además, no es necesario aguzar tanto el ingenio para darse cuenta de que la oposición es aún bastante blanda; los golpes que asesta no están teniendo la fuerza necesaria como para noquear o, al menos, marear al rival.  Los candidatos de los partidos fundacionales están disputando el mismo espacio político, aunque haya frentistas arrepentidos que los habrán de votar.

    La sociedad uruguaya solía polarizarse cuando la Presidencia de la República era disputada por un batllismo fuerte y un Partido Nacional combativo, lucha esta que dejaba prácticamente sin chance al conglomerado de izquierda. El Partido Independiente no juega con la soltura que era de esperarse un rol de “bisagra” que pueda hacer inclinar la balanza; de pronto, si tuviese en sus cuadros voces más enérgicas para fundamentar sus proclamas llegaría más lejos, pero hoy se limita a recoger un puñado de votos que le otorgan unas contadas bancas en la Cámara de Diputados.

    Sea como sea las encuestas están exhibiendo un panorama que no es el mejor para el oficialismo, aunque esto no quiere decir que la victoria de cualquiera de los otros postulantes ya esté asegurada; todavía falta. Lo que sí está claro hoy día es que ha aumentado mucho el contingente de uruguayos que, más allá de lo que voten, entienden que el país no va bien; que el rumbo tomado por el gobierno ha sido el equivocado y que es imprescindible meter bisturí a fondo en las más diversas áreas.

    El uruguayo medio, ese que define la elección, se da cuenta de que quienes ejercen hoy el poder no tienen nada de especial y si bien pueden seguir al frente de los destinos del país son solo una opción más, sin nada rimbombante ni mucho menos mesiánico que los caracterice.

    Lo único que está asegurado, o casi, es la segunda vuelta y el adiós a las mayorías parlamentarias. Vuelve el tiempo de la negociación y de la búsqueda de consensos que, al menos, hará que las leyes se sancionen con un poco más de razonamiento. Por algo hay que empezar.

    Julio Teobaldo Cardozo Conde

    CI 3.668.678-7

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