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    Elogio del caminante

    “Ciudad abierta”, una sorprendente novela de Teju Cole

    Al principio es un hombre que pasea por Nueva York y en cada lugar que se detiene brinda un contexto histórico y estampa algunos pensamientos. También entabla conversaciones ocasionales con el guardia de un museo, con un taxista, con un viejo profesor que agoniza. La escritura siempre es límpida, sensible, por momentos poética. Podría tratarse de la radiografía de la ciudad, que es uno de los centros vitales del mundo y sirve para perderse y soñar. Pero es mucho más que eso.

    Poco a poco, nos enteramos de que ese hombre es un joven psiquiatra negro, bastante solitario y con un marcado gusto por las artes y las letras. Sobre el diagrama de la ciudad se va montando la radiografía de Julius, que es el narrador, hijo de madre alemana y padre nigeriano, de clase media alta, educado en buenos colegios y universidades. A veces, los que tienen la piel del mismo color le llaman “hermano”, pero Julius no se siente muy cómodo con el calificativo. Prefiere la soledad y la introspección reflexiva, y procura que nada ni nadie lo aparte de esa senda.

    La visita al Museo de Arte Popular Americano y el encuentro con las pinturas de John Brewster le provocan inquietud y curiosidad, en particular porque los niños retratados por el artista son demasiado inexpresivos y poseen “una gravedad desproporcionada para sus tiernas edades”. Y la explicación es clara: son inexpresivos porque el pintor retrataba modelos sordomudos. Él mismo era sordomudo. Ese tipo de sorpresa asalta permanentemente a esta desusada novela que se toma su tiempo para crecer.

    Se suceden los paseos, el cansancio por la práctica psiquiátrica y la especulación acerca de la locura y las historias mal concebidas y mal contadas (en definitiva es el modo en que la angustia se presenta en los pacientes), un trago ocasional en un bar, el olvido de la contraseña en un cajero automático y volvemos a perdernos en el túnel del tiempo, como el pasaje en la iglesia Trinity, que en el siglo XVII poseía los derechos sobre cualquier resto de naufragio y en particular sobre el destino de las ballenas varadas en la isla de Manhattan. Es como si el olor a mar de antaño arremetiera contra la escollera del siglo XXI. En cementerios, calles y bares emerge a los ojos del narrador la antigua ciudad, y cobra un esplendor mayor que la actual, más preocupada por el ritmo irrefrenable de la inmediatez, como el funcionario que verifica la ventilación en los vagones del metro.

    En el primer mundo, las grandes salas de espectáculos también han dado lugar a templos: el Teatro Loews, construido en 1930 en la calle 175 y donde habían cantado entre otros Al Jolson y Lucille Ball, ahora es el Palacio Unido y cumple servicios religiosos a cargo del millonario reverendo Ike, cuyo Rolls Royce verde se encuentra estacionado en la puerta. Y en la esquina de la 181 se puede ver la carcasa del Coliseum, en su momento el tercer teatro más grande del país, hoy transformado en un tenderete de compra y venta rápida.

    El mundo de Julius es de un refinamiento extremo. Va desde las artes plásticas a la arquitectura, se nutre de la ciencia médica, no abandona una cierta religiosidad, pasa por el cine de Víctor Erice y Wong Kar Wai y llega hasta la música de Bach, Purcell y las sinfonías de Mahler. Se detiene en los artistas, en las obras y especula sin cansar jamás al lector. Asimismo contrapone ingeniosas observaciones sobre la invasión y supervivencia de las chinches, un solitario halcón de Central Park que llegó a anidar en la Quinta Avenida, la progresiva desaparición de las abejas y las masivas muertes de pájaros cuando chocan contra el rostro de la Estatua de la Libertad. Un permanente diálogo con fantasmas, porque los recuerdos se niegan a desaparecer y siempre surgen en forma de ruina o detalle perdido.

    La novela destila, además de una progresiva dosificación de datos, una intensa fuerza centrípeta disparando y sugiriendo ideas, al mismo tiempo que centrifuga el mapa de la compleja psicología de Julius, quien detrás de sus conocimientos y sensibilidad también es capaz de algún comportamiento imprevisto e incluso violento. La mayor parte de este fresco reverberante transcurre en Nueva York, pero hay flash backs a la infancia de Julius en Nigeria y un pasaje por Bruselas, donde conoce a una doctora que atendió al saxofonista Julian “Cannonball” Adderley y a un árabe parecido al joven Robert De Niro cuya visión de la destrucción de las Torres Gemelas, de la política exterior estadounidense, del pueblo judío y de Hezbolá y Hamás, le llevan a la conclusión de que “quien tiene el poder controla la representación”.

    Teju Cole nació en Kalamazoo, Michigan, en 1975, y fue educado en Nigeria. Desde 1992 está radicado en Nueva York. Además de escribir, se dedica a la fotografía y a la historia del arte. Ciudad abierta le demandó cinco años de trabajo. En alguna entrevista ha dicho que su novela trata del duelo: duelo por el cambio ocurrido en la sociedad norteamericana luego del 11/S, duelo por sus antepasados esclavos y por la presente dificultad y extrañeza de ser un nigeriano en la Gran Manzana (el único negro en un concierto de música clásica, una imagen contrastante y diabólica), duelo por edificios del siglo XVI que mantienen su fachada pero no la savia interior, duelo por los seres queridos que se han ido, duelo por un amor que no pudo ser. Pero es mucho más que eso: es una novela de imágenes, de ritmo musical, de envolvente cadencia lírica.

    No resulta para nada extraño que Cole haya obtenido el Premio PEN/Hemingway, El New York City Book Award For Fiction y el Rosenthal de la American of Arts and Le-tters, ni que lo hayan elogiado efusivamente medios como “The New York Times”, “The New Yorker” y “Time”. Para Cole, el arte es “un remanso en un mundo muy oscuro y triste”. Su trabajo enciende una cálida luz en esa oscuridad. Sencillamente, una de las grandes obras literarias del año.

    “Ciudad abierta”, de Teju Cole. Acantilado, 2012, 295 páginas, $ 980.