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    Embajador Gustavo Magariños (II)

    El pasado 17, a los 91 años y completamente lúcido, falleció Gustavo Magariños.

    Lo conocí a principios de los años 60, cuando se desempeñaba en la Embajada del Uruguay en la República Argentina. En esa oportunidad, realizaba un viaje en automóvil, con otros jóvenes amigos, con destino final Santiago de Chile.

    A pesar de que el automóvil contaba con los documentos en regla, fuimos detenidos en el puerto de Buenos Aires; retenido el automóvil y todas nuestras pertenencias.

    Luego de algunas horas nos liberaron “con lo puesto” y recurrimos a nuestra Embajada. En ella, fuimos escuchados por el entonces joven funcionario Magariños, quien se preocupó por nuestro bienestar y a la vez comenzó incansables gestiones ante las autoridades argentinas. Gestiones a las que asistí, algunas de ellas con fuertes enfrentamientos verbales —dado lo insólito, discriminatorio e ilegal— del procedimiento que habíamos sufrido. Durante los mismos, se le insinuó que podía ser declarado “persona non grata”, lo que no fue óbice para que Gustavo continuara con igual énfasis y convencimiento en sus alegatos. Quedaba claro que el objetivo de los funcionarios aduaneros actuantes era quedarse con el automóvil bajo cualquier chicana jurídica.

    Finalmente, luego de cuatro días, fue liberado el automóvil y nuestras pertenencias y pudimos continuar el viaje.

    Esta pequeña y personal anécdota tal vez sirva para demostrar la personalidad de Gustavo, su vocación de servicio y su dedicación a todo aquello de lo que estuviera convencido, como lo fue luego la integración económica latinoamericana.

    Es que, como le decía a Gustavo, desde entonces, nunca más se liberó de mí. En efecto, tuve el privilegio de trabajar con él en Alalc-Aladi, donde llegó al cargo máximo del organismo: Secretario Ejecutivo. Luego, en el Ministerio de Relaciones Exteriores, desempeñándose (hecho histórico en la Cancillería) en dos direcciones simultáneamente y finalmente, en la Representación del Uruguay ante la Aladi.

    Gustavo fue un triunfador en todos los órdenes de la vida. Como deportista, capitán de su amado Trouville y de la Selección Uruguaya de Básquetbol; dos veces campeón sudamericano, culminando con una brillante actuación en las Olimpíadas de Londres de 1948.

    Como cabeza de familia, con su amada Pike, con quien ahora está, y dos hijos que le dieron satisfacciones y nietos.

    Largo sería resumir aquí su currículum. En muy apretada síntesis: fue el primer graduado —Licenciado en Letras— de la Facultad de Humanidades y Ciencias. La tesis que presentó fue considerada “digna de elogio” por un tribunal presidido por Carlos Vaz Ferreira.

    Se desempeñó en la Embajada en Londres, en Bruselas ante la CEE y Buenos Aires. Fue Director General de Comercio Exterior del Uruguay (1973-1976), artífice de los convenios de integración y cooperación económica con Argentina y Brasil (PEC y Cauce). Participó en innumerables conferencias y reuniones internacionales.

    Asistí a una reunión bilateral con Brasil, a la ruptura del diálogo, por una intransigente posición de los delegados brasileños con delegación uruguaya que, en ese momento, no integraba Gustavo. Brasil aceptó continuar negociando y así lo hizo saber, solo con la presencia de Magariños, de quien, decían abiertamente, confiaban en su capacidad técnica y honestidad.

    Abrazado a la integración económica latinoamericana, convencido de que ella llevaría a un desarrollo armónico de los países y, sobre todo, de los entonces llamados Países de Menor Desarrollo Económico Relativo, pronunció innumerables conferencias y publicó diversos trabajos, estudios y artículos de prensa, algunos hoy materia de consulta por quienes se interesan en la integración económica.

    Entre ellos: Comercio e Integración. Mundo, Continente, Región (tres tomos).

    Integración Multinacional: Teoría y Sistemas; e Integración Económica Latinoamericana Proceso Alalc-Aladi (3 tomos) y, finalmente, una trilogía de cuentos “Novaterías” (2011).

    Fue integrante del Consejo Consultivo del Instituto para la Integración de América Latina (Intal) y del Consejo Asesor en Asuntos de Integración del Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

    Y fue mucho más; fue un hombre de bien, dotado de una capacidad de trabajo e inteligencia extraordinarias; fue un enorme ser, nunca indiferente a los problemas que pudiera tener cualquiera de sus funcionarios. Por ejemplo, en la Aladi, cuando en su larga gestión como máxima autoridad (1962-1973) y contando con más de 200 funcionarios, sorprendía a propios y extraños, cualquiera fuera su posición, interesándose por su problema y, por supuesto, de estar a su alcance, resolverlo.

    Me “comprenden las generales de la ley”, pero estoy convencido de que un día no lejano, Gustavo Magariños será reconocido y se hará justicia a los legados que dejó este gran uruguayo.

    Mientras tanto, querido jefe y amigo, donde esté, resérveme un lugar a su lado. Quiero seguir aprendiendo.

    Jorge Ciasullo

    CI 793.978-7