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Fue la última cena. Había cumplido 90 años y lo festejaron en Sag Harbor, Long Island, en la casa de María Matthiessen, la viuda de Peter Matthiessen, un escritor, naturalista y agente de la CIA con quien James Salter solía charlar hasta altas horas de la madrugada y beber, a veces en demasía. Unos cuantos amigos estaban reunidos para celebrar con el nonagenario escritor norteamericano, cuya salud era impecable a pesar de su edad y de un anodino bypass, tal vez porque en su cuerpo todavía latía el férreo valor del aviador de la Guerra de Corea o quizá porque el ejercicio literario, cuando es una profesión sincera y a tiempo completo, dispone de tantos recuerdos e imaginación como de anticuerpos.
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Salter estaba feliz. Había alcanzado el reconocimiento que se merecía: su última novela, Todo lo que hay, sobre un piloto que vuelve de combatir en Corea y se convierte en editor, era un éxito de ventas que le había permitido salir del reducido culto de la crítica y de unos pocos lectores, a un público más amplio. En una librería de Denver llegó una vez a dar una charla para… dos personas.
Esa noche, entre copas, recuerdos y risas, la clásica noche que él mismo describió tan bien en sus novelas, alguien le regaló a Salter una edición de 1946 de Billy Budd, de Herman Melville, un soberbio relato en el que un joven marinero, hastiado del torcido rencor y los malos tratos que sufre por parte de un oficial, le propina un golpe en la frente tan certero que lo mata instantáneamente. Pocos días después, en el gimnasio, Salter cayó fulminado de un ataque al corazón.
Había nacido en Nueva York un 10 de junio de 1925 como James Horowitz, pero prefirió el apellido Salter cuando dejó el uniforme militar, que usaba desde los 17 años, y se convirtió en escritor, a los 32. “Había demasiados escritores judíos”, dijo al respecto.
Cadete en West Point, piloto de combate en la Guerra de Corea, patriota, diletante y mujeriego en las bases militares norteamericanas de Alemania y Francia, guionista de Hollywood (su primera novela, Pilotos de caza, fue llevada al cine con Robert Mitchum), bohemio errante (vendedor inmobiliario, panadero, periodista ocasional) y finalmente escritor, la vida de este hombre es lo más parecido a una aventura romántica moderna con todos los elementos: batallas a muerte en el aire, matrimonios dulces y amargos, viajes, regresos, ambiciones, resignaciones, tragedias como la pérdida de una hija, la vida desde las alturas y en las trincheras del mundo, sorpresas y peligros en cada paso que daba. Casi un siglo que fue cincelado con una prosa clara, poética y muy trabajada. Hay frases de Salter que no pueden ser escritas de ninguna otra forma: son exactas. Algunos dicen que su literatura está hecha de pequeñísimas sentencias vitales, de ramalazos autobiográficos. No es para menos con todo lo que le tocó vivir. El peso de ser el último de su generación, o casi.
Escribió dos libros de cuentos, Anochecer y La última noche, además de las novelas Juego y distracción, Años luz y En solitario, pero su libro más importante, su obra maestra y testamento es la autobiografía Quemar los días (casi todos sus libros están editados en español en Salamandra), que es más que una autobiografía. Es el libro de todos los pilotos muertos y también de los que zafaron. Es el libro de quien ve la curvatura de la Tierra y es capaz de describirla no como un soldado sino como un poeta, sin dejar de ser un soldado. Es el libro —o la novela— de una existencia que no está dispuesta a consumirse lentamente sino a quemarse en cada aliento, a jugársela en cada minuto. Es el libro definitivo que siempre buscan los escritores y también los lectores, donde poco importa el mayor o menor grado de embellecimiento con que se adornen los hechos, porque la convicción con que están puestos arrasa con todo. Qué paradoja: un hombre que despegó y aterrizó tantas veces, recién a los 74 años despegaba como escritor con estas memorias.
Así recuerda el momento en que dejó de ser un aviador para convertirse en un escritor: “Las Fuerzas Aéreas: allí comí y bebí, allí me mantuve con buen o mal tiempo, un día tras otro, participé en su interminable charla, me encaramé al ala para abastecer yo mismo de combustible al aparato, caí en la arena húmeda de sus playas con otros también sudorosos y me picaron sus mosquitos, hice caso omiso de los instrumentos vacilantes, dormí en sitios deprimentes, les entregué mi corazón. Había renunciado a la vida en que nací y asumido otra, y ahora también abandonaba esta, solo que con mayor dificultad”.
Alguna vez le preguntaron para qué sirve la ficción. “Una película”, respondió Salter, “no sirve para aprender a vivir, pero sí para aprender comportamientos. En una novela, en cambio, uno tiene la sensación de que ve lo que hay en el interior de las personas. Al final, creo que la ficción restaura tu confianza en la humanidad, te da la oportunidad de sentirte vivo e importante en el mundo. El placer que se extrae de la lectura puede ser extremadamente profundo”.