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El dramaturgo, director teatral y cinematográfico y ensayista inglés Peter Brook, uno de los grandes renovadores del teatro contemporáneo, de gran influencia mundial y en actividad a sus 94 años de edad, fue distinguido el miércoles 24 en Oviedo con el Premio Princesa de Asturias de las Artes. Este galardón otorgado cada año por la fundación homónima española a creadores de todo el mundo, fue ganado en 2018 por Martin Scorsese y antes por Michael Haneke, Woody Allen, Paco de Lucía, Vittorio Gassmann, Bob Dylan y Nuria Espert, entre otros. El premio, al que optaban 40 candidaturas de 17 nacionalidades, le será entregado en noviembre. “Maestro de generaciones y considerado el mejor director teatral del siglo XX, es uno de los grandes renovadores de las artes escénicas, con montajes de alto compromiso estético y social (…) abrió nuevos horizontes a la dramaturgia contemporánea, al contribuir de manera decisiva al intercambio de conocimientos entre culturas tan distintas como las de Europa, África y Asia”, reza el fallo del jurado.
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Nacido en Londres en 1925, de madre francesa y padre ruso-judío, estudió artes en Oxford, a los 20 años debutó como director teatral y a los 22, en 1947, asumió la dirección de la Royal Opera House de Londres. Los años 50 fueron para él una autopista a toda velocidad en Broadway, donde reinó, y en grandes teatros de Estados Unidos y Europa. En los 60 volvió a Londres para dirigir la Royal Shakespeare Company británica durante ocho años. Allí comenzó a alejarse de los cánones tradicionales con versiones de Rey Lear y Sueño de una noche de verano, cuya puesta —inédita hasta entonces— consistió en una caja blanca y un elenco de actores con habilidades circenses y trajes de colores. También representó piezas removedoras y controvertidas como Marat-Sade (1964), de Peter Weiss, sobre la persecución y asesinato del científico y revolucionario francés Jean-Paul Marat por los pacientes de un hospicio psiquiátrico dirigido por el Marqués de Sade. Brook la dirigió poco después de su estreno en Alemania y tres años más tarde la llevó al cine con Patrick Magee e Ian Richardson.
En 1970 se le impuso la prohibición de contratar actores extranjeros, por lo que renunció y se estableció en París. Allí fundó el Centro Internacional de Creaciones Teatrales, dedicado a la investigación y producción de montajes experimentales que, gracias a su vitalidad y buen estado físico y mental, sigue dirigiendo. Entre 1974 y 2010 llevó adelante el proyecto más ambicioso de su carrera: así como Ariane Mnouchkine con las viejas fábricas de la Cartoucherie de Vincennes, emprendió la restauración de Les Bouffes du Nord, un gran teatro entonces en ruinas, y la creación de un elenco estable integrado por artistas de todo el mundo, por él seleccionados. Allí comenzó con una muy recordada versión de Timón de Atenas, de Shakespeare, y montó el núcleo central de su obra contemporánea, en múltiples estilos y lenguajes teatrales. Sus continuos viajes por todo el mundo, especialmente África y Asia, lo llevaron a explorar en variadas estéticas no occidentales que en los años 80 comenzaron a formar parte de sus puestas en escena. En 1981 aplicó una drástica reducción a la fastuosa ópera Carmen de la que conservó apenas su esencia: cuatro personajes, sin coro y solo 90 minutos (un procedimiento aplicable a la gran mayoría del repertorio lírico, que volvería muy atractivas a los nuevos públicos historias como Aída, Turandot, Tosca y La Traviata, por no hablar de la ópera alemana).
Cuatro años más tarde estrenó Mahabharata, su obra consagratoria, que le llevó 10 años de trabajo y cuya versión original tenía seis horas de duración, en la que plasmó a cabalidad su búsqueda espiritual de la esencia humana. Basada en un texto épico indio antiguo, la obra puso la naturaleza humana en escena en el relato de cómo la guerra destruye una familia a lo largo de las generaciones.
Durante los años 90 su trabajo derivó hacia un minimalismo extremo, a contracorriente de otras tendencias contemporáneas como el gigantismo del teatro de calle, y que resultó una poderosa influencia para legiones de autores que se concentran en el poder de la actuación en escenarios cada vez más despojados. Un buen ejemplo es El hombre que (1993), basada en El hombre que confundió a su esposa con un sombrero, la obra cumbre del célebre neurólogo y escritor británico Oliver Sacks. Brook se nutre de los curiosos casos clínicos descriptos por Sacks para bucear por la mente humana y sus misterios. Aquí en Montevideo, Alberto Coco Rivero la hizo con actores muy jóvenes, como obra de egreso de una generación de la EMAD, una década atrás. Otro de sus recientes trabajos que llegó a Sudamérica (al festival internacional de Porto Alegre) es El último inquisidor, versión del famoso capítulo de la novela Los hermanos Karamazov, de Dostoievsky, en la que Jesucristo regresa a la Tierra en pleno medioevo y es apresado e interrogado por un clérigo inquisidor, interpretado con toda la autoridad y el aplomo del inglés Bruce Myers. Aunque Brook no vino, en Montevideo vimos en 2011 una muy entretenida y ágil puesta en escena de la ópera La flauta mágica, de Mozart, en el Solís en la edición inaugural del Fidae.
La productora y dramaturgista uruguaya Laura Pouso, quien actualmente se desempeña como asesora académica de la EMAD, vivió en París durante una década, en la que no se perdió ningún estreno de Peter Brook. “Entre 1998 y 2007 las vi todas en ese teatro hermoso donde no hay artificios. No se trabaja escenográficamente sino solo con objetos”, contó a Búsqueda. De las obras que vio allí destaca en primer lugar Soy un fenómeno, adaptación de la novela Una memoria extraordinaria, de Aleksandr Luria: “Me impactó ese viaje al cerebro de una persona. Te hace reconocerte como ser humano. Me hizo vivir una de esas emociones profundas que a veces uno tiene en el teatro”. Pero además recuerda que fue muy curioso encontrar a Brook “primero tomando un café en la mesa de al lado en el bar, al rato parado al lado de la boletería. Para uno era una estrella, toda mi generación leía sus libros, y ahí estaba como uno más. Después, el programa era una fotocopia en A4 doblada en dos. Uno venía de Uruguay y esperaba otra cosa más espectacular en la producción. Y al leerlo estaba todo lo que tenía que estar, en negro sobre blanco. Todas las baterías estaban puestas en la escena. Fue una lección de buen gusto, hasta para eso”.
De sus recuerdos también emerge El traje, basada en un cuento del sudafricano Can Themba que retrata los años del apartheid. “Todos los actores eran africanos de su propia compañía. Pero no eran africanos europeizados, como hay tantos. Brook les pedía que conservaran sus improntas, sus abordajes originales del arte teatral y especialmente de la cultura oral de los narradores, y eso fue maravilloso. Y lo más fantástico es que esa obra era una comedia, con toques dramáticos, sí, pero con un sentido del ritmo y del movimiento en el espacio alucinante. El tipo los mueve y los actores parece que flotan”. A modo de síntesis, sostiene Pouso: “El camino de Brook está marcado por la búsqueda en las profundidades de la naturaleza humana. Y el teatro es su laboratorio”.