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    En medio del desconcierto, un banquete de voces magistrales

    Gregory Hopkins y el Harlem Opera Ensemble

    Esta es la cuarta vez que Gregory Hopkins viene a Montevideo. La primera fue a fines de los años 90 en el Hotel Sheraton, al frente del coro de la Convent Avenue Baptist Church y con un repertorio gospel. Luego de ese excelente debut, volvió al Solís —ya restaurado— en 2006 y, luego, a la sala Adela Reta en 2010. Siempre al frente de ese coro y dentro del repertorio de spirituals y gospel, sus presentaciones fueron decayendo en calidad. Cantantes cada vez más veteranos, un tedio producto de la rutina y una exagerada amplificación que aturdió a los espectadores, hicieron del último concierto un evento olvidable. Y encendieron una luz amarilla para futuras presentaciones.

    Dos años después, Hopkins regresó al Auditorio Nacional del Sodre, esta vez encabezando al Harlem Opera Ensemble dentro del ciclo del Jazz Tour, el domingo 2 de setiembre.

    Antes de empezar la función, una voz en off explicó a la audiencia que lo que iba a escuchar era un concierto diferente a los habituales de Hopkins y su grupo. En una alocución improvisada y por momentos vacilante, el locutor pasó revista a los autores que se interpretarían e hizo algunas referencias a los vínculos entre la música estadounidense y la europea. Nada de esto habría sido necesario si se hubieran repartido programas de mano indicando temas y autores. Pero el Jazz Tour no se ocupó de eso, así que los temas de la primera parte se sucedieron sin que los espectadores supieran de qué autor eran las obras que escuchaban. La omisión es aún más grave si se tiene en cuenta que este cronista recibió el miércoles 29 de agosto un correo electrónico de la oficina de prensa del Sodre con el programa completo tema por tema. Si el programa estaba hecho, ¿qué hubiera costado imprimirlo aunque fuera por computadora y entregar una hoja a cada espectador el domingo?

    Como el recital se hizo a sala iluminada, lo que no está mal, y como no había programa que indicara que un tema que acababa de terminar era el último de la primera parte, Hopkins y los cantantes se retiraron del escenario y el público aplaudió frenéticamente para que volvieran a hacer un bis, ignorando que los músicos se habían ido al descanso. Fue entonces que el propio Hopkins regresó a escena, calló al público gesticulando con su mano derecha y, en un esforzado castellano, dijo “un momentito”, con lo que obtuvo la calma de la audiencia para el ignorado paréntesis. Tampoco el Jazz Tour fue capaz de que alguien de su organización anunciara el intervalo, sometiendo al artista invitado a cumplir con ese cometido.

    Mientras los espectadores charlaban afuera durante el intermedio y varios comentaban indignados la falta de programa de mano, se oyeron aplausos que provenían de la sala. El concierto se había reanudado y la gente entraba apurada a sus asientos con la música ya empezada. Tampoco hubo nadie de la organización que anunciara con anticipación, como es de orden, el comienzo de la segunda parte del espectáculo, dando tiempo a que el público volviera a sus ubicaciones.

    Hechos todos esos descuentos, el concierto en sí mismo fue una maravilla. En la primera parte, los norteamericanos interpretaron algunos temas sueltos y varios extraídos de óperas de Verdi, Kurt Weill, Scott Joplin, Duke Ellington y William Grant Still. Es sabido que las voces negras tienen un color que no tienen las blancas. Pero además de esto, que podría atribuirse a la genética, estos 11 artistas —6 hombres y 5 mujeres— son cantantes líricos de primerísimo orden, con una técnica vocal pasmosa y con una sensibilidad a flor de piel tanto para lo dramático como para lo humorístico. Están todas las tesituras presentes en ambos sexos. Y también vino un deslumbrante contratenor que extasió al público primero con la melodía de Dvorák en el Andante de la “Sinfonía del Nuevo Mundo” transformada en el spiritual “Going Home”, y después cantando y haciendo “scat” en “Smile as you go by”, de Ellington.

    El paso del tiempo también dio lugar para que se lucieran una mezzo en “Little black slave”, una soprano dramática de meter miedo en el dúo “Ciel, mio padre”, de “Aída” (Verdi), un tenor de estupendo timbre y caudal en “Wrong is never right”, de Joplin, un cuarteto maravilloso en “New York, New York” (Ellington) y una contralto de gran dulzura en la hermosa balada “Lost in the Stars”, que, escrita por Kurt Weill y por Maxwell Anderson, ha sido versionada por Tony Bennett y Frank Sinatra, los popes del jazz vocal.

    Pero lo mejor estaba aún por venir: la selección de temas de “Porgy and Bess?, de Gershwin, en la segunda parte. Con retoques mínimos de vestuario para mitigar la rigurosa etiqueta de la primera mitad, los once cantantes se ambientaron para representar la ópera. Y el deslumbre fue total, con dos momentos de arte supremo: una soprano que electrizó la sala en una desgarradora versión de “My man’s gone now” y el cierre con el dúo “Bess, you is my woman now”.

    Como si fuera poco, Gregory Hopkins al piano fue una garantía de elasticidad, musicalidad y buen gusto. Integraban el acompañamiento un saxofonista (saxo alto y soprano) y un trombonista que tuvieron intervenciones escasas y por lo general poco afortunadas. Casi nunca ensamblaron bien ni con el piano ni con las voces. Sin dudas, se habría ganado en claridad dejando al piano solo.