—Papá nos pidió que lo dejáramos solo durante un rato. Nos metimos en la cocina con mamá y mi hermana. Primero hubo un silencio absoluto. Luego, oímos que tocaba el bandoneón. Era una melodía muy triste, terriblemente triste.
—Papá nos pidió que lo dejáramos solo durante un rato. Nos metimos en la cocina con mamá y mi hermana. Primero hubo un silencio absoluto. Luego, oímos que tocaba el bandoneón. Era una melodía muy triste, terriblemente triste.
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAsí testimonió Daniel Piazzolla la noche en que su padre, Astor, compuso —en apenas 45 minutos— el memorable Adiós, Nonino.
Corría el año 1959 y Vicente Piazzolla, padre del genial músico argentino, había muerto en Mar del Plata, donde vivía con su mujer, Asunta. Fue exactamente el 13 de octubre y aún chocan dos versiones sobre la causa, que hoy nadie sabe, a ciencia cierta, quién las echó a andar: un paro cardíaco en su casa o por las heridas provocadas al ser atropellado en su bicicleta.
Desde años atrás, Astor habitaba un modesto apartamento en Nueva York, destino al que lo impulsó su deseo de triunfar en Broadway y conocer a los grandes del jazz, la otra música que lo apasionaba, y con los cuales soñó hacer fusiones que lo alejaran de lo tradicional. Poca suerte tuvo entonces: —Para actuar, porque no era fácil “parar la olla”, me tenía que poner un pañuelito blanco al cuello, dármelas de compadrito y tocar El choclo. Conocí gente de jazz, sí, pero… Allá querían lo que a mí no me gustaba en mi propio país.
Astor se enteró de la muerte de su padre mientras se presentaba, junto a Juan Carlos Copes y María Nieves, en un cabaré de Puerto Rico, en medio de grandes problemas económicos y cierta indiferencia del público. Regresó con su esposa e hijos y durante unos días se le vio transido de dolor, silencioso, aislado.
Hasta aquella noche relatada por Daniel.
Ya le había compuesto un tango a Vicente, en 1955 —Nonino, apodo que pasó de su abuelo a su progenitor—, y del que hay una solitaria grabación de José Basso del año 1962.
Astor lo tocaba poco y creía que lo podía mejorar.
Y así fue.
Durante aquellos 45 minutos de melancólica creación recompuso la parte rítmica del tema, construyó y reacomodó acordes y añadió ese largo y melódico fragmento, lleno de notas extensas y profundamente emotivas, en el que —se ha dicho— “subyace un intenso, angustioso y casi ahogado lamento”. Lo esencial, sostienen los que saben, está en dos frases de ocho compases, cuatro más cuatro, que se repiten formando un tramo de 16 compases que son el auténtico sentido de la obra.
—Fue lo más grande que hice en mi vida. Lo quise mejorar y no pude. Quise hacer otras cosas mejor y resultó igual. ¿Y qué me gusta más de Adiós, Nonino? Ah… ese glorioso final triste.
Volvió a Buenos Aires en 1960 —“solo quería regresar, escuchar a Pugliese, tomar café con mis amigos”—, armó un quinteto tocando el bandoneón, con Jaime Gosis en piano, Kicho Díaz en contrabajo, Horacio Malvicino en guitarra eléctrica y Simón Bajour en violín, estrenó Adiós, Nonino en Radio Splendid y lo grabó, semanas más tarde, para el sello Antar-Telefunken en Montevideo.
Pocos recuerdan que Astor sumó a la partitura original, en 1969, un solo de piano como introducción: un nuevo arreglo que creó grandes expectativas, que él imaginó como una hermosa sonatina de dos minutos y medio y que presentó en el álbum Trova, apelando a un ecléctico pianista de confitería, Dante Amicarelli, que lo convirtió en un clásico a poco de grabado. Curiosamente, ese solo —que Jaime Gosis y Osvaldo Tarantino, más tarde y en distintos momentos, hicieron brillar con intensidad—, tras casi 20 años de plenitud empezó a diluirse porque el propio autor solía imponer, repentinamente, nuevos arreglos al tango; a ese olvido contribuyeron todos los intérpretes que, en Argentina y el resto del mundo, ejecutaban a su modo Adiós, Nonino, con ajustes para sinfónicas, filarmónicas, orquestas clásicas, grupos menores de variado origen y con diversos instrumentos y hasta para solistas de renombre.
Adiós, Nonino es una obra eminentemente instrumental. Sin embargo, tiene una letra, pese a que, durante años, Astor rechazó, enérgico, todas las propuestas.
Recién en su madurez cedió ante la insistencia de Eladia Blázquez, quien le presentó un hermoso poema tras meses de encuentros y desencuentros. No son tantos los que lo conocen y ha sido escasamente grabado.
Pero es pura belleza.
—Desde una estrella al titilar,/ me hará señales de acudir/ por una luz de eternidad./ Cuando me llame voy a ir,/ a preguntarle por ese niño/ que con su muerte lo perdí,/ que con “Nonino” se me fue…/ Cuando me diga “ven aquí”…/ renaceré.