N° 1973 - 14 al 20 de Junio de 2018
N° 1973 - 14 al 20 de Junio de 2018
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCada año, Uruguay celebra su Día del Patrimonio. Ese día las autoridades permiten acceder a varios de los edificios más emblemáticos del país y se habla con mucha pompa y énfasis sobre el asunto. El resto de los días, el patrimonio no le importa un pito a nadie, ni a los gobernantes ni a las autoridades. Ni, muy especialmente, a los ciudadanos, aquellos que se supone son el destinatario de toda esa pompa.
Llamativamente, ha sido un gesto de la autoridad municipal el que ha servido para tapar el más reciente desaguisado en el rubro: la ya famosa indumentaria celeste del David (la empresa proveedora de camisetas de la Selección, agradecida por la publicidad gratuita) sirvió para olvidar que el edificio art déco de la esquina de Colonia y Andes, construido en 1929 y relevante tanto por su arquitectura como por su historia humana, está a punto de ser demolido para elevar en su lugar algo tan glorioso como un estacionamiento, esa maravilla patrimonial.
Personalmente, no espero mucho de quienes aplaudieron la demolición de un emblema de la ingeniería como era el Cilindro (la estructura de su techo fue calcada para el más famoso Madison Square Garden neoyorquino, recientemente renovado), ni de quienes entienden que el atractivo turístico de una capital pasa por colorear un cartel con su nombre cada dos semanas. O por más o menos asegurarse de que los turistas que bajan de los cruceros puedan comerse un asado sin ser asaltados en una esquina de la Ciudad Vieja. Pero sí sería de esperar cierta sensibilidad entre quienes proclaman públicamente cada vez que pueden su interés por el patrimonio.
La definición de patrimonio que está en la web de la Intendencia de Montevideo dice que este “comprende la herencia compartida, entre personas, de bienes materiales (inmuebles o muebles) e inmateriales que son seleccionados por algunas de estas dimensiones: sentido de identidad, estéticos/artísticos, etnográfico”. Y agrega: “Se puede sostener que el primer bien patrimonial de una comunidad (mundial, nacional, regional, local) lo constituyen sus propios relatos históricos. Es la historia, o mejor dicho el paso del tiempo convertido en narraciones, lo que crea sentido patrimonial”. Estas definiciones, si bien son operativas y relativamente actuales, no dicen demasiado sobre el patrimonio edilicio: aparentemente, si no existe una narrativa al respecto, no hay razón para preservar un edificio o las características de un barrio o una zona.
Por poner un ejemplo que más de uno ha disfrutado cuando ha viajado a Barcelona: todo el distrito del Eixample, la zona resultante de la ampliación planificada de la ciudad en el siglo XIX, está protegido y cualquier cambio edilicio que se quiera hacer en él, debe cumplir con ciertas normas. Por ejemplo, no se puede construir por encima de cinco pisos (en el proyecto original de Ildefons Cerdá eran solo tres los pisos, pero durante el franquismo no hubo demasiado respeto por esa norma) y no se puede alterar la fachada de los edificios de la zona. Si uno quiere hacer, por poner un ejemplo extremo, un spa de varias plantas con piscinas y solarium, puede hacerlo con la condición de no modificar lo que se ve desde la calle. Ya me gustaría a mí ver una norma parecida en un barrio como el Cordón, en donde cualquier tarado puede cortar la fachada más maravillosa y poner una cortina metálica espantosa sin que nadie diga ni mu.
Estas medidas de Barcelona no son caprichosas ni desinteresadas: son resultado de una combinación de intereses, por un lado los vecinos que no quieren ver afectado radicalmente su entorno; por otro, y de más peso a la hora de coordinar cosas entre públicos y privados, su apego al modelo turístico que la ciudad viene eligiendo desde hace al menos tres décadas. Un camino que comenzó a finales de los 80, que se transparentó en los Juegos Olímpicos de 1992 y que se consolidó en la última década. Con tropezones, es verdad, pero sin que ninguno de estos tropezones afectara de manera radical el patrimonio arquitectónico de la ciudad, una de las claves de su popularidad.
En Uruguay las cosas parecen distintas: se supone que existe un interés por el patrimonio pero la protección a los edificios no impide su destrucción; se supone que el Ministerio de Turismo y la propia IMM se interesan por generar un turismo que vaya más allá de la temporada estival, pero más allá de un par de videos y el ya tradicional gesto patrimonial anual, no parece haber una lluvia de ideas para intentar hacer algo con una ciudad que tiene una arquitectura interesante y que se puede recorrer en apenas un par de horas.
O mejor dicho, quizá existen esas ideas pero no solo no resultan visibles sino que no parecen preocuparse por la preservación del patrimonio edilicio, entendido no como la suma de un puñado de edificios importantes, sino como un paisaje a conservar. Es verdad, en muchas ocasiones se presenta un conflicto entre lo público y lo privado que no siempre puede resolverse con el Estado comprando cosas. Pero sí que podría resolverse si Montevideo (y cualquier otra ciudad que esté por la labor) estuviera dispuesta a pensarse y venderse como algo más que un pasillo de compras para gente que baja de barcos o una larga franja de arena bajo el sol. Porque ese negocio, con suerte, dura tres meses al año y en cambio los edificios están siempre ahí. Hasta que alguien decide hacer un estacionamiento en su lugar, claro.
Una de las imágenes más conocidas de la derrota de Detroit (que hoy pugna por recuperarse) fue la conversión del Michigan Theatre en estacionamiento. El contraste entre el maravilloso y hoy arruinado techo del teatro con la plancha de cemento rústica que hoy tiene debajo, es tan impactante que ya ha aparecido en varias películas. Detroit representa de manera bastante exacta lo que ocurre cuando el patrimonio queda librado en exclusiva a los vaivenes del dinero, sin un proyecto de ciudad detrás, uno que permita calibrar cuáles valores deben ser preservados y cuáles no son tan relevantes.
Sobre el edificio art déco de Colonia y Andes, señala Alfredo Ghierra, cabeza visible del proyecto activista Ghierra Intendente: “Por su ubicación, podría haber tenido el auxilio tanto de la Comisón Nacional de Patrimonio como de la comisión municipal. Incluso está comprendido dentro de la comisión especial para Centro y Ciudad Vieja”. Y concluye: “Da asco ver cómo el valor del terreno prima sobre el valor de lo construido. Y da asco ver la desidia de toda la burocracia patrimonial, tanto de nivel nacional como municipal, lavándose las manos una vez más en estos asuntos”. No podría estar más de acuerdo con él.
Esta vez, a los gestores, inoperantes y perezosos, los “salvó” una camiseta y el desinterés endémico de una ciudadanía que hace rato dejó de sentir la ciudad como propia. Al edificio, en donde vivieron Felisberto Hernández y María Luisa de las Heras a finales de los 40, ya no lo salva nadie ni habrá multa que compense su ausencia. Lo colectivo se construye y no siempre a golpe de chequera; a veces alcanza con una narrativa que lo haga evidente para todos. Entre Barcelona y Detroit, elijo la puerta uno.