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Valeria Falcón va cruzando por la Puerta del Sol y se le atasca el taco de su zapato en una alcantarilla. Detenida en ese lugar, y como si estuviera haciendo un paneo con una cámara, va percibiendo el ajetreo madrileño: “Jerigonzas. Cajas de cambio a punto de cascar. Los gallos de un predicador rumano y las confidencias de las putas. El borboteo de la carne en salsa y los politonos de los móviles”. Valeria es una actriz de teatro y cine, ya veterana, que se siente incómoda y lejana en este escenario, símbolo de los nuevos tiempos. Y la palabra escenario no es casual en Farándula, una novela sobre actores de cine y teatro español que atraviesan distintos momentos de su carrera y de su éxito. O de su decadencia. La autora es la española Marta Sanz (La lección de anatomía, Daniela Astor y la caja negra), quien con este título obtuvo el Premio Herralde de Novela 2015.
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Sanz, una narradora que ha abordado varios géneros, entre otros, la novela negra (Black, black, black, Un buen detective no se casa jamás), despliega en Farándula toda su ironía y crueldad a través del mundillo profesional e íntimo de los famosos. Es especialmente descarnada en personajes como el de Ana Urrutia, una leyenda del teatro español con síndrome de Diógenes que vive en la mugre y en la miseria, luego de haber estado en la cúspide. Y es Valeria Falcón, la actriz del tacón atorado en la alcantarilla, la única capaz de ayudarla, a pesar de que otros de sus colegas lanzan proclamas y denuncias de la situación del teatro y de sus actores que trabajan por comisiones en la venta de entradas y ya no por un salario fijo. Daniel Valls es uno de estos representantes de la “izquierda caviar”: un actor comprometido con las causas justas, pero que se niega a tenderle una mano a la actriz desvalida, a pesar de que él vive en el lujo gracias a las ganancias de su esposa.
La novela tiene pasajes disfrutables y personajes que se mueven entre el glamour y las deudas, los reallities shows y las obras clásicas, el legado de la vieja guardia y la farándula europea. Pero a Sanz le gusta la acumulación de descripciones, de referencias cinematográficas y teatrales, y por momentos su narrativa es agobiante. Además, se nota demasiado su esfuerzo por ser aguda en cada frase, como si quisiera que quedara clara su visión crítica, y a veces cínica, de la actualidad. Como en toda buena confección, el trabajo del novelista tendría que ser invisible. Y Farándula es un buen traje, pero se le ven demasiado las costuras.
Farándula, de Marta Sanz. Anagrama, 2015, 231 páginas, $ 875.