N° 2062 - 05 al 11 de Marzo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSábado de tardecita, pocas ganas de laburar. Como de costumbre, bobeo en las redes sociales. Y en medio del bobeo me encuentro un puñado de tuits que escupen bilis por la llegada del rey Felipe a la asunción del nuevo gobierno uruguayo. Leyendo los furiosos mensajes de esos furiosos republicanos, es visible que casi ninguno tiene clara la diferencia que hay entre una monarquía absolutista y una monarquía constitucional o parlamentaria, como la española. De ahí que muchos hablen sobre la “dictadura” que se supone es España o sobre “quién se cree que es para venir” el rey español o que su visita demuestra que “nos siguen tratando como una colonia”
Me llama la atención que resulte tan borroso algo que es evidente para cualquiera que se interese por la realidad. Son cosas que además se enseñan en el liceo y dado que la inmensa mayoría de los comentadores de redes es gente que seguramente pasó por las aulas lo suficiente como para leer, escribir, comprarse una compu y poder teclear cosas en ella, comento que es sorprendente que nadie parezca interesarse por esa diferencia. Esto escribo en Twitter: “Leo a alguien despotricar por la venida del rey de España a la asunción del nuevo gobierno y constato, por enésima vez, que hay quien sigue viviendo en el siglo XVI. No hay forma de que entiendan que no es un rey absolutista sino el jefe de Estado de una monarquía constitucional”. Es decir, digo algo sobre unos hechos, sin emitir la menor opinión sobre ellos. Unos hechos que están ahí afuera para cualquiera que quiera interesarse por ellos y que existen mas allá de nosotros, como la selva amazónica o la Gran Muralla china.
Casi de inmediato comienza la reacción clásica de redes: agresiones, insultos, acusaciones, más insultos, alguna amenaza explícita y un corito de aullidos virtuales. Que cómo vas a defender a la monarquía, que sos un lambeta de los reyes, que por qué no te vas del país, etc. Incluso aparecen unos señores sesudos (asumo que eso son por su tono de macho amenazante detrás del pseudónimo) que parecen haber atravesado algún aula universitaria: su pluma es fina a la hora de delinear el odio que supuran. ¿Cómo es posible que se confunda señalar unos hechos con opinar sobre los mismos? Entiendo que unas opiniones sobre algún tema peliagudo puedan disparar el botón de la locura de algunos, ya sería mucho pedir poder intercambiar sin violencia en un mundo, el de las redes, en donde lo único que importa es “cancelar” al otro. Pero ¿ahora señalar unos hechos evidentes también dispara la locura?
Aclaremos, conviene hacerlo, que ese odio viene de una parte nada más. La mayoría simplemente charla sobre el asunto planteado y hasta se ríe de los baches informativos que exhiben los biliosos. Pensando en el núcleo de las descalificaciones, veo que la inmensa mayoría de estas parecen provenir de una vaga convicción de que hechos y opiniones son la misma cosa. Señalar un hecho es lo mismo que opinar, supongo que porque se cree que los hechos como tales no existen. Casi dan ganas de mandarlos a ponerse adelante de un bondi sin frenos y pedirles que repitan que, en su opinión, ese bondi tiene frenos.
Hay otra cosa que resulta evidente: nadie parece poder entender de quién o de qué se habla en el tuit. Es como si la palabra “monarquía” despertara una reacción emocional que hace olvidarlo todo para lanzarse en defensa de un republicanismo que nadie cuestionó. La emoción como única herramienta del intercambio tiene esta clase de cosas: se destruye el terreno en donde debería producirse la charla y todo se reduce a un intento por humillar al otro, por “cancelar” al otro, por eliminarlo. Si me preguntaran, no diría que es un gran avance en términos democráticos. Aunque, ojo, tampoco es cosa de idealizar un pasado reciente que se caracterizó por dejarnos dos guerras mundiales y un par de bombas atómicas en menos de 100 años.
¿Qué hace que gente que terminó al menos el Ciclo Básico del liceo, aparentemente no recuerde las lecciones de historia, los procedimientos para exponer un tema a debatir o la idea de que existe (o debería) un terreno mínimo sobre el cual pararse a conversar sobre unos hechos? Uno puede ser la falta de práctica: muchos años en un mismo empleo, repitiendo tareas burocráticas y repetitivas que no son discutidas por nadie, quizá te lleven al letargo y la comodidad intelectual. O quizá el problema sea formativo: a lo largo de los años ningún docente se tomó la molestia de recordar a esos exaltados de las redes que existe un mundo material más allá de sus ideas sobre el mismo. Y que, con independencia de nuestras intenciones hacia él (transformarlo, conservarlo, revolucionarlo), ese mundo está compuesto de cosas realmente existentes, con historia, trayectoria y, casi siempre, materialidad. Quizá muchos de esos docentes creían también que el mundo es un repositorio de significantes vacíos que pueden ser rellenados según nuestra voluntad.
¿Pero qué pasaría si en realidad el problema fuera más profundo? ¿Si lo que en verdad estuviera ocurriendo es que aunque creemos que “escribimos” en Twitter, solo “letreamos” allí? Tomo prestada la idea de “letreo” del ensayista Aldo Mazzuchelli, quien sobre eso escribe lo siguiente: “Texteamos más, escribimos comentarios en las redes sociales, les asestamos en general anónimos insultos a las opiniones ajenas… Solo algunas de estas cosas califican a veces, sin embargo, como escritura. El resto es letreo, grabación visual de la voz...”.
Para Mazzuchelli, “escribir es... un régimen tecnológico asociado a una forma de estar en el mundo: no solo un tipo de registro del espíritu, sino un tipo de espíritu, registrado”. Y agrega que nuestra “estructura de causas y efectos es, en su forma, de orden narrativo”. Un orden que contribuye a construir sentido en lo real pero no a la manera en que el demagogo hace el filling the blanks que lo coloca en el lugar de intérprete privilegiado, sino como forma de aprehender la realidad y plantarse en ella. De manera inversa, el demagogo encuentra terreno fértil precisamente en ese “letreo” que deja inerme, sin “letra en sentido fuerte”, a quien “letrea”.
Quizá por eso en el “letreo” de las redes se hace imposible entender la diferencia que hay entre la descripción de unos hechos y una opinión. En la práctica, esa imposibilidad deja lo colectivo en manos de una élite, esa que no “letrea” y que ocupa de manera activa los resortes de la narración que nos integra. Se dirá que es mucho concluir esto a partir de un pequeño enjambre de exaltados en las redes, en un caso muy concreto. Es verdad. Pero quizá no esté mal empezar a pensar más allá del “letreo” que nos viene proponiendo la tecnología imperante. Tengo la impresión de que ahí nos estamos jugando la posibilidad de seguir siendo sociedades democráticas.