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    Espantable ignorancia

    Durante los últimos tiempos, tanto la prensa ibérica como la italiana han dado cobijo a una serie de notas destinadas a estudiar, denunciar y condenar la situación del sur de Europa, caracterizada por una creciente crisis social, política y económica y por la notable falta de perspectivas de una solución a corto y mediano plazo. Y si bien los autores de dichas notas son intelectuales, activos tanto dentro del mundo académico como fuera de él, la ignorancia demostrada sobre la historia moderna del continente es, dijera Colón, espantable.

    A primera vista, salta una contradicción: en un mismo texto, los autores hablan de “la crisis europea”, es decir continental, y de la crisis “que divide a Europa en un norte rico y un sur pobre”. Este dato contradictorio delata, entre otras cosas, que no se conocen las características centrales del devenir europeo durante varios siglos, y muy especialmente a partir de la Reforma religiosa.

    Como debería ser sabido, sobre todo por gentes que se proclaman estudiosas, la reforma luterana desató en el Viejo Continente luchas seculares, sangrientas y profundas. Ese proceso creó un verdadero abismo dentro de Europa, separando a un norte cada vez más adelantado y rico de un sur cada vez más atrasado y pobre.

    Pero Lutero no fue la causa de dicho descalabro, sino que jugó el papel de sincerador de una situación que se había ido gestando durante siglos: la creación de la Inquisición 300 años antes había respondido, justamente, a la necesidad de enfrentar los movimientos de protesta y sus exigencias reformistas. Valdenses, husitas, lolardos y otros grupos llevaban, pues, siglos defendiendo un programa de cambios que incluían aspectos teológicos pero también económicos y sociales.

    En el fondo de la olla, se trataba de un conflicto cultural, parcialmente vestido con ropajes teológicos y religiosos.

    A partir de Lutero, Calvino y los otros líderes protestantes del siglo XVI, Europa quedó claramente dividida en dos grandes esferas. Al norte de los Alpes (aunque estos límites son, en realidad, más simbólicos que reales) se fue conformando un mundo caracterizado por el crecimiento económico, el impulso a la ciencia y la innovación, la tolerancia, la secularización y una incipiente democratización de las estructuras políticas.

    Al sur, bajo los auspicios de la Contrarreforma, se fortaleció por el contrario el absolutismo, la intolerancia, la censura a cualquier tipo de innovaciones en cualquier tipo de la actividad humana y un atraso económico que hundió a las grandes mayorías de la población en la miseria pura y dura.

    Lo que Europa está viviendo hoy no es pues una novedad, sino que una nueva variante de procesos similares acaecidos durante los últimos cinco siglos.

    Sin querer ni tener que defender a la banca y a los institutos financieros internacionales, cuyo accionar en este nuevo capítulo de la historia europea ha sido y es altamente condenable, me parece necesario recordar que tanto la dirigencia política griega, italiana y española como sus ejércitos burocráticos, sus aparatos sindicales y sus propias poblaciones civiles han hecho todo lo que han podido para que estos países hoy no vean luz alguna al fondo del túnel. ¿O ya nos hemos olvidado de Berlusconi, símbolo máximo de una clase política éticamente podrida? ¿O ya nos hemos olvidado del aumento exponencial de una burocracia ineficaz y corrupta alimentada por los multimillonarios subsidios recibidos de Bruselas y aportados por los ciudadanos del norte europeo? ¿O ya nos hemos olvidado de los miles y miles de ciudadanos de a pie que durante años y décadas cobraron jubilaciones de parientes muertos, seguros de vida de personas inexistentes, seguros de salud por problemas ficticios y demás “vivezas criollas”?

    Viví y trabajé tres años en Italia y cuatro en España: nunca pude comprender cómo era posible esa ecuación de corrupción generalizada, inefectividad económica, incompetencia política y alto nivel de gasto público y privado. Podría dar muchos ejemplos, con nombre y apellido, de personas que vivían a lo grande sin tener una base material que les permitiera ese ritmo de gastos; gente que trabajaba medio tiempo en algún hospital público o en una dependencia ministerial y vacacionaba un par de veces al año en el extranjero, además de frecuentar bares y restaurantes varias veces por semana. “¿Cómo pueden hacerlo?”, me preguntaba una y otra vez.

    Hace cinco años volví a viajar por España. Descubrí que lo que había visto durante mi estadía allí en los años 90 se había agudizado: los españoles parecían nadar en bienestar, al mismo tiempo que por todas partes surgían edificaciones nuevas (vi hasta un pueblo íntegro, con plaza y todo, en Castilla) pero completamente vacíos, pues su único objetivo era permitir el lavado del dinero que las mafias rusa, china y caseras producían en asociación con funcionarios municipales, alcaldes de grandes y pequeñas ciudades, diputados, ediles, ministros, consejeros, secretarios y magistrados. Tal como he escrito y descrito en este mismo espacio a partir de 2007, no hay en España una sola región que no tenga sus propios escándalos y sus propias redes de corrupción y malversación de fondos.

    Lo mismo se puede decir de Grecia, lo mismo de Portugal, lo mismo de Italia, lo mismo, con algunas variantes, de Irlanda.

    Estas cosas no las pienso de hace poco: al presentar en Montevideo mi libro La herencia, cultura y atraso, hace más de tres años, aseguré ante el público presente que la debacle española era cuestión de poco tiempo, pues no había ningún elemento que sostuviese “el modelo” (el mismo modelo, recordemos, que muchos analistas rioplatenses ponían como meta a seguir por Uruguay y Argentina...).

    La situación europea se ha sincerizado. La sociedad que no esté dispuesta o capacitada para producir riqueza y conocimiento en un régimen de transparencia, está condenada a la miseria y al sufrimiento. No debería ser ninguna novedad. Y sin embargo, todos los días leo en la prensa ibérica e italiana los testimonios desgarrados de intelectuales que se espantan por lo que están viviendo. El desconocimiento de la historia trae siempre, indefectiblemente, este tipo de consecuencias.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor