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    Especie de la libertad

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2074 - Nº 2074 - 4 al 10 de Junio de 2020

    En el mundo griego y romano los derechos de las personas estaban en manos del Estado. El ser humano que nacía lo hacía en medio de una comunidad que le aseguraba su crecimiento, su educación, sus derechos. Pero nacía desnudo de todo atributo jurídico que no fuera la pertenencia a ese colectivo. Ya en su vida adulta el ciudadano dependía absolutamente de su buena observancia de las leyes para seguir siendo alguien para alguien, esto es, para no desaparecer literalmente del registro humano.

    La idea de persona en cuanto intimidad, misterio, individualidad, que sin duda está presente en el pensamiento de Platón y de Aristóteles, no tenía lugar en la legislación: si un ciudadano ofendía las leyes —tal el posible caso de Sócrates y el caso real de Temístocles— era condenado a perder todos los derechos que el Estado le había concedido, es decir, perdía literalmente el derecho a la vida, aunque siguiera respirando. El general Temístocles, uno de los padres de la democracia ateniense y héroe en la guerra contra los persas, fue condenado al destierro y terminó como esclavo realizando tareas viles y sufriendo a su vejez todo tipo de humillaciones en un Estado vecino. Sócrates pudo haber tenido el mismo destino; como a Temístocles y a todos los condenados a la pena máxima se le dio a elegir entre el ostracismo y la muerte, porque eran castigos equivalentes, y prefirió entregar su alma antes que vivir como esclavo en cualquier país extranjero.

    Esto quiere decir claramente que para los griegos (con los romanos ocurría algo análogo, pero no tan radicalmente aplicado como en las repúblicas griegas) el individuo no tiene ningún derecho; es ciudadano —con todos los derechos y obligaciones que implica— o es esclavo. Traducido al corriente lenguaje de la cruel realidad: la ciudadanía es la única existencia posible de la persona. En oposición a esta canónica libertad de los antiguos caracterizada por la participación obligatoria de los ciudadanos en el cuerpo colectivo de la ciudad, Benjamín Constant nos invocará la libertad de los modernos, que no es otra que nuestra libertad individual como epicentro de una necesaria reconstrucción de la vida social bajo otros signos distintos a los que ahora han venido agriando el trabajo, la esperanza y la paz de las personas. Es un valor cardinal del que proceden las libertades políticas y económicas, en la medida en que abarca lo más importante como la autodeterminación del individuo en la vida familiar y religiosa en la relación con sus semejantes. En un famoso discurso que ofreció en el Ateneo de París en 1819 dijo que para todos es “el derecho de expresar su opinión, elegir su industria y ejercerla, disponer de su propiedad, incluso abusar de ella; ir, venir sin obtener permiso y sin dar cuenta de sus motivos o sus pasos”. También postuló, en consonancia con lo que estableció, que “la independencia individual es la primera de las necesidades modernas”.

    Con esto se asientan de manera ordenada, me parece, muchas de las ideas que ya estaban presentes en Adam Smith, pero que demoraron su desembarco al continente. El aporte de Constant enfatiza congruentemente la importancia vital de los derechos de propiedad en las relaciones sociales. Mientras que los estatistas y socialistas en general tienden a inclinarse hacia los beneficios utilitarios que se derivan de los derechos de propiedad (por ejemplo, una mejor distribución de recursos apuntando a la propiedad común o un método para proporcionar incentivos para una mayor innovación y producción), los liberales fundan la propiedad privada como una piedra angular sagrada e intrínsecamente valiosa para una sociedad libre y próspera.

    De todo ello se deriva algo que Constant observó como importante, pero que el desuso ha soterrado a los más bajos escalones de la indiferencia, a saber: el cuidarse como del peor de los tiranos de lo que llama el “despotismo legislativo”, al que caracteriza como el enemigo público número uno de la libertad individual; dice que “si es la legislación la que fija los derechos de cada individuo, los individuos solo tienen los derechos que la legislación está dispuesta a abandonar”. Me permito añadir: es muy probable que lo haga solamente para usurparlos.