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El lunes 13 la frase más repetida en las conversaciones y en las redes sociales fue “Se murió Galeano... Sí... Y también Günter Grass”. El primer escritor, tan popular y largamente difundido, hizo que en apenas minutos Internet se viera inundada por frases que remitían a alguna de sus obras. Günter quedó opacado. Del alemán de espeso bigote, pipa y mirada intensa, que había nacido en Dánzig en 1927, no se leyó mucho. El Premio Nobel Günter Grass escribió novela y ensayo, con énfasis en la historia.
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De pequeño tuvo formación católica y de mayor no solo se dedicó a la literatura sino que además hizo dibujos y esculturas. Como novelista escribió desde un comienzo acerca de la historia de su país, con sus tres obras iniciales: El tambor de hojalata (1959), El gato y el ratón (1961) y Años de perro (1963). El rodaballo, en cambio, fue una novela con abundantes referencias culinarias e ilustrada por él mismo. Más adelante Grass editó otros tres libros sobre Alemania. Se refirió a la caída del Muro de Berlín en Es cuento largo, de 1996, encaró detalladamente el siglo XX en Mi siglo, de 1999, y narró los padecimientos de los alemanes en la II Guerra Mundial en A paso de cangrejo, de 2002.
El autor que escribía de pie (nunca sentado) y a mano sobre un atril, alcanzó su cenit como escritor en 1999, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura y el Premio Príncipe de Asturias.
Como ilustrador, ganó en 2005 el Premio Hans Christian Andersen por sus trabajos basados en los cuentos del escritor danés. En 2008 el Instituto Goethe de Montevideo expuso algunas de las obras gráficas de Grass.
Esta semana el ambiente intelectual europeo mostró su dolor por la muerte del escritor y uno de los más emocionados fue Miguel Sáenz, su traductor al castellano, integrante de la Real Academia Española. En shock por la noticia, Sáenz dijo a Europa Press que la muerte de Grass le resultó “traumática”. “Es el último gran escritor de la literatura alemana y tenía una enorme calidad humana”, señaló. “Estaba muy enfermo pero era de esas personas que tenían tanta vitalidad que uno olvida que todos somos mortales. Él decía que los traductores somos como de la familia y lo siento así, como si fuera alguien de mi familia”, dijo Sáenz. Resaltó que Grass “era una persona humana y entrañable, un buen amigo” y señaló su papel de intelectual comprometido para “defender cualquier causa, generalmente perdidas o desesperadas”. Sáenz discutía sus traducciones con Grass y le llevó dos años terminar con El rodaballo.
El tambor de hojalata, calibrada como una de las mejores novelas de la literatura universal, comienza con un hombre que observa todo desde su cama de barrotes blancos de metal y le habla a su enfermero, Bruno Münsterberg. Ese hombre, Óscar, empieza a escribir su historia y reflexiona: “Hoy en día ya no se dan héroes de novela, porque ya no hay individualistas, porque la individualidad se ha perdido, porque el hombre es un solitario y todos los hombres son igualmente solitarios, sin derecho a la soledad individual, y forma una masa solitaria, sin hombres y sin héroes”. El personaje de Grass sostiene entonces que una historia de vida comienza mucho antes que la fecha azarosa del nacimiento. “Porque nadie debería escribir su vida sin haber tenido la paciencia, antes de fechar su propia existencia, de recordar por lo menos a la mitad de sus abuelos”.
Grass no tenía problema para expresar su opinión en temas urticantes. Así, en 2012, su nombre saltó a los medios (ver Búsqueda Nº 1.657) por lo que escribió en un poema que se refería al “creciente potencial nuclear” de Israel, “inaccesible a toda inspección”, y que podía dirigirse a Irán. El escritor dijo entonces: “Pero ¿por qué digo recién ahora, envejecido y con la última tinta, que la potencia nuclear Israel pone en peligro la ya quebradiza paz mundial? Porque debe ser dicho lo que ya mañana podría ser demasiado tarde; que es predecible, por lo que nuestra complicidad no podría redimirse con ninguna de las excusas habituales”.
En 2007 generó otra polémica al contar en Pelando la cebolla que había integrado filas de las SS cuando era adolescente. Según su relato, no había sido su objetivo cuando se ofreció como voluntario, pero terminó destinado unos meses a Dresde, a los 17 años. Frente a los ataques que generó el foco en este pasaje de su vida, salieron en su apoyo Salman Rushdie, el director de cine Volker Scholöndorff (quien llevó al cine El tambor de hojalata), Mario Vargas Llosa y su traductor, Sáenz, entre otros.
Antes, a principios de 1950, el autor había cuestionado duramente la represión a los obreros en Alemania del Este. Por otra parte, en 1990 publicó un ensayo que tuvo gran repercusión y se tituló Escribir después de Auschwitz. También se refirió a la caída del Muro de Berlín y escribió el discutido ensayo Alemania: una unificación insensata.
Con actividad vinculada a la izquierda alemana, en una entrevista con El País de Madrid, reproducida en Búsqueda (Nº 1.005), el autor sintetizó su posición: “Políticamente hablando, mi posición es criticada desde la derecha y desde la izquierda. Me mantengo en una situación móvil”.
El 14 de enero de 2014 el escritor anunció que no escribiría otra novela. Eran demasiados años para el trabajo que da armarla. Se dedicó entonces a la poesía y el dibujo, hasta el día de su partida.