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    Esperando una revolución

    Revoluciones, revoluciones y más revoluciones. La imagen mundial de América Latina es la de las revoluciones. ¿Cuántas revoluciones no han hecho los Pancho Villa y los Emiliano Zapata, los Martí, los Sandino y los Castro? ¿No hicieron revoluciones el Che Guevara y todos los movimientos de “liberación nacional”?

    Y sin embargo, si nos atenemos al significado de la palabra revolución, podemos constatar que desde que los primeros españoles comenzaron su concienzudo y sudoroso mestizaje con las indias, en 1492, y parieron el mundo latinoamericano, en este continente nunca ha habido una verdadera revolución.

    Quien lo entendió maravillosamente bien fue Carl August Gosselman, enviado especial del rey de Suecia en 1837, cuando apabullado por la interminable lista de revoluciones que le presentaron, acuñó el término “revolucioncita”, definiéndola como “pequeña revolución; palabra adecuada y comprensible solamente en las repúblicas hispanoamericanas”.

    Ni siquiera el legendario movimiento de independencia de comienzos de 1800, con Bolívar y San Martín y Artigas y tantos otros, revolucionó especialmente las cosas. Hubo algunos retoques en la vieja organización del imperio español (que ya tenía secciones llamadas México, Perú, Chile, Guatemala, Cuba, Venezuela). Pero no hubo, por ejemplo, un cambio sustantivo del plantel administrativo ni de su forma de funcionamiento: los expedientes, tapados de sellos, siguieron durmiendo la siesta en algún cajón.

    Se adoptaron revolucionarias constituciones extranjeras (como la norteamericana y la francesa) que nunca se llevaron a la práctica y se estableció un largo listado de hermosos principios revolucionarios que jamás salieron del marco en el cual quedaron encuadrados. Algunos países surgieron como desprendimientos naturales por motivos geográficos y culturales (Bolivia, Paraguay, Ecuador) y otros fueron creados por intereses geopolíticos extranjeros, como Uruguay y Panamá.

    Uno de los cambios más grandes que se dio fue la de­saparición de los grupos comerciales españoles y su sustitución por los británicos. Nuevo dueño, mismo collar.

    Pero más allá de esa cirugía estética mínima, todo siguió igual: los principales límites territoriales fueron respetados, las principales familias siguieron manteniendo su poder sobre la tierra, y la Iglesia y el Ejército continuaron siendo los principales condicionantes de la vida pública. Vinieron luego incontables revolucioncitas: en el pequeño Uruguay hubo hasta una por año durante el inquieto período de 1830 a 1904.

    A diferencia de otros países del mundo, víctimas de profundos cambios estructurales pero legendarios por su supuesta ausencia de acontecimientos traumáticos, en Hispanoamérica ha habido muchísimo ruido y poquitas nueces, que dijera Shakespeare.

    Esta situación me recuerda una muy pedagógica anécdota. Corría el 1991 y yo vivía en Roma, haciendo trabajo de archivo y trabajando como intérprete de la Embajada de Suecia en Italia. En una reunión en la Embajada, en abril, se discutió la enésima crisis gubernamental en ese país, ocasionada caprichosamente por el líder socialista Bettino Craxi.

    Uno de los presentes se refirió entonces a la vida política italiana como algo constantemente cambiante. Le pregunté si sabía qué partido había gobernado la Península desde la creación de la República en 1946. La respuesta era tan obvia que no valía la pena pronunciarla, pues desde esa fecha Italia había estado gobernada por el mismo partido: la Democracia Cristiana (sola o en alianza con partidos menores).

    La política italiana del dopoguerra mostró, desde 1946 hasta mediados de los 90, una estabilidad inusual en la Europa de la Guerra Fría. Sin embargo, el país era famoso por su (supuesta) inestabilidad.

    A 522 años de que Colón llevara las primeras materias primas a España e hiciera la primera exportación de productos manufacturados a los nuevos territorios, América hispana continúa cocinando con la misma receta. Ha habido algunos retoques. Hoy se le agrega un poquitín de valor agregado a la carne, a los hidrocarburos, a los metales y a la soja, pero en el fondo no se ha avanzado. Lo mismo sucede en el paisaje social: salvo en las grandes ciudades, las viejas familias siguen siendo las que marcan el ritmo cotidiano, mientras que el grueso de la población permanece relegado.

    Por otra parte, si Pizarro o Cortés volviesen a pisar la tierra que una vez supieron conquistar y se encontrasen con los Ortega, los Castro, los Kirchner y los Maduro, no se habrían sorprendido pues ya en su época pululaban en estos lares ese tipo de personajes violentos, bizarros, corruptos y brutos. Ni qué hablar de un cacique con las plumas cruzadas como Evo Morales, que nunca faltó en el repertorio, o un filósofo casero como Mujica, modelo de inspiración del Viejo Vizcacha.

    Más de cinco siglos han pasado; más de 500 años han pasado y aquí estamos, esperando la famosa revolución (de cualquier color) que cambie el estado de las cosas.