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    Estética y dineros públicos

    Cristina Kirchner sale con menor frecuencia en la pantalla. Los rioplatenses hemos tenido un respiro de su glamorosa imagen que invadía noticieros y cadenas. Su rostro, extremadamente producido, por un lado irradiaba una brisa de belleza; por otro, la conglomeración de maquillaje y bótox producía una impresión de artificio, de muñeca Nicoletta pre Barbie, con algo del autómata que construían los relojeros en el Renacimiento.

    También Dilma Rousseff ha cambiado su rostro. He visto fotos de su juventud, cuando era una joven brasileña combativa, con un hermoso mestizaje en sus facciones: papá búlgaro, mamá nordestina. Ese rostro mutó en esa imagen de mujer con un rictus amargo perpetuo en sus comisuras, un cutis maquillado de blanco, una nariz perfecta y fina.

    La presión misógina y patriarcal obliga a las mujeres públicas —en esta omnicultura de la imagen— a mostrarse jóvenes y, en lo posible, “bellas”. La bella durmiente insomne.

    Impelidas a hacerse cirugías, las actrices de cine delatan en Google el tremendo cambio a que se someten periódicamente. Millones de dólares desfilan por narices, bocas, pómulos, dientes, frentes, cuellos, etc.

    El problema surge cuando esos dólares provienen de fondos públicos. En Uruguay, los frondosos sueldos de los jerarcas tienen su cuota de género. Es verdad que hay mujeres políticas que optan por ir al Palacio con un jogging baqueteado.

    Otras, en cambio, siguen el camino de Fernández y Rousseff.

    Sin duda, contratan cirujanos plásticos de menor prestigio, pero es evidente que algunas jerarcas criollas han tomado la decisión de que su rostro aparezca mejorado artificialmente ante las cámaras.

    En la Intendencia, me llama la atención profundamente una política a quien no mucho tiempo atrás conocí como militante de derechos humanos. Hoy tiene un poderoso cargo y su sueldo suculento es público y notorio.

    El cambio en su aspecto es enorme. Ha adelgazado un montón de kilos. (¡Bien por su salud! ¡Yo también quiero bajar como ella! Confieso que cuando antes la veía en la tele, decía: qué bien, una gordita inteligente, ¡arriba las gorditas!).

    Pero pensándolo bien, quien baja tal cantidad de kilos no solo ha hecho gimnasia. Me pregunto si habrá concurrido a esos selectos médicos nutricionistas que con un batido de proteínas importado de USA logran hacer desaparecer la obesidad por 1.500 dólares por mes.

    No hay forma de saberlo, pero su sueldo se lo permite.

    Y su nariz redujo considerablemente su tamaño. Allí sí se fueron 3.000 dólares.

    Los elevados sueldos del Estado se justifican a menudo con el estribillo de que “si no, perderíamos a estos tan buenos profesionales que ganarían más en una empresa privada”.

    Yo tengo para mí que la exposición pública es un aliciente para que se opte por el Estado. Y de paso retocarse la cara, bajar 40 kilos y comprarse ropa exclusiva.

    Es una pena que alguien que toma decisiones sobre esta ciudad se ocupe tanto de su estética y tan poco de la de Montevideo, cada día más mugrienta.