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Último día de 2013. Deambulo por mi barrio tratando de esquivar los baldazos de agua que caen desde los balcones. En una esquina, esperando el ómnibus, me encuentro con un inspector de Secundaria. Hace poco que tiene ese cargo: es nuevo y sé que ha sido un excelente profesor.
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Como en la Ciudad Vieja solo se divisan borrachos en cueros tirándose sidra en la cabeza, me sorprende verlo allí, tan correcto. Me dice que estuvo trabajando hasta que la Inspección cerró.
Nos habíamos visto recientemente, en la “elección de horas”. Tuve oportunidad de verlo trabajar con ahínco.
Aún le queda la impresión de aquellas jornadas vividas de sol a sol, en los patios del IAVA atiborrados de ansiosos docentes (algunas embarazadas o con bebés en brazos).
Me dijo que fue una experiencia imborrable. “Cada vez que abría la puerta para llamar al siguiente profesor, me golpeaba la cara la oleada de angustia y desesperación que inundaba aquellos patios”. No agregó que en los últimos días de diciembre el calor hacía explotar los termómetros y los cerebros humanos. Yo lo había vivido también.
“Ni las vacas en el matadero, en el recinto previo a recibir el golpe en la cabeza, tienen tanto estrés como esos profesores”, dice.
Lo miro con admiración: aún tiene corazón, piel, sensibilidad. Aún el sistema no lo ha tragado como Moloc.
Y ahora haría falta un pequeño diccionario del “argot” docente:
1) elección de horas: acto de designación por el cual, cada año, el profesor concurre en diciembre para solicitar y resolver su lugar de trabajo en el siguiente año lectivo. La informática no parece haber resuelto el sistema.
2) escalafón: listado que cada año se hace y rehace por el cual los profesores de Secundaria aparecen en orden estricto: del lugar que obtengan en él dependen los liceos que les sean ofrecidos.
3) puntaje: la lista se elabora con la calificación obtenida por el docente en el liceo en el cual trabajó —evaluada su gestión por el director— y su asistencia. Si el docente recibió la visita de un inspector, el puntaje se modifica para bien o para mal. Desconozco si otro tipo de méritos, como una Licenciatura complementando el título del IPA, ponencias en congresos o publicaciones, cambian el puntaje. Si es así, soy impotente ante los trámites burocráticos que imagino.
4) antigüedad: cada cuatro años, un profesor pasa de grado, estando distribuida la multitud docente en siete categorías de acuerdo con los años que hace que trabaja. El séptimo grado —¡el siete es un número mágico!— corresponde a aquellos que llegan a los 25 años de trabajo. Como son los primeros de la lista, entonces, en su mayoría se abalanzan sobre los liceos que tienen bachillerato, pues a esa altura de sus vidas, enfrentar clases de 35 alumnos de 13 años —primer ciclo—, de pie y con la voz a pulmón, donde la autoridad docente se ha escabullido por la ventana, es extenuante.
El vocabulario podría seguir, pero basta resumirlo en tres puntos: inestabilidad laboral, ineficiencia de gestión y locura.