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    Expresión de gratitud

    Sr. Director:

    Cuando en 1958 mi abuelo, don Juan Andrés Ramírez, cumplió medio siglo ininterrumpido de dirección periodística, escribió un editorial titulado igual que esta carta, a fin de agradecer públicamente las múltiples felicitaciones y saludos recibidos por dicho hecho.

    Yo, por mi parte, cumplí el sábado 25 de enero 80 años, por cuya causa recibí tantas visitas y llamadas telefónicas felicitándome por tan larga maratón a través de los tiempos que me veo en la necesidad de agradecerlas por esta vía. Y no solo a quienes así lo hicieron, sino a otras inolvidables personas y amigos que a lo largo del camino recorrido me ayudaron a lograr algunos éxitos en mi tránsito vital. Así, desde el primer año de escuela hasta que obtuve mi título de abogado, no puedo olvidar en la Escuela y Liceo Elbio Fenández a mi notable maestra de 6º año Amelia Azzarini de Piotti, así como a mis profesores Lorenzo Levratto, Domingo Fernández y Pedro Pereyra, y también tuve el privilegio en preparatorios del Liceo Francés de ser alumno del brillantísimo profesor de historia universal Óscar Secco Ellauri.

    Luego, en la Facultad de Derecho a la que ingresé en 1957, no se estilaba ir a las clases de las distintas asignaturas sino en el primer año. Por ello, solo nombraré a los Dres. Hugo Gatti y al eminente Ramón Valdés Costa. A ellos agrego al Dr. Horacio Cassinelli Muñoz quien, al publicar en la R.D.J.A. de la que era director mi primera monografía titulada La competencia del Poder Ejecutivo y la Constitución Nacional de 1967, me hizo conocer como constitucionalista. Asimismo, el Dr. Daniel Hugo Martins, de quien fui alumno en un curso reglamentado de Derecho Administrativo II, incluyó en el libro colectivo La enseñanza pública y privada en el Uruguay un estudio mío sobre el Conae, órgano que hizo las veces del Codicen en los nefandos años de la dictadura. Por otra parte, publiqué en 1984 La teoría del acto electoral y de las nulidades electorales. Todo ello llevó a que, cuando ingresara al Senado en 1985, ya tuviera fama de avezado constitucionalista, lo que me ganó el respeto de los grandes senadores de aquellos tiempos, Ortiz, Rodriguez Camusso, Hierro Gambardella, Cigliutti y otros que, por razones de brevedad, omito nombrar.

    Por último, y siempre en el plano jurídico, no puedo olvidar al maestro Justino Jiménez de Aréchaga, a cuyas clases no asistí, pues se había retirado de la cátedra en 1956, pero, en cuyos diez tomos de La Constitución Nacional, su obra magna, adquirí mis conocimientos de derecho constitucional.

    También agradezco a Enrique Sayagués Laso, en cuyo insuperable Tratado de Derecho Administrativo completé mi formación en derecho público. Lamentablemente, tampoco concurrí a las clases de Eduardo Jiménez de Aréchaga, alejado de la facultad en 1968, y de Quintín Alfonsín, fallecido trágicamente en 1961.

    En cuanto a mi trayectoria política, me inicié en plena dictadura como secretario del Triunvirato junto con el inolvidable Fernando Oliú, que a tal posición me llevó con la aprobación de Carlos Julio Pereyra. A ambos, por ello, mi mayor gratitud.

    Y también están en mi mejor recuerdo don Juan Pivel Devoto que siempre me honró con sus sabias enseñanzas y consejos, y Wilson Ferreira Aldunate que antes y después del fin de su exilio también apoyó con calor mi candidatura vicepresidencial en 1984 y mi ingreso al Senado en 1985.

    Por último, sería muy ingrato de mi parte olvidarme de mi querido y noble amigo Luis Alberto Lacalle, a quien conocí en las negras horas de la dictadura y con quien en 1990 integré la fórmula presidencial ganadora de los comicios de 1989 y, respecto a su gestión presidencial, sin entrar en comparaciones que siempre resultan odiosas, afirmo que fue un notable presidente de la República.

    Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

    Gonzalo Aguirre Ramírez