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    Feria del Libro de La Habana: los vientos nuevos que asoman entre la paradoja del fanatismo por Eduardo Galeano y Padura

    Uruguay fue el país invitado de honor y asistió con una nutrida delegación de autoridades, escritores, músicos y gente de teatro que generó molestias y egos ofendidos

    La Habana (Cuba). “Si Kafka hubiera nacido en Cuba sería un escritor costumbrista”. El comentario lo hizo el presentador de uno de las decenas de títulos lanzados en la Feria del Libro de La Habana, que tuvo lugar en esa capital entre el jueves 11 y el domingo 21 de febrero. Contada así, además, probablemente la frase no lleve tanto impacto como quienes presenciamos la escena y, quizás, estábamos poco avisados de que el cambio en la isla, en algunos terrenos, ya estaba tan asentado: el presentador era un cuarentón de melena hasta el hombro, con bandana floreada atada en la frente y musculosa negra con icono rockero, conocido en la isla (y me explicaron luego que bastante también en ciertos círculos culturosos de Europa y América Latina) como Yoss. Por si la alusión no quedaba clara, el hombre agregó: “es que aquí tanta gente se despierta cada día convertido en cucaracha... y también en cosas mucho peores...”

    Pero lo kafkiano —que, vamos, está presente en todas las sociedades del mundo, porque el genial Franz alude, al fin y al cabo, a la condición humana— en La Habana uno lo vive en todas partes hoy más que nunca: en las generaciones que conviven, una con discurso casi soviético y otra sin discurso pero pensando y actuando como en un país del primer mundo liberal; en el medio otro grupo totalmente desorientado pero expectante, otro más combativo, otro conciliador y otro que, decididamente solo piensa en echarse al agua o tomarse el primer avión que pueda porque no se cree lo del cambio. No hay internet pero todo el mundo accede a House of cards, las princesas de Disney o el porno que más le gusta; los ingenieros de más categoría ganan el equivalente a 20 dólares al mes, pero un montón se las arregla para alcanzar los 200 dólares mensuales para vivir con dignidad mínima; la organización sigue siendo socialista pero está lleno de emprendedores, desde los taxistas clandestinos (casi todos pero tolerados) hasta los que traen alimentos desde las provincias y los venden en carretas, o las cinco jineteras por cuadra de las zonas donde se mueven los extranjeros que te negocian el precio hasta dar con él; o la mucama del hotel, que te escribe cartas cariñosas manuscritas todas las noches esperando la propina que le “resolverá” la quincena a toda la familia; hasta la negra veterana, imponentemente fotogénica y ataviada de blanco, habano y todos los chiches, que tanto les gusta a los fotógrafos del lugar común, generalmente europeos (¡y el futuro que tiene, ahora que en marzo empiezan a llegar los americanos!).

    Pero hay que decir también, en clave kafkiana, que esa realidad seduce y maravilla por su riqueza visual; su sorpresa humana, arquitectónica o paisajística (a veces las tres juntas) por cuadra recorrida. Porque ese relato (como decían en la era K) no se parece a ningún otro, se puebla de hechos consecutivos casi a diario, y a la mayoría de la gente lo que más le interesa en el mundo es subirse a él a como dé lugar, porque hace tiempo saben que se quedaron afuera.

    Uruguay, invitado de honor.

    A ese país que tiene mucho de experimento social desde hace 57 años y que se ocupa de que los latinoamericanos jamás dejemos de verlo con interés, aterrizó en la fecha antes citada y como invitada de honor de la Feria del Libro una nutridísima delegación uruguaya cuyo integrante más conspicuo para los uruguayos resultó ser el vicepresidente Raúl Sendic, a raíz de su declaración: “cuando vuelva de la feria del libro de La Habana voy a hablar” (de Ancap). Sin embargo, la delegación estuvo integrada en total por casi 50 personas, aunque no todas fueron invitadas del gobierno uruguayo sino que se plegaron al grupo como un extra de otras actividades ya previstas en la isla, o fueron invitadas por el gobierno cubano como huéspedes tradicionales en ese país.

    Entre los escritores estuvieron Mario Delgado Aparaín, Fernando Butazzoni, Rafael Courtoisie, Marcia Collazo, Ramiro Sanchiz, Damián González Bertolino, Guillermo Pellegrino, Luis Bravo, Ignacio Martínez (también como director de la editorial del Pit-Cnt), Luis Marcelo Pérez (también como conductor de las radios del Sodre), Tunda Prada (como historietista), Daniela Beracochea (como ilustradora), Ema Zaffaroni (como historiadora), y quien escribe esta nota (también como periodista para cubrir la actividad).

    Integraron asimismo la delegación los músicos Malena Muyala, Fernando Cabrera, Daniel “Tatita” Márquez, Cristina García Banegas y Daniel Viglietti. Y los actores y directores teatrales Sergio y Roxana Blanco, María Dodera, Gabriel Calderón y Santiago Sanguinetti.

    Entre las autoridades estuvieron, además de Sendic, la ministra de Educación y Cultura (MEC), María Julia Muñoz; el Rector de la Udelar, Roberto Markarian; el embajador en Cuba, Ariel Bergamino; el presidente de la Cámara Uruguaya del Libro (entidad privada que agrupa a libreros y editores), Jorge Saracini; el director nacional de Cultura, Sergio Mautone; el ministro de Economía y Finanzas, Danilo Astori; el presidente del Banco Central, Mario Bergara, además de algunos funcionarios de la Dirección Nacional de Cultura del MEC, a cargo de la operativa y logística, y de la Cámara del Libro en el área de ventas del stand y de atención al público.

    La delegación, los pedidos cubanos y los sumados.

    Por supuesto, y como es práctica común cuando se selecciona por parte del Estado a un grupo de actividad para supuestamente representar al país, hubo polémica y controversias varias: por qué fue este y no aquel, los que van a todas se ofenden porque en esta no les tocó, los que aún apoyan al régimen cubano consideran que no deben ir los que tienen posiciones críticas respecto a él, los de cierta generación no reconocen la calificación de los talentos emergentes. Lo cierto es que la conformación de la lista comenzó a partir de un acuerdo al más alto nivel entre los dos gobiernos hace más de un año (el nuestro aún encabezado por José Mujica), cuando Uruguay aceptó participar en esta 25ª Feria del Libro de La Habana como país invitado de honor y llevar a Cuba una nutrida delegación cultural, según informaron a Búsqueda fuentes del MEC y de la Cámara del Libro. A partir de ese momento, comentaron también, se decidió que el Ministerio de Economía se haría cargo de los gastos que generara el grupo y su participación (que finalmente fueron cercanos a 150.000 dólares a partir de un presupuesto inicial que era de 500.000). Se definió que el presidente de la República encabezaría la delegación (Tabaré Vázquez suspendió su viaje pocos días antes y en su lugar fue Sendic) y desde ese momento las dos embajadas comenzaron a proponer nombres de escritores y artistas. Los más conocidos en Cuba como Courtoisie y Butazzoni (que además acaban de ser publicados y premiados) e incluso Delgado, fueron integrantes “naturales”. La Cámara del Libro —según fuentes de su directiva— insistió en que hubiera mujeres y jóvenes, aunque solo fueron tenidos en cuenta con un par de nombres; Viglietti es casi locatario en la isla, García Banegas ya tenía previsto un concierto en una iglesia habanera y Cabrera y Muyala suelen ser elegidos por el embajador Bergamino, en tanto referentes de una generación que renovó y “desideologizó” la música popular uruguaya. La gente de teatro, sin duda todos representantes de la generación que planteó una nueva mirada y relanzó al teatro nacional a los festivales internacionales, tenía ya acordada su participación en un festival en la provincia de Cienfuegos, por lo que agregó días a ese viaje y puso en el teatro Raquel Revuelta las obras Nuremberg, Zapatos andaluces, Kassandra y Ostia. En el céntrico cine Infanta se exhibieron también las películas uruguayas Miss Tacuarembó, Mal día para pescar, La demora, Jamás leí a Onetti y El padre de Gardel. Las obras de teatro contaron con gran asistencia de público, no así las de cine.

    Desde la industria del libro se comentó a Búsqueda que existe cierta molestia por el hecho de que se haya destinado una parte importante de los fondos a representantes de la música y el teatro y se haya limitado la representación de escritores, teniendo en cuenta que “a los festivales de teatro y música no se llevan libros ni escritores” y al hecho de que, como país invitado de honor, el Estado uruguayo haya tenido que pagar el stand y su diseño al precio que pusieron los cubanos, cuando en otras ferias los expositores negocian precios y dan su opinión porque conocen esos rubros ampliamente.

    La estadía de los invitados fue de cuatro días cada uno, divididos por grupos al principio, en el medio y al final de la feria. La idea —se comentó desde el área de Cultura del MEC antes de comenzar el encuentro— era que se propusiera la mayor cantidad de actividades posibles y que todos los integrantes de la delegación estuvieran cada jornada de su estadía en alguna de ellas.

    Uruguay terminó donando más de tres mil libros a Cuba.

    El stand de venta de libros y el espacio de los paneles y presentaciones se ubicaron en dos salas integradas de la fortaleza San Carlos de La Cabaña (sede principal de la Feria desde 2001) a las que se denominó “Pabellón Eduardo Galeano”. Al stand de venta y exposición llegaron en total unos cinco mil ejemplares de unos cien títulos de publicaciones editadas en Uruguay. El transporte y la forma de comercialización de esos libros implicaron una polémica entre la Cámara del Libro y el MEC, debido a que en Cuba los libros no pueden venderse a precios internacionales (alrededor de 15 dólares una edición estándar de novela o no ficción) porque resultarían inalcanzables para los compradores cubanos y además Cuba no paga derechos de autor a los autores extranjeros, ni tampoco se hace cargo de su transporte de ida y mucho menos, de vuelta. Por tanto se acordó en principio que un avión de la Fuerza Aérea trasladaría los libros, pero el altísimo costo del combustible que eso hubiera implicado llevó a que se decidiera enviar los libros por courier a costo de Economía, y que las casas editoriales donaran los ejemplares que no se vendieran (que terminaron por ser unos 3.500 de los cinco mil totales aproximadamente) a bibliotecas públicas cubanas. Los que se vendieron (unos 1.500 ejemplares) fueron a un precio de 2 a 3 CUC (moneda convertible cubana, a un dólar por CUC) que equivale al costo de impresión de un ejemplar estándar en Uruguay. La recaudación se destinó a costear los gastos de estadía y salario del presidente y los funcionarios de la Cámara que asistieron. A pesar de esas dificultades, la oferta de las editoriales fue variada, con títulos recientes y de los autores más destacados, presentes o no en la feria: se podían ver las novelas de Claudia Amengual, Hugo Burel, César Di Candia, Hiber Conteris (también publicado en Cuba y quien asistió a la Feria por su propia cuenta), una amplia oferta de obras infantiles, clásicos de la literatura nacional, y en el área de no ficción biografías y crónicas sobre personajes y hechos históricos vinculados a la izquierda y notoriamente no controversiales para el gobierno cubano. De todas maneras, la oferta puede considerarse bastante más amplia de lo que a priori se podía haber esperado, y no se establecieron condiciones desde el lado cubano (a menos, que los editores hayan sabido), como sí las hubo —aseguró a Búsqueda una fuente del MEC— una solicitud previa de las letras de las canciones que se escucharían en las actuaciones y en la gala musical de inauguración.

    La demanda permanente del público era para la obra de Eduardo Galeano, ampliamente conocida en Cuba (los pocos ejemplares disponibles se agotaron el primer día; la falta de disponibilidad se debe a que la familia acordó la publicación y gestión de su obra con la editorial siglo XXI de México, editora tradicional del escritor) y, por supuesto, la de Mario Benedetti. También se agotaron todos los libros centrados en la figura del expresidente Mujica, y tuvieron muy buena demanda la novela recientemente premiada por Casa de las Américas Las cenizas del cóndor, de Fernando Butazzoni, la biografía de Zitarrosa (muy conocido en Cuba) de Guillermo Pellegrino, los libros de Daniel Chavarría (escritor uruguayo residente en Cuba desde hace décadas y publicado en Uruguay), clásicos como Onetti, Mario Levrero, libros infantiles —con un nivel de diseño e ilustraciones que en Cuba no se encuentran— y la sorpresa de Los trabajos del amor del joven y talentoso Damián González Bertolino que, a pesar de tratarse de una obra de gran calidad, se presume que el furor de su venta coincidió con el Día de los enomorados o del amor, que en Cuba se celebra casi como fecha patria. Se exhibieron también y se fueron regalando a estudiantes o universitarios unas muy buenas ediciones de la facultad de Arquitectura y del Museo de Artes Visuales, entre algunas otras publicadas por organismos oficiales.

    Los paneles tuvieron como tema la narrativa uruguaya de hoy, el periodismo cultural en Uruguay, las mujeres que escriben y publican en el país, se presentó una antología de jóvenes narradores editada por Casa de las Américas. También se presentaron títulos clásicos publicados en Cuba como Ariel de Rodó, o los de autores presentes en la feria como Goma de mascar de Courtoisie y la biografía de Osiris Rodrígez Castillo, A la orilla del silencio. Hubo asimismo mesas con contenido más político, como una sobre “Literatura de consumo y literatura de pensamiento”, otra sobre historia política del Uruguay en la que participó el propio embajador Bergamino, otra sobre “La edición de libros de una organización sindical: editorial Primero de Mayo”, a cargo de Ignacio Martínez, y otra sobre “Pasado, presente y futuro del quehacer cubano-uruguayo”, en la que participó la ministra Muñoz. Hubo una conferencia del Rector de la Udelar y matemático Markarian titulada “¿Qué es el caos? Una visión físico-matemática”, y los músicos y autores teatrales también estuvieron en mesas donde se presentaron sus obras publicadas en formato de libro como Pebeta de mi barrio, de Muyala, y Mi pequeño mundo porno, de Calderón, o se expuso sobre la música colonial en América Latina (García Banegas) y el panorama de la publicación de obras teatrales en Uruguay y en el mundo (Sergio Blanco y Calderón). Eduardo Galeano, cuya fotografía gigante presidió la sala de conferencias durante toda la feria, tuvo su propia jornada de homenaje el sábado 13 con varias mesas consecutivas tituladas “Galeano y el fútbol”, “Mujeres en Galeano”, “Cuba en Galeano”, “Galeano y los jóvenes”.

    Todas estas, y unas cuantas más (como la demostración del funcionamiento de las Ceibalitas a los niños que se acercaban y una muestra del Centro de Fotografía sobre la construcción de la rambla), fueron actividades realizadas en el Pabellón Galeano del predio ferial, con unas entre 60 y 70 sillas, a veces llenas, la mayoría sin llegar a la mitad de la capacidad. Aparte, tuvieron lugar mesas redondas más selectas, con los autores que tienen más relación con Cuba, en Casa de las Américas, y en las que participaron autores cubanos, en una de ellas el escritor de moda en el mundo hispano y quizás hoy el que goza de mayor reconocimiento en el mundo, Leonardo Padura, último Premio Princesa de Asturias de Literatura.

    Hubo, asimismo, algunas conferencias en el Pabellón Cuba, en el barrio de El Vedado, y en la Universidad de La Habana, como la que ofreció el presidente del Banco Central, Bergara, acerca de las nuevas reglas de la Economía en la región, y otra ofrecida por el ministro Astori.

    La Feria: vientos de cambio con varias corrientes.

    Pero más allá de la participación de Uruguay, que se limitó a las dos salas del Pabellón Eduardo Galeano, la feria contaba con varias decenas de stands por los que pasaron en total unas 300.000 personas en diez días (solo 80.000 el domingo 14) pagando como entrada diez pesos cubanos no convertibles, los llamados CUP (un dólar equivale a unos 25 CUP).

    La sede de la Feria ya es un espacio significativo: se trata de la Fortaleza militar San Carlos de la Cabaña, ubicada en el lado este del puerto de La Habana, considerada la más grande construcción militar construida por España en América, a fines del siglo XVIII. La Cabaña fue levantada poco después de que los ingleses restituyeran la estratégica loma donde fue construida, y que les había permitido conquistar el fuerte del Morro, desde donde llegaron a dominar toda la ciudad. La restitución fue a cambio de La Florida.

    En el siglo XIX fue una temida prisión de los independentistas de España, incluso del propio héroe nacional José Martí, y escenario de fusilamientos. En el XX fue sede de la Comandancia del Che Guevara, a partir de enero de 1959, y también escenario de fusilamientos de los considerados traidores de la revolución.

    Está abierta al público desde 1991, según dice su sitio de Wikipedia, como museo y paseo público, y es sede de la Feria del Libro desde 2001 cuando, explicó a Búsqueda el programador de la feria, Jesús David Curbelo, el predio anterior y tradicional sitio de exposiciones y ferias en Cuba, quedó demasiado pequeño para contenerla. Sin embargo, agregó Curbelo, hacer allí ese multitudinario evento implica numerosos desafíos, empezando por el hecho de que el lugar fue concebido para impedir el acceso (por su condición de fuerte de defensa militar) y, al menos los aluviones de gente de los fines de semana crearon colapsos del tránsito en los alrededores y amontonamientos poco saludables de miles de personas intentando cruzar el estrecho puente de ingreso.

    La Cabaña, que tiene 700 metros de largo por 250 de ancho y varias decenas de salas conectadas por túneles internos, con plazas, pequeñas casas (una donde estaba la Comandancia del Che y en la feria había una exposición de fotografía moderna, algunas obras de exóticos desnudos intervenidos que hubieran sido prohibidas hace una década), una bellísima capilla y varias plazas, todo en un excelente estado de conservación, acogió a decenas de editoriales cubanas y a unas pocas extranjeras. De las extranjeras, en general se trató de editoriales universitarias o estatales (por las razones antes expuestas las editoriales comerciales no suelen exponer en esta Feria), como las de Argentina, España, México, Ecuador, y algunas otras. Entre las cubanas, no menos de 20, había sellos de todas las provincias, más los de mayor reconocimiento, de la capital, como Unión (de la Unión de escritores y artistas cubanos), Arte y Literatura (que publica mayoritariamente a extranjeros) y Letras cubanas. Estaba, por supuesto, el stand de Casa de las Américas exhibiendo a los uruguayos más previsibles (Galeano se les agotó enseguida, Benedetti, Onetti), los publicados ya desde hace un tiempo (Butazzoni) y una muy buena antología de jóvenes narradores. Llamaba la atención un stand de ediciones de propaganda editadas en inglés, que integraban crónicas y biografías sobre el Che, Fidel, Vilma Espín (que fue esposa de Raúl Castro) y varios libros acerca de Raúl Castro, actual presidente de la República.

    Suárez, el Barça y las tablets.

    Una presencia que rompía los ojos, más allá de la literatura, era la venta en al menos una docena de stands de agendas, libretas, mochilas y otros útiles escolares con bellísimas ilustraciones infantiles similares a las princesas de Disney o con marca Adidas o Puma. También se ofrecían tablets a 200 CUC (dólares) y accesorios de todo tipo para acompañarlas. Pero la sorpresa, al menos para muchos de los uruguayos que pasamos por allí, eran los puestos de venta de camisetas y banderas del Barcelona Fútbol Club, teniendo en cuenta la casi nula tradición cubana en ese deporte. El domingo 14, luego de comprobar que en la espalda de las camisetas solo se podía leer “Neymar Jr” o “Messi”, se consultó al vendedor si no tenían de Suárez. “Se agotaron”, aseguró a Búsqueda, “vendí 50 entre el jueves y hoy” a un precio de 8 CUC (dólares).

    “Este es un fenómeno que empezó con las revistas de fútbol” hace unos cuatro años, dijo Curbelo, que no nos parece lo mejor, pero es una realidad, y este es un paseo para que vengan las familias, que sabemos que no vienen todas a comprar libros ni a escuchar a los escritores, así que lo toleramos.

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