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La sala del primer piso está llena de árboles. Es un despliegue inusual de una muestra montada sobre una imagen. O mejor, sobre la imagen construida desde la mítica referencia del árbol más popular que puebla estas tierras y al que tanto se lo cita en la cultura regional. El motivo es el ombú, figura legendaria de la flora nacional, incluso ciudadana. Hay un árbol pintado en tonos fuertes. Es la primera obra que aparece apenas uno sube por el moderno ascensor de la antigua y reciclada casona de la Ciudad Vieja, donde habita el Museo Figari. El cuadro llama la atención por el árbol en primer plano, apoyado en una pequeña elevación. Desde esa perspectiva el autor ofrece un fondo casi onírico, suave, cargado de nubes bajas que cubren como un telón la visión del horizonte. Las nubes se apoyan en el agua de tono amarronada. Todo el fondo tiene cierta luminosidad opaca, una luz pareja sin demasiada estridencia, como de un sol que aparece y hace fuerza para bañar la escena. El árbol imponente, de colores fuertes. Es la tremenda presencia del verde claro salpicado de manchas rojas lo que invade la retina. Seduce la imagen surreal de las manchas rojas sobre una forma bastante convencional.
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El color y la aplicación de la pintura en suaves pinceladas apenas notorias en la superficie del árbol ofrece el sello característico del artista argentino Nicolás García Uriburu (1937-2016), eterno habitante de Punta del Este, Ciudadano Ilustre de Montevideo y uno de los animadores de la fiesta Pop de los años 60. Fue el que tiñó de verde las aguas del Gran Canal de Venecia. Fue de los primeros artistas ecológicos. Era otro verde y de una pintura que no hacía daño al medio ambiente.
La elección de este cuadro para presidir la entrada de la muestra es acertada. Es un ombú diferente, moderno, con ese toque evidentemente “plástico” y que lo despega del resto, incluso de la pintura de las obras de Pedro Figari (1861-1938), ilustre anfitrión de la casa y de la curiosa exposición. De Figari está la planta baja llena de sus escenas nativas, de sus dinámicas y sutiles figuras desdibujadas, sin rostro, de sus animales flacos y solitarios, de sus árboles que enmarcan misteriosamente sus visiones azuladas y crepusculares. Directa o indirectamente, fue pintor de ombúes.
Arriba está En la pampa, obra de los años 20. Es un cuadro formidable que expresa en suaves tonos terrestres, de una tierra seca y un cielo celeste diluido, tenue, la soledad brutal del paisaje. Las líneas sinuosas y cierto toque desproporcionado del árbol con grandes troncos que se elevan hacia el cielo y poco follaje dejan la sensación de otro tipo de irrealidad, de silencio y quietud sepulcral afirmada en la vigilancia permanente de la vida expresada en ese ombú legendario. La escena parece detenida con la típica inmovilidad angustiante del campo sin seres humanos. La completan un caballo huesudo, un par de pájaros oscuros posados en una rama frente a la luna y un par de ojos de agua, celestes como el cielo, escasos, pintados a pinceladas breves como el resto. La composición es perfecta, el equilibrio de las pocas figuras que no hacen más que resaltar el peso formidable del árbol como un testigo de la eternidad.
Entre Figari y Uriburu hay un trecho de ombúes al óleo de diferentes épocas y autores. Hay una hoja dibujada por la mano siempre finísima de Carlos Capelán (Montevideo, 1938), uno de los artistas vivos más importantes del país. Hay nombres como los de Leandro Silva Delgado, con un ombú oscuro y sesentista, hay un cuadro de Juan Carlos (Nocturno), hijo del pintor, plagado de ombúes, hay acuarelas deliciosas de Alejandro Turell (El ombú y la zorra), hay obras de Jorge Damiani, un grabado de Guillermo C. Rodríguez (Pulpería y ombú), esculturas en diferentes materiales y una pequeña sala infantil con dibujos de niños y un mapa para marcar zonas donde permanecen como vigías los imponentes y sugestivos árboles.
Hay referencias ineludibles al ombú de Bulevar España y al ficus de la Escuela No. 18 de Gabriel Pereira, cuya frondosa vegetación cae hacia la calle y llena de verde y sombra el cemento de Pocitos. Un árbol tan legendario como el otro o como esos lugares imprescindibles de Montevideo. No es un ombú, pero vale la referencia porque todo el mundo lo ve como un ombú. La confusión se aplica en muchos otros casos. Pero el árbol que hunde sus raíces en una familia internacional con múltiples parientes por todos lados puede generar ciertas confusiones.
El ombú es una “especie indígena de la pampa húmeda”, dice un texto que aclara algunas particularidades del árbol tan cercano. Dice, por ejemplo, que el tronco puede llegar a los seis metros de diámetro, que la altura oscila entre los 10 y 15 metros, que sus raíces son superficiales y muy destacadas y que su consistencia es herbácea. Siguen los datos y algunas curiosidades que reciben al visitante con un gesto amable y entretenido. Hay textos tradicionales como El Principito y Platero y yo, hay poemas y fotos, hay en definitiva un acercamiento muy variado a un tema frondoso en la creación nacional. Increíble pero cierto, sigue dando ombúes la pampa. Vale la pena descansar un rato a la sombra de este singular y placentero monte de representaciones.
OMBÚes: Prácticas y representaciones. En Museo Figari (Juan C. Gómez 1427), de martes a viernes de 13 a 18 y los sábados de 10 a 14 horas.