N° 1983 - 23 al 29 de Agosto de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDice la mitología griega que Aquiles, el de los pies ligeros y héroe de la Ilíada, fue informado por su madre, Tetis, que a su vez estaba desafiada por el hado, que debía elegir entre una vida de gloria inmortal pero muy corta o una vida gris que le permitiera una larga estadía en la Tierra. Sabemos lo que eligió porque la estela de su gloria llega hasta hoy. Si ese episodio tuviera lugar en nuestros días, Aquiles hubiera elegido ser un liberal a contracorriente que vive su vida en forma plena e intensa en lugar de flotar por muchos años como una especie de funcionario público, aun a sabiendas de que el precio a pagar es el más alto que se le puede pedir a un ser humano: poco tiempo de vida.
Está claro que el de los pies ligeros se ubicaría en la vereda opuesta a los que piensan y operan desde lo considerado “políticamente correcto” en la sociedad actual, regida principalmente por un socialismo cada vez más reglamentarista y un sindicalismo que mucho reclama y poco produce. Acierta Alfredo Casero, el humorista y actor argentino devenido en uno de los más duros críticos del kirchnerismo, cuando, en una entrevista televisiva que se hizo viral y el centro de una fuerte polémica en la vecina orilla, habla de aquellos que caprichosamente reclaman por “flan”. Casero no parece tener los pies ligeros, pero sí alguna de las características de Aquiles.
Vale la pena ver toda la entrevista, que está disponible en Internet, pero en la parte que citamos Casero involucra en un sketch improvisado a su entrevistador (Alejandro Fantino, figura de la televisión argentina). La base es que a su interlocutor, papel asumido en forma involuntaria por Fantino, se le quemó la casa y su familia de 12 integrantes quedó a la intemperie, en el frío. “Vienen los 12 y te dicen: queremos flan, papá, queremos flan”, le grita Casero y el tono va subiendo. Inútil es que el protagonista intente explicar que la casa fue quemada y que la cocina no funciona. El grito es cada vez más intenso: “queremos flan, flan, flan”. Y lo insultan por no querer darles flan, y Casero hasta se tapa los oídos para no escuchar una explicación. Resulta que quien quemó la casa es amigo, así que: “¡Flan!, ¡flan!”.
Es obvio que —usando la terminología de Casero— Aquiles eligió no esperar a que alguien le alcance el “flan”, sino que salió a buscar (o a cocinar) su propio postre, su propia gloria. Y esa decisión impulsa nada menos que la creación de la Ilíada y la convierte en una de las obras literarias más importantes de la historia. Qué aburrida habría sido —seguramente hoy ni sabríamos de ella— si su protagonista hubiera elegido el otro camino, el de volverse a su casa, cruzarse de brazos y reclamar por el “flan” sin escuchar nada más que sus propios gritos.
Es cierto que es exagerado comparar una anécdota menor de un actor argentino con Aquiles, pero quizás con ello logremos llamar la atención sobre la dirección que está tomando nuestra sociedad. Cada vez son menos los que arriesgan y son más rígidas y difíciles de cambiar las estructuras que no permiten hacer. Cada vez hay menos lugar para que sean los individuos los que eligen en libertad su propio destino. La mayoría exige que le den todo pronto, el “flan” preparado, y no construye. Por eso es necesario volver a la leyenda de Aquiles, porque nos demuestra que el individuo actuando en libertad puede modificar a una sociedad que necesita en forma urgente encontrar respuestas.
Eso va en contra del discurso político que ve al éxito únicamente desde la perspectiva de algunos resultados económicos y sociales, especialmente cuando proviene de gobiernos que pretenden controlar la vida de los ciudadanos, limitando hasta la paralización el potencial individual. Aquiles tuvo el espacio para elegir libremente y con ello llenó páginas que cambiaron al mundo. El secreto es entender la naturaleza humana, su potencial, sin miedo a lo que ello nos puede deparar, en lugar de tratar de crear una sociedad de virtudes impuestas por “lo correcto”, donde el individuo solo debe respetar las reglas, portarse bien y comer el “flan” que otros le hacen.