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    Flores en el tango

    Y se sigue discutiendo…

    La poesía en el tango —sus letras— ha sido cuestión de reiterados entredichos; algunos ricos en argumentos, serios, y otros flacos, abundosos hasta lo bizantino.

    Quizás la razón surja de un hecho comprobado: esa poesía abarca más de un siglo, con épocas y circunstancias diversas que el tango hizo suyas y, por tanto, hubo tiempo para una evolución, como en cualquier creación artística. No es igual un debate acerca de las letras del inicio —durante el cual predominó un estilo prosaico, vulgar, de sitios marginales—, hacia fines del siglo XIX, que sobre las que fueron creadas luego, desde la transición de la llamada Guardia Vieja al brote de la renovación, con el criollismo aún vigente, el aporte de corrientes inmigratorias, caso de la española y la italiana, la aparición del lunfardo y el intento de algunos poetas, a partir de la década de 1920, de asimilar la influencia de escritores como Amado Nervo, Rubén Darío, Leopoldo Lugones, González Tuñón y Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte).

    Más todavía: al principio los versos eran libres, unos estribillos semejantes a cuplés de ocasión, y luego debieron adaptarse a una estructura en tres partes, que exigía un argumento, pues de ese modo pasó a escribirse la música.

    A lo largo de tamaño trayecto, la poesía del tango parió de todo. Y de ese parto nació también buena y muy buena poesía.

    Pero hoy me interesa detenerme, pues lo he imaginado de interés para el lector, seguramente enzarzado alguna vez en controversias por la temática de los tangos: sí, es verdad, se ha aludido reiteradamente a la omnipresencia del drama, la madrecita, la mujer traidora, el barrio, el alcohol y asuntos parecidos, siempre barnizados de machismo.

    Gracias al investigador Oscar del Priore —a quien he pedido prestada una breve parte de su libro El tango en sus letras— tengo la oportunidad de recordarles otro tema a los que son tan gentiles de leer estas reflexiones, a mi juicio significativo y que imagino poco considerado, al que han recurrido los autores: las flores.

    De una lista extensa de tangos y valses, de años muy distantes entre sí, es de justicia destacar Ventanita de arrabal, de Pascual Contursi (“Ventanita del cotorro/ donde solo hay flores secas…”); Caminito, de Gabino Coria Peñaloza (“Caminito que entonces estabas/ bordado de trébol y juncos en flor (…) Caminito cubierto de cardos/ la mano del tiempo tu huella borró…”); La pulpera de Santa Lucía, de José Pedro Blomberg (“Le cantó el payador mazorquero/ con un dulce gemir de vihuelas/ en la reja que olía a jazmines/ en el patio que olía a diamelas…”); Barrio pobre, de Francisco García Jiménez (“En esta calle, tan humilde, tuve ayer,/ detrás de aquella ventanita que han cerrado,/ la clavelina perfumada de un querer”); Madreselva, de Luis César Amadori (“Madreselvas en flor/ que trepándose van,/ es tu abrazo tenaz y dulzón como aquel./ Si todos los años/ tus flores renacen/ hacé que no muera/ mi primer amor”); Tabaco, de José María Contursi (“Parece un sueño de angustia/ del que despierto temblando,/ y están tiradas y mustias/ las violetas de esta angustia/ y mis ojos sollozando…”); Flor de lino, de Homero Expósito (“Yo la vi florecer, pero un día,/ ¡mandinga la huella que me la llevó!/ Flor de lino se fue/ y hoy el campo está en flor,/ ¡ah malhaya, me falta su amor!”); y El día que me quieras, de Alfredo Lepera (“El día que me quieras/ la rosa que engalana/ se vestirá de fiesta/ con su mejor color…”).

    Más allá de esta… ¿quizás picardía? de incorporar a discusiones que no acabarán hoy algo tan romántico como las flores, es obvio que ellas han sido un recurso poético muy valioso, aunque sujeto muchas veces a otros elementos más fuertes del argumento creado por cada autor en cada tango.

    Reabrirán las peñas, regresarán los debates.

    Para mí, algo es cierto: hay poesía mayor en el tango. Hay que saber buscarla.

    Repetiré una anécdota autorreferencial que ya he mencionado. Hace muchos años, cursando segundo año de Preparatorio de Abogacía en el Liceo de San José, un profesor de Literatura nos sorprendió con una pregunta: —¿Cuál es la interpretación moderna más acertada del Libro de Job?

    Ante nuestro silencio espeso, dijo: —El tango Tormenta, de Enrique Santos Discépolo.

    —“¡No quiero que tu rayo/ me enceguezca entre el horror,/ porque preciso luz para seguir…!/ ¿Lo que aprendí de tu mano/ no sirve para vivir?/ Yo siento que mi fe se tambalea,/ que la gente mala vive ¡Dios!, mejor que yo”.

    Y tenía razón.