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El viernes 1º de junio la Orquesta Sinfónica del Sodre (Ossodre) celebró sus 87 años de existencia y lo hizo por todo lo alto con la Tercera sinfonía de Gustav Mahler (1860-1911). Según información manejada por Diego Naser, la última versión de esta obra por la Ossodre fue hace 30 años, dirigida por David Machado. Es muy probable que así fuera, ya que por esos años recuerdo haber visto al notable maestro brasileño, que era un gran mahleriano, dirigiendo la Segunda sinfonía (Resurrección) del mismo autor en la hoy sala Nelly Goitiño.
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Compuesta entre 1895 y 1896, la Tercera sinfonía fue dada a conocer por partes: el segundo movimiento, en noviembre de 1896 con la Filarmónica de Berlín, dirigida por Arthur Nikisch. En marzo de 1897, en Berlín, Felix Weingartner dirigió los movimientos segundo, tercero y sexto con la Royal Orchestra y finalmente el propio Mahler estrenó la obra completa en junio de 1902, en el Festival de Krefeld, con la mezzo Louise Geller-Wolter como solista.
Mahler le decía a su íntima amiga, la violista Natalie Bauer-Lechner: “Para mí una sinfonía implica construir un mundo con todos los medios técnicos de que uno dispone”. Y este concepto se aplica puntualmente a esta obra mastodóntica en la que Mahler echa mano a una voluminosa orquesta, una voz solista, un coro femenino y un coro de niños en una amalgama de diferentes estilos dentro de una estética que oscila entre lo grandioso y lo grotesco, entre lo sentimental y lo sublime. Como en el mundo en general, en el mundo de Mahler hay de todo. Henry Louis De la Grange, el exhaustivo biógrafo del músico, sostuvo que Mahler vivió siempre en la ambivalencia: por un lado instalado en una tradición musical y queriendo ser parte de ella, pero por otro lado casi siempre insultándola. Y considera que esta sinfonía es el insulto más enorme a esa tradición.
La Tercera sinfonía, con sus seis movimientos, tiene una duración total de 105 minutos. A la enorme masa orquestal se agrega una mezzosoprano en el cuarto movimiento y a estos un coro femenino y un coro de niños en el quinto. Los movimientos puramente orquestales son el primero, segundo, tercero y sexto.
Considerada en forma unánime una obra difícil para director y orquesta, no pareció así en la fluida versión de la Ossodre, bajo la conducción de Diego Naser. El trabajo previo en ensayos y la empatía entre el director y sus músicos parece estar dando sus frutos. Los músicos de la orquesta tocan con unas ganas y una concentración inusuales, mientras que Naser se mueve en el repertorio alemán con evidente comodidad. No le escuché el Bruckner hace dos meses, pero con Beethoven y con Strauss ya demostró esta afinidad y esta soltura y ahora lo reitera con Mahler. No en vano se formó varios años en Alemania.
El primer movimiento es el más difícil, el menos amigable de los seis o, para seguir a De la Grange, el más insultante de la tradición. El autor está enojado con el mundo, es agresivo, por momentos fúnebre y terrorífico. Afloja la tensión con alguna marcha, pero después vuelve al ataque; sus ideas parecen alocadas, no hay una secuencia lógica en el discurso. Durante este terremoto sinfónico Naser y la orquesta mantuvieron el control en todo momento, lo que ya es mucho decir.
El segundo movimiento es una danza amable plagada de audaces disonancias que fueron expuestas de manera transparente y luego bien amalgamadas en el tutti. El tono calmo continúa en el tercer movimiento, poblado de contrastes dinámicos. Un papel importante tiene la corneta o trompa natural tocada desde el último piso del auditorio. Y uno de los momentos de mayor belleza antes de un estallido final de la orquesta, es la melodía que entona la corneta sobre un fondo de cornos.
El cuarto movimiento es una joya de punta a punta. Naser lo hizo como está marcado por Mahler: lento, misterioso, siempre pianísimo. La notable mezzo venezolana Nancy Fabiola Herrera, poseedora de un timbre privilegiado, cantó los versos tomados del Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietzsche, con una intensidad emocionante. Hay que ver cómo paladeó cada palabra, cada nota y con qué placer y elasticidad la acompañó Naser.
La tensión dramática del cuarto movimiento pudo aflojarse en el quinto, de tono alegre y festivo, con el coro de niños cumpliendo una excelente labor en el canto de una de las canciones que Mahler extrajo de su propia obra, El cuerno mágico de la juventud, e incorporó a esta sinfonía.
Y así llegamos al sexto y último movimiento, una cima de la música de todos los tiempos, de una tristeza y belleza irresistibles. ¡Qué fraseo lleno de sentido logró Naser de la orquesta! ¡Con qué intensidad transitaron los pianísimos o construyeron los crescendos! Qué emocionante aterrizaje del compositor en la tradición y en la belleza, pero con un sello propio intransferible, luego de la exasperación y la dureza del primer movimiento. Solo el genio creador es capaz de estas hazañas.
Antes de comenzar el concierto, maderas y bronces de la Orquesta Sinfónica Juvenil que habían ocupado los palcos laterales, entonaron un Que los cumplas feliz, en homenaje a la octogenaria orquesta. Con este nivel de interpretación, que sea por muchos años más.