Al pop se le suele exigir más que al rock. Cuatro músicos precarios que aporrean instrumentos con una mínima destreza pueden llegar a ser un ícono cultural. Pero el pop, como la comedia en el teatro, ha debido vencer abundantes barreras para llegar a ser un producto artístico jerarquizado. George Michael, quien murió el domingo 25 a los 53 años luego de una franca decadencia personal y artística, no llegó a la estatura de Madonna, Michael Jackson, Prince, Elton John o Phil Collins, pero fue una figura clave en los 80 y 90 para que el pop fuera considerado un género tan respetable como cualquier otro. Stevie Wonder lo tuvo claro, y lo apadrinó con entusiasmo. Además de su estupenda voz (ver su interpretación de Somebody To Love en el tributo a Freddy Mercury de 1992 en Wembley), dejó un cancionero muy valorable, que envejece con sobrada dignidad: Wake Me Up Before You Go-Go, Careless Whisper (su obra cumbre), Last Christmas, Faith, Freedom 90, Praying For Time, Kissing a Fool (uno de sus mejores acercamientos al jazz) y Don’t Let the Sun Go Down On Me, marcaron el pulso de una época, algo que muy pocos obituarios pueden atestiguar.

