N° 2024 - 13 al 19 de Junio de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Es acaso bueno y deseable que en una sociedad todos ganen lo mismo? ¿Luis Suárez debe ganar lo mismo que el nueve del Agapito Fobal Clu? ¿Joan Manuel Serrat lo mismo que el que canta en el ómnibus? ¿El Pato Donald que el Pato Celeste?
La visión marxista lleva a creer que sí. Pero no perciben que la desigualdad en los ingresos está directamente relacionada con la desigualdad en los talentos y virtudes, inherente a la condición humana. El que “tiene” más es porque “hace” más. Y el que hace más, es porque “es” más.
Existen situaciones de desigualdad en los ingresos que obedecen a injusticias estructurales en una sociedad mal organizada y que hay que corregir. Por ejemplo, en regímenes monárquicos, unas pocas familias concentran casi toda la riqueza y el propio sistema impide que otros ciudadanos accedan a ese círculo de privilegio. Lo mismo sucede en regímenes totalitarios, donde los miembros del partido y sus adláteres gozan de privilegios impensables para las masas.
A los defensores del coeficiente de Gini les horroriza que un pequeño porcentaje de la población concentre la mayor cantidad de riqueza. Pero esto se da siempre en casi todo tipo de mercado o situación. Pareto, otro compatriota de Gini, nos trae la ley del 20/80: el 20% de los productos hacen al 80% de las ventas; el 20% de los alumnos obtienen el 80% de las mejores notas; el 20% de los futbolistas hacen el 80% de los goles.
La preocupación no debe ser si el presidente de la compañía gana 100 veces más que el obrero de la línea de montaje, sino si los ingresos de ese obrero le son suficientes para llevar una buena vida. Dicen que en Estados Unidos hay 40 millones de “pobres”, pero un pobre en Estados Unidos es quien gana menos de US$ 25.000 al año. Estos “pobres” viven en una sociedad que funciona, donde acceden a educación pública, seguridad, justicia y una infraestructura de calles, electricidad, agua e Internet que hacen bien diferentes sus vidas a las de un país tercermundista.
De acuerdo a datos del Banco Mundial, El Salvador es el país con el mejor coeficiente Gini de la región (38,0) es decir, el país donde hay menos diferencias de ingresos entre los más ricos y los más pobres. Chile tiene un índice Gini peor que El Salvador (46,6). La pregunta es: ¿dónde prefiere vivir usted, en Chile o en El Salvador?
Cuando un Steve Jobs, un Bill Gates, un Luis Suárez o un Edison Cavani se hacen multimillonarios gracias a sus talentos, eso no debería molestar a nadie. El problema es que el 75% de la gente cree que los ricos lo son porque: heredaron, tuvieron suerte o se aprovecharon de otros; solo un 25% cree se hicieron ricos gracias a su esfuerzo, inteligencia o perseverancia. Por lo tanto, cuando ven a alguien llegar a la cima, tratan de bajarlo.
La concentración excesiva de poder no es buena para una sociedad democrática. No es buena a nivel de familias, de empresas ni del propio Estado. Por eso no son buenos los monopolios, los oligopolios, las reservas de mercado o los “permisos” especiales para operar. Sin embargo, los izquierdistas defienden estos sistemas a capa y espada. Es paradógico.
Como bien sostiene Carlos Alberto Montaner, “tal vez es más confiable el Índice de Desarrollo Humano que publica anualmente la ONU, que pondera tres factores: los niveles de ingreso per cápita, los de escolaridad y la esperanza de vida”. Y la evidencia muestra que las mejoras en estos tres factores se dan cuando hay más libre mercado, más competencia, más inversión y más empleos. Por eso la gente se desespera por irse a vivir a Estados Unidos y poco parece importarles si su coeficiente Gini es mejor o peor que el de Cuba, Argentina, Uruguay o Venezuela.