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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUn querido amigo me escribió un mensaje en relación a las críticas desde el Instituto de Historia de la Facultad de Arquitectura a la ubicación de un mural del Sr. Gallino, con el retrato del Dr. Antonio Grompone, sobre una de las fachadas del Edificio del IBO (Instituto Batlle y Ordóñez), hoy sede del IPA (Instituto de Profesores Artigas). Me señalaba que mis colegas se habían olvidado de los grafitis sobre la fachada de Agraciada, hoy Av. del Libertador Juan Antonio Lavalleja.
Esto es lo que muchos en estos días les han señalado a mis colegas.
No hay que mezclar ni confundir. Una cosa son los grafitis y pintadas de todo tipo que, impunemente y sin la más mínima creatividad, enchastran los muros por toda la ciudad sin respetar ni siquiera los del Cabildo, en el que no pocos recursos destinamos los ciudadanos recientemente en su cuidada restauración. Esto está prohibido por la ley y debería castigarse como corresponde a los agresores. Lo mismo en relación a los carteles de todo tipo que se clavan impunemente en los árboles del ornato público.
Otra cosa son los muralistas que se creen con derecho de utilizar como lienzo las paredes de los edificios. Y aquí distingo. Una cosa es una medianera expuesta o el nunca resuelto problema de caries urbana que son los muros que dan a los espacios residuales que dejaron las demoliciones de las expropiaciones para la construcción del Palacio Legislativo.
Otra cosa es una obra acabada, de vanguardia para su época, de arquitectura racionalista, cuyos muros despojados de ornamento son parte indisociable de su diseño, diseño que no rehuyó, sin embargo, sino que propuso la incorporación de una obra de arte que los autores ubicaron en la fachada sobre la Av. del Libertador. La intervención del muralista, desfigura justamente las cualidades de la arquitectura del edificio, porque interviene la cara del volumen donde pone el retrato, hasta sus límites, produciendo una abrupta interrupción en la percepción de la forma del edificio, desfigurándolo.
No critico a la autoridad que dio el permiso o pidió el trabajo, no conozco el detalle. No critico, porque no me permito adjudicar mala intención, sino apenas distracción entendible, dados los serios problemas que enfrenta nuestra educación que ocupan toda su atención. Sí me permito señalar la actitud del artista. El donar una obra no avala, aun en este caso que entiendo tenía la autorización de las autoridades de la educación, usar como lienzo para sus obras el muro que se le ocurra. Además en el caso que nos ocupa, el edificio resultado de un concurso ganado en forma brillante por el estudio de los jóvenes arquitectos De Los Campos Puente y Tournier tiene protección con declaratoria de Bien de Interés Departamental.
Me pregunto, ¿y si a otros cuantos muralistas se les ocurre donar sus obras, lo cual, no nos engañemos, los beneficia, en otros tantos edificios? Es preferible eso a los grafitis, sostienen algunos. Entonces, ¿seguirá Gallino u otro artista pintando las demás fachadas del Instituto de Profesores Artigas para tapar los grafitis y la ciudadanía contemplando impávida la proliferación de murales sin reflexionar en qué casos aportan y en qué casos no? Falta todavía discutir en qué medida estas manifestaciones deben regularse.
Entiéndase, ninguna limitación a los artistas como tales en su arte, pero no en cuanto al lugar donde las realizan o el soporte donde las ubican. Un escultor no puede poner su escultura donde le parezca. Un arquitecto, además de tener que considerar a las personas que usarán su obra, debe cumplir con estrictas normas que regulan su actividad. Los muy loables aportes de obras de muralistas urbanos en muchas ciudades del mundo y también en algunos casos en Montevideo, contribuyen a valorarlas, pero claramente no es el caso del retrato de don Antonio Grompone en la fachada lateral del IPA.
Arq. Esteban Dieste