N° 1738 - 07 al 13 de Noviembre de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPlatón acuñó la expresión “la otra” para referirse a la materia. El eufemismo conviene en sentido estricto a lo que pretendía significar: frente a la realidad por excelencia que es el alma, tenemos su polémico reverso como una suerte de degradado e indeseable complemento; frente a lo real, a lo perfecto, a lo eterno, a lo inteligible, tenemos la pura apariencia, lo corruptible, lo finito, lo compuesto. Por eso la nota despectiva que encierra el adjetivo cuya misión no es tanto literalmente contrastar lo distinto, sino mostrarlo como indigno de merecimiento, como extraño.
Más como un dandy que como un flaneur el forzado turista de alcoba que por 42 días fue Xavier de Maistre (“Voyage autour de ma chambre”, Garnier-Flammarion, Paris, 2003) recoge el desprecio platónico y se propone plantear la agonía de la dualidad entre la materia y el alma, y más exactamente entre esa expresión molesta de la materia que las personas comunes denominan cuerpo y que nuestro autor, más preciso en su lenguaje, llama lacónicamente “la bestia”. Para De Maistre la bestia es algo más que el cuerpo; es el cuerpo y sus apetitos, el cuerpo y sus mortificaciones, sus deseos, sus vanidades y, lo que es peor y menos gobernable, el cuerpo y sus irreparables ambiciones. Según este autor la desventura del hombre es no poder separar el alma de la bestia que le da provisorio albergue: “Se percibe a simple vista que el hombre es doble; pero eso se debe, según dicen, a que está compuesto de un alma y de un cuerpo; y se acusa a ese cuerpo de no sé cuántas cosas, pero seguramente sin razón, ya que es tan incapaz de sentir como de pensar. Es a la bestia a quien hay que echarle la culpa, a ese ser sensible, perfectamente distinto del alma, verdadero individuo que tiene su existencia independiente, sus gustos, sus inclinaciones, su voluntad, y que está por encima de los otros animales solamente porque está mejor educado y provisto de órganos más perfectos”.
La tesis es muy parecida a la que postula Sócrates, cuando sus discípulos se deshacen en llantos ante la definitiva despedida, esto es, al momento en que el verdugo comienza a preparar la pócima para ejecutar la sentencia. En la ocasión Sócrates les encarece a sus seguidores que no lloren, que nada de lo que tienen lo habrán de perder con la cicuta: el que morirá en un rato no es vuestro amigo, les dice, no es Sócrates, sino el cuerpo que lo recubre, apenas una sombra. Esto quiere significar que hay como una doble identidad en un mismo domicilio: una persona es su alma pero además sobrelleva momentáneamente un cuerpo. La fantasía que ingeniosamente promueve De Maistre consiste en administrar ese lazo. “El gran arte de un hombre de genio —escribe— es saber educar bien a su bestia para que pueda ir sola, mientras que el alma liberada de esta penosa relación, puede elevarse hasta el cielo”.
Pero la bestia es traviesa y no siempre resulta fácil establecer control sobre sus pretensiones. Leemos en la página 25 la siguiente casi desventura: “Un día del verano pasado me encaminé para ir a la corte. Había pintado todo el día, y mi alma, complaciéndose en meditar sobre la pintura, encargó a la bestia que me condujese al palacio del rey. ¡Qué arte sublime es la pintura!, pensaba mi alma; hace feliz a aquel al que el espectáculo de la naturaleza ha conmovido, que no está obligado a hacer cuadros para vivir, que no pinta únicamente por pasatiempo, sino que, entusiasmado por la majestad sublime de un bello rostro y por los juegos admirables de la luz que se funde en mil tonalidades en el rostro humano, intenta reproducir en sus obras efectos sublimes de la naturaleza. (...) Otras veces, ofrece al ojo del espectador encandilado campos deliciosos de la antigua Sicilia: vemos alocadas ninfas huyendo, a través de los cañaverales, de la persecución de un sátiro; templos de arquitectura majestuosa elevan su frontispicio por encima del bosque sagrado que los rodea: la imaginación se pierde por las rutas silenciosas de ese país ideal; las azuladas lejanías se confunden con el cielo, y el paisaje entero, reflejándose en las aguas de un río tranquilo, conforma un espectáculo que ninguna lengua puede describir… Mientras mi alma hacía estas reflexiones, la otra iba a su ritmo, ¡y Dios sabe dónde iba! En lugar de dirigirse a la corte como se le había ordenado, se desvió tanto hacia la izquierda, que en el momento en que mi alma le alcanzó, ya estaba a la puerta de la señora de Hautcastel, a media milla del palacio real. Dejo al lector que piense lo que habría ocurrido si hubiera entrado sola en casa de tan bella dama”.
Pocas veces he disfrutado tanto de la sonrisa reticente como con este buen libro.